Viendo el “terremoto” político al que estamos asistiendo y, aprovechándolo, pienso que hay que volver a hablar de la democracia para no ponernos nerviosos ante tantos vaivenes.
Hay que tener claro que todos
los cargos elegidos en unas elecciones, que todas las actas de diputados,
congresistas, senadores o concejales son de titularidad personal, y aunque no
lo parezca no pertenecen a ningún partido, son personales.
Hay que recordarlo pues de lo
contrario podemos entender la democracia de una forma no muy clara y utilizarla
como un “comodín” para designar las más diversas realidades y cuyos tópicos la
vacían de significado y la dejan hueca.
Existe,
al menos en España, la costumbre de asignar a alguno de los aspectos parciales
de la palabra “democracia” como un todo, prácticamente como su única cualidad.
Voy a poner un ejemplo, todos sabemos que la democracia tiene que ser
participativa, pero usarla como sinónimo de “participación” es una discordancia
que confunde esa parte con el todo. Se usa inadecuadamente muchas veces y hay
que recordar y devolverle a la palabra su verdadera entidad. Devolverle su
auténtico significado para que nos entendamos cuando la pronunciamos.
No quiero entrar en las
manipulaciones que se hacen de ella para confundir a la gente. Por ejemplo, los términos “democracia popular” de
los países comunistas o el de “democracia orgánica”, con el que se definía a sí
mismo el franquismo. Me refiero, por lo tanto, a lo que entendemos actualmente por
“democracia” en un país de la Comunidad Europea, ya que en ellos se cumple con
un “mínimo” de requisitos, que los hacen democráticos.
Cuando
hablo de un “significado correcto” que hay que recuperar, no me refiero a lo
que sería un “tecnicismo” de Ciencias Políticas, sino simplemente a lo que
sería un uso adecuado, no manipulable ni manipulador, un uso que sirva más para
clarificar que para oscurecer la comunicación. Es la forma con que es usada frecuentemente
por los políticos, los periodistas, los líderes de opinión y que puede leerse y
oírse en los medios y que, por tanto, tiene un gran poder de seducción e
influencia sobre nuestra forma de hablar, la que hay que aclarar.
Al
principio mencionaba el tópico que se da con la democracia y participación. Cuantas veces no hemos leído o escuchado algo parecido a lo siguiente: “La nueva forma
de elección de este “cargo” es más democrática ya que fomenta más la
participación directa de todos los sectores”. Esta frase, y tantas otras
parecidas, llevan implícita la idea de que, a más participación, más
democracia. Sin embargo, la democracia que tiene un innegable componente de participación
no queda ni mucho menos definida por ésta. La democracia es un medio de
“representación”, es decir, un método para que la participación directa de los
ciudadanos en la vida pública se dé encauzada y representada, no directamente.
Esto lleva a que la llamada “democracia directa” - el asamblearismo libertario,
los “cabildos abiertos” del peronismo-, sean de los mayores enemigos de la
democracia, que puede estrellarse por el camino del autoritarismo, pero también
por la pendiente del populismo.
Si
el tópico anterior queda resumido en la expresión valores
democráticos, éste queda bien expresado con el lema de democracia
como gobierno del pueblo. Esta concepción es problemática
desde su origen. Rousseau, que creo fue el impulsor de este lema, ya vio el
problema por eso se interesó más que en las libertades individuales le
interesaba que “el pueblo se gobierne a sí mismo”. Ahora bien, “¿es esto
posible? En rigor, me parece que no, y el mismo Rousseau lo vio así. Antes de
continuar, pensemos, admitamos por un momento que, tan pronto como una
comunidad deja de ser extremadamente pequeña, sólo puede gobernarse a sí misma
indirectamente, por delegación, es decir, en régimen de democracia
representativa.
Si
repasamos, por encima la historia, podemos ver cómo ha habido sistemas en los
que se han dado cierto grado de participación popular; desde la antigua
democracia asamblearia de Atenas, hasta los Estados Generales que aparecieron en
la revolución francesa. Sin embargo, en Atenas no había elecciones ni existía
la idea de representación y en la época jacobina no hubo una garantía de lo que
hoy entendemos por derechos individuales. Por otra parte, en algunos sistemas
no democráticos hay ciertos grados de participación popular, si entendemos como
tal, fundamentalmente, la capacidad de votar. Se votaba en la antigua Unión
Soviética y en la España de Franco; se vota en la India, en México.
A
nadie se le ocurre que ninguno de estos ejemplos pueda catalogarse como una
democracia en el sentido en que lo son Francia, España o Estados Unidos. El
ciudadano francés, español o norteamericano posee una serie de garantías y
mecanismos que protegen sus derechos personales (por ejemplo, un Poder Judicial
independiente, que hace que la ley actúe con imparcialidad) que no tienen, para
su desgracia, los indios o mexicanos, aunque estos últimos visiten las urnas de
vez en cuando. Si la participación popular es condición indispensable de la
democracia, no es lo que la define; no menos indispensables son un sistema de
protección de los derechos individuales o un mecanismo de división y control de
los poderes del Estado.
La
democracia es algo más que participar en una votación.
Buenos
días.
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