domingo, 11 de julio de 2021

Día 1: Pego - Pinedo.

 “Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton).

El viernes, por fin nos pusimos en marcha, es de decr me puse en marcha. En singular.



Recorrí 75 km hasta un camping en la playa de Pinedo, recorrido llano, salvo la subida a la ermita de los santos de la Pedra, sitio que elegí para comer, por lo demás un día tranquilo y sn contratiempos.

Es curioso que me pasase el día dándole vueltas a la amistad, me resultaba extraño cuando empezaba un viaje en solitario, y al final encontré la relación, ya que tal vez se necesite pasar una fase en que los amigos seamos inseparables, para poder llegar a aquella fase en que pueden separarse sin ningún problema. Al fin y al cabo, la amistad es un tipo de amor.

Una de las mayores ausencias en estos viajes es la falta de la tertulia, como mediterráneo, la asistencia al café es un placer cotidiano, que se espera ilusionado día tras día, y en ocasiones, más de una vez cada día. Hay que tener en cuenta también las relaciones de vecindad, especialmente en las noches de verano, hasta hace bien poco.

Podéis pensar que se trata de formas secundarias de amistad, lejos de las grandes amistades que nos han narrado grandes escritores. Es cierto, pero lo interesante es que en las tertulias alrededor de un café con los amigos o con vecinos hay un elemento de ilusión. ¿Por qué? Porque la amistad es siempre una relación humana de carácter individual y sobre todo desinteresada, no utilitaria. El amigo no es tratado nunca como “cosa”, como “algo” de lo que se espera utilidad, servicio, placer, sino como alguien, como persona. Que los amigos hagan favores, que se obtenga de ellos alguna utilidad, es otra cosa, derivada de una amistad que en principio es desinteresada.




¡Hay las tertulias!, que se han perdido con la pandemia y que me perderé ahora con el viaje,

En la tertulia hay el elemento de viaje, de aventura. Los vemos cuando aparecen los rasgos que son comunes: deseo, espera, preparativos del escenario, expectativa de la llegada de los contertulios y la ilusión que todo ello produce.

El ejemplo que me parece más ilustrativo para un cicloturista puede que sea el de la amistad entre Don Quijote y Sancho. Existe entre ellos un constante intercambio: Sancho se desliza, por decirlo así, en la vida de Don Quijote; el cariño hace que, a pesar de ver su locura, lo tome en serio; se pone en su punto de vista, se asocia a su proyecto de caballero andante, lo comprende y en esa medida lo comparte; pero permanece instalado en su propia vida, en su actitud realista, utilitaria, desengañada, socarrona, en medio de las vigencias sociales dominantes; por eso sirve de intermediario entre la demencia quijotesca y la cordura a ras de tierra de la gente: va y viene, establece una comunicación que permite a Don Quijote circular por el mundo sin que los tropiezos sean demasiado graves. Y, mientras Sancho se quijotiza, Don Quijote asiste en la persona cercana de su escudero a la forma de vida de los que no son caballeros andantes, y no pierde contacto con el mundo que llaman real.

Puede que no exista una similitud más grande entre un cicloturista y su amigo en la literatura.  

En fin, lo dejo que es hora de ir preparando la cena.

Buenas tardes.

viernes, 9 de julio de 2021

Empezamos.

    ¡Por fin!, hemos tenido que esperar mucho más de un año, pero ha llegado la hora de empezar un viaje de largo recorrido.

Dentro de unas horas, antes de que caliente el sol y cuando desayune, me subiré a la bicicleta y a una velocidad media que se encontrará entre 10 y 15 kilómetros la hora y, durante 5 o 6 horas diarias de media me iré desplazando por carreteras y caminos de segundo o tercer orden, alejándome y acercándome. Separándome de mi último lugar de pernocta y aproximándome a mi próximo lugar de acampada. Y así hasta que me canse y vuelva a casa o termine este proyecto que voy a empezar.

Decía Chesterton “hay dos maneras de llegar a casa, y una es quedarse en ella”, ahora voy a utilizar la otra. Resulta que cuando te encuentras a cierta distancia, y vuelves la mirada atrás descubres que tu propia casa es ese lugar grandioso en el que siempre quisiste estar. Un lugar que había pasado desapercibido a nuestra mirada por encontrarnos tan cerca y por la enormidad de sus dimensiones.

En otras palabras, lo que quiero decir es que la mejor perspectiva para un hombre de ver y entender su tierra, su casa y su hogar es la de hallarse precisamente fuera de ella. Cuando hacemos el esfuerzo de contemplar todo el conjunto desde fuera, nos encontramos con que realmente se parece a lo que desearíamos que fuese nuestro hogar por dentro.

Este viaje, igual a como deberían ser todos los viajes, como dice, y es que no puedo evitarlo, también Chesterton, va a intentar cumplir con el mismo objetivo; “El amplio objeto de un viaje no es poner el pie en tierra extraña; es poner el pie, al fin, en nuestro propio país como en una tierra extraña”.  Y en esto estamos.

Buenos días. 

jueves, 8 de julio de 2021

Todo dispuesto.

 “Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton). 

Ya tengo en mi poder la tarjeta sanitaria europea, el certificado de vacunación para la covid-19, la bicicleta preparada y las alforjas llenas, me falta llenar la de la comida y todo lo necesario para cocinar y esperar a que llegue mañana para ponerme en marcha.

El primer día, creo, que lo tengo controlado pues voy a repetir un trayecto que he hecho muchas veces y que solo puede presentar la dificultad de volver a conducir con peso, sensación extraña que solo dura unos pocos kilómetros. Sin olvidar todos los imprevistos que pueden aparecer, pero que pueden suceder incluso al girar la primera esquina.  

Por lo tanto, todo dispuesto, para el primer día.

Hay un aspecto que siempre intento mantener durante todo el viaje y que no es otro de que cada día debe ser como el primero, con la misma ilusión y ganas con las que nos enfrentamos a los primeros kilómetros.

Me gusta abrir los ojos cada mañana y proponerme hacer lo mejor posible todo aquello que se presenta en ese nuevo día y que un poco ya tengo planeado. Al acostarme siempre me gusta pensar en qué me he equivocado y decirme que mañana no volverá a suceder y así cada día.

Esto no debería de ser exclusivo de los días de viaje, sino que debería ser siempre así, por lo menos así lo intento. Muchos de nosotros tenemos muy interiorizada la convicción de que la vida humana es un viaje. Está idea del viaje es muy antigua, ya se habló en la antigüedad del “homo viator”. Sin embargo, está idea implica un proyecto y este siempre incluye una anticipación, una versión hacia el futuro; tal vez su manifestación más antigua e ilustre la podemos encontrar en Aristóteles cuando ve a los hombres «como arqueros que tienen un blanco». 

Si profundizamos un poco nos daremos cuenta de que hay más: el hombre es siempre individual, único, irreductible; es cierto que va dentro de su país y su generación, pero cada uno de nosotros proyecta e intenta realizar su vida, y ahí reside el fundamento de la estructura de su proyecto.

Al igual que en nuestros viajes siempre hay un objetivo en la vida también hay sin duda un proyecto vital que tenemos todas las personas, más o menos claro y estructurado, que vamos descubriendo a lo largo de la vida, que se va moviendo en varias direcciones y cuyo camino es variado; pero hay algo más, que solemos pasar por alto: algo que siempre me ha llamado la atención y que me ha interesado, es el día. Esa alternancia del Sol: día y noche, luz y oscuridad. La noche, la oscuridad, interrumpe nuestra vida y lo hace constantemente, cada 24 horas.

Anochecer y amanecer, ésa es la forma más elemental de nuestra vida. Y con esto quiero decir que “empieza” cada día, una vez y otra, y “termina”, aunque sea provisionalmente, cuando llega el sueño. Se renueva siete veces por semana, treinta cada mes. Trescientas sesenta y cinco al año, esa condición inseparable del hombre de hacer, de vivir proyectando.

Si la persona se siente viva, si conserva, si tiene presente su condición personal, se despierta a un proyecto, a un programa, a una expectativa que puede y debe ser una esperanza. Se despierta, no lo olvidemos, con un determinado “humor”: a la alegría o a la tristeza, a la ilusión o la desgana: se despierta a algunas personas-presentes o ausentes-, a la expectativa de eventualidades inseguras, a varios deseos o temores. 

Ésta es la realidad más elemental de nuestras vidas, que tiene varios escalones de intensidad, y es aquí donde reside lo que va a ser la intensidad real de cada vida entera, su medida de la realidad. De esa expectativa de cada mañana, de ese anticiparse a la jornada que empieza, de lo que se espera de ella, depende lo que a ser el conjunto de nuestra vida.

Y, por supuesto, al anochecer, al dar por terminado el día, al retirarse al sueño o su busca, se hace un balance de ese pequeño proyecto de cada día, se hace la cuenta. Esta cuenta es la que hacemos cada noche, cuando valoramos lo que ha sido el día que acaba de pasar. Pero ¿hacemos regularmente, verdaderamente esa cuenta?

El proyecto de cada día al igual que cada etapa de nuestro viaje es el más importante, la clave de todos los demás. Me entristece que apenas se piense en él, que no se lo tenga en cuenta. Pues ahí se encuentra la riqueza de la vida, su calidad, pues se compone de esas unidades que se rigen por la luz y la sombra, por las exigencias de nuestro organismo y no menos por los usos sociales.

En fin, mañana empezamos un viaje que se interrumpirá cada día. Se interrumpe, pero se reanuda: es una continuidad articulada. La articulación no rompe la continuidad, como los pasos no estorban a la progresión de la marcha. Se vive por pasos contados.

En cada etapa, al despertar, nos incorporamos a la continuidad de nuestra vida; ante todo, por supuesto, la más propia, la personal, que he tratado de recordar; pero no sólo. Nos encontramos a un cierto nivel, el de nuestra edad, a una determinada altura de la vida, y esto es decisivo. Con toda ella por delante -aunque la muerte pueda sobrevenir en cualquier momento, y lo sepamos, pero contamos con que no será así-; o en medio de ella, con un pasado a la espalda y un porvenir abierto e indefinido; o en su final, con la impresión de que no queda mucho, pero tal vez algo más; y siempre, sobre todo en esta fase final, la expectativa del horizonte futuro, siempre el proyecto.

Ésta es la situación real. Que muchos hombres no reparen en ella, que desatiendan su contenido, que prescindan de algunas de sus porciones o dimensiones, sólo quiere decir que viven precariamente, que no toman posesión de esa realidad que les es dada con tareas como quehacer. Y el núcleo fundamental, del que depende todo lo demás, la intensidad y la calidad de vida, es el mínimo proyecto cotidiano, entre el despertar y el balance al volverse hacia el sueño.

Buenas tardes.

domingo, 4 de julio de 2021

Poner nombre.

 “Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton).

Con zapatos y guantes nuevos podría decir que se encuentra mí bicicleta, lista para empezar. Con las cubiertas y la cinta de manillar por estrenar, esperando el último trámite para salir a la carretera.

Ya sé que muchos cicloturistas le ponen nombre a su bicicleta, no me parece mal, es más me gusta, pero en cambio nunca se me ha ocurrido dárselo a la mía. Tal vez porque la importancia que tiene el conocer el nombre de algo o de una persona, ha variado mucho desde hace décadas. Cuando era joven, el simbolismo del nombre representaba mucho, y aunque algo de aquella valoración y simbología ha llegado a nuestros días, lo cierto es que lo ha hecho de una forma muy debilitada.

Los griegos clásicos, decían que podía existir un lazo de unión entre las cosas y su nombre. Para ellos, designar, era como llamar a la vida. Por ejemplo, conocer el nombre de un dios, era tenerlo a su disposición. Hoy en día esto no se entiende así, pero en la Biblia, poner nombre, significaba “ser dueño de”. En efecto en el antiguo oriente el nombre no es un mero título, sino que representa el ser mismo de la cosa. Y conocer el nombre de alguien para poder nombrarlo equivalía a tener poder sobre él. Si recordamos, los hombres de la Biblia no se atreven a definir a Dios ni siquiera a nombrarlo. Y es que, para ellos, definir es abarcar algo y Dios es inabarcable. Nombrar es aprehender, y medir la esencia de una persona, y Dios no es mensurable, no se le puede medir. Por ello llamar a Dios por su nombre es participar del poder que emana de Él. Y por eso los judíos no se atrevían a pronunciar el nombre de Yahvé y lo habían reemplazado por el de Adonai; solo el sumo sacerdote lo pronunciaba el día de la fiesta del Yom Kippur.

Las cosas han cambiado mucho, mi nombre no me define de momento. Vicente, “el que vence”. Ahora se necesita algo más para tener una primera impresión de una persona. La concepción que se tiene hoy en día de los nombres propios es la de designar, distinguir a una persona sin que indiquen ninguna propiedad de su portador. Tienen referencia, pero no sentido. Sirven para referirse a aquella persona, lugar o cosa a la que bautizamos con ese nombre, pero de ordinario no nos dicen ninguna cualidad de ella. Por poner un ejemplo, el nombre propio "Valencia" se aplica a una ciudad española, a un equipo de fútbol, una ciudad venezolana, a alguna calle de muchas ciudades, a un bar, y es incluso un apellido relativamente frecuente.

Los nombres propios significan lo que significan, porque en un determinado momento quien podía decidió usarlo de una determinada manera, bautizando así a una persona, a un animal o a un lugar. Jerez de la Frontera no va a cambiar su nombre porque ya no esté en la frontera.

Mí bicicleta es mí bicicleta. Le puedo dar el nombre que quiera, hacer con ella lo que me apetezca pues es un objeto que yo poseo, que ostenta propiedades propias, que me gusta, que me da alegrías y, como no tristezas, me gusta su color su forma de comportarse y por eso la cuido y la mantengo en las mejores condiciones que puedo. Pero nunca debo olvidarme de que se trata de un objeto sin espíritu.

Mucha gente hoy en día tiende a confundirse, y cuando se encuentran con esas mismas propiedades en una persona la tratan igual que a un mero objeto, y no es lo mismo. Las propiedades y lo que nos puede gustar del cuerpo humano es una parte del ser personal, como lo es el espíritu -si se me permite hablar en estos términos gruesos, para entendernos rápidamente-. Tan personal es mi cuerpo como mi espíritu. Y lo personal no es objeto de posesión y dominio.

Veamos, hay que tener cuidado. Por fortuna, ni la mujer ni el varón tienen cuerpo. Son corpóreos. Esto hay que meditarlo. Ya que, por ejemplo: es impropio afirmar que se tiene esposa; se es marido de una mujer. No se tiene un hijo; se es padre o madre de una criatura.

No se trata de una cuestión baladí -mero juego "bizantino" con palabras- pues nos damos cuenta de que muchas acciones y leyes en nuestra sociedad se apoyan en la tergiversación de los verbos ser y tener. Si destaco el aspecto objetivista del ser humano -lo que en lenguaje vulgar se denomina su parte corpórea- y dejo de lado el hecho de que este aspecto no es sino una vertiente del conjunto personal humano, puedo afirmar con aparente lógica que el cuerpo es un objeto y el hombre tiene un cuerpo. Pero, a poco riguroso que sea, debo reconocer que he cometido el atropello de tomar la parte por el todo, lo que significa un envilecimiento del ser humano, una reducción ilegítima de un conjunto a una de sus vertientes.

Este acto de violencia pasa inadvertido a buen número de personas a las que, por ejemplo, impresiona el hecho de que algún demagogo pueda introducir un elemento que parece elevar a la persona a una alta cota de dignidad. Al considerar el cuerpo como un objeto, se puede disponer a su arbitrio de él y de cuanto en él suceda. Disponer implica libertad, libertad de maniobra.

De aquí se desprende el cuidado que debemos poner en no dejarnos fascinar por lo que resulta atractivo y plausible a una mirada desprevenida e ingenua. Estos elementos deslumbrantes tienen por función encandilar al oyente a fin de que no repare en los engaños realizados. Si nos resistimos a tal encandilamiento y reflexionamos, descubriremos muchas cosas e iremos ampliando nuestro horizonte.

Veamos, si te doy la mano y aprieto la tuya para indicar aprecio, puedes retener la atención en los datos puramente objetivos y fijarte en el grado de presión a que someto tu mano, o en las condiciones de calor, humedad y firmeza que presenta la mía. Pero, al hacerlo, no dejarás de reconocer que estás reduciendo a uno solo de sus planos un acto humano tan complejo como es el saludo. Mi mano -o mejor: todo mi cuerpo, como elemento que sirve a mi persona de medio en el cual te encuentro y saludo- no se reduce a temperatura, humedad, presión: es mi persona entera manifestándose a través de algunas de sus vertientes. Precisamente por ello, todo gesto realizado con el cuerpo y dirigido a un cuerpo reviste un valor personal. Considerar el cuerpo humano como mero objeto susceptible de posesión constituye un empobrecimiento injustificable del hombre como persona.

Resulta, en consecuencia, del todo injustificable según mi forma de ver la vida, que se insista tanto en disponer de nuestro cuerpo como un derecho. Si una persona llega a aceptar que tiene cuerpo y que puede disponer de él, queda expuesta a toda clase de manipulaciones interesadas por parte de otros.

Cuando uno se esfuerza en analizar las cuestiones con un mínimo de justeza, se pregunta cómo es posible que en nuestros días se tomen decisiones cruciales para la vida de la sociedad sobre bases ridículamente endebles e incluso falsas, dejando de lado cuanto la investigación filosófica ha descubierto y destacado durante el último siglo. La respuesta, lamentablemente, es desconsoladora. La eficacia de la actividad demagógica arranca de la frivolidad, de la superficialidad en el uso de los términos y esquemas, de la inconsistencia de los planteamientos, de la táctica de cerrar los ojos a lo real y a toda la labor llevada a cabo por los buscadores de la verdad.

En fin, he empezado hablando de ponerle un nombre a la bicicleta y de sus cualidades y mirad donde he terminado. Es lo que tiene el viaje en bicicleta, que sabes donde empiezas y una cosa se lleva a otra y recorres un camino tal vez más largo pero más fructífero.

Buenos días.

viernes, 2 de julio de 2021

"Alea iacta est"

     “Dicen que los viajes ensanchan las   ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton).


La segunda dosis de la vacuna para combatir la covid-19 ya está trabajando en mi cuerpo, eso quiere decir que, si mi cuerpo la asimila bien y no produce ningún problema, al principio de la semana que viene estaremos preparados para empezar a pedalear con las alforjas. Ahora solo queda esperar a tener en nuestras manos la tarjeta sanitaria europea y, nos pondremos en marcha.

Nos quedan, como siempre, unos días de verdadero ajetreo con los preparativos, no solo con el material que nos vamos a llevar sino también con los pequeños “asuntos” que hay que dejar zancados antes de comenzar a pedalear.

En fin, lo normal, aunque tengo que decir que la intención esta vez es realizar un viaje más largo, con más tiempo y más kilómetros, de ahí que la logística sea un poco más compleja.

En cuanto los kilómetros y los días sobrepasan los mil y el mes, es seguro que la ruta que nos hemos imaginado no se va a cumplir, los imprevistos pueden y de hecho van a ser tantos que empezar con la idea de cumplir un imaginario plan al pie de la letra es una temeridad que con el transcurso de los días puede transformar nuestro bonito sueño en una pesadilla.

No existe duda de que nos gusta vivir y viajar con libertad, escoger nuestras distracciones y pasatiempos, ir a nuestro aire y con quienes amamos, disfrutar del sol en verano y de la belleza de la primavera. Pero nos cuesta descubrir que la vida, con sus sorpresas, rompe nuestros planes.   

Una avería en la bicicleta o en nosotros, un día de intensa lluvia…, nos impiden realizar lo que teníamos pensado y, tal vez, nos dejan una sensación de frustración, de fracaso. Las sorpresas de la vida son muchas. A veces parece que hay más sorpresas que "normalidades". Otras veces, las cosas siguen su curso normal. Nos hacemos la ilusión de que todo está bajo control y, de repente, lo inesperado salta, y quedamos llenos de angustia, tal vez paralizados, sin saber qué hacer.

Si miramos a fondo, detrás de los imprevistos se escribe una historia que no siempre comprendemos. Una avería puede convertirse en la ocasión para encontrar a personas formidables. Una equivocación en un cruce nos abre los ojos a lugares y paisajes nuevos y nos damos cuenta de que nuestros defectos o errores nos pueden permiten valorar las cosas de una forma diferente y con más sencillez.

No siempre es fácil descubrir lo que se esconde en la aventura que vamos a comenzar. Lo negro, es verdad que destaca mucho sobre una página en blanco, pero lo blanco domina en mucha más superficie. Las noticias se basan generalmente en lo malo que sucede, pero las verdaderas historias están escritas en lo bueno. Lo mismo que el dolor, que muchas veces nos angustia y nos desconcierta, pero muchos pueden descubrir el significado de su vida en la recuperación de una enfermedad.

Nuestro viaje en bicicleta siempre es personal e intransferible. Cada ciclo-viajero lo inventa y lo diseña según un programa propio que responde a satisfacciones y expectativas subjetivas. El “cuando llegue a… me gustaría hacer…” resume muchos aspectos que se alojan en ese mirar hacia el futuro, en esa ilusión y entusiasmo en las promesas que nos hacemos de ir llegando a nuestro destino con cada pedalada. Es la figura del ciclo-viaje por delante y por detrás, con su cara y su espalda. Cada uno realiza el viaje que quiere, con un proyecto que cambia y se modifica según los avatares, previstos e imprevistos, de su deambular. Esta dialéctica entre lo que uno quiere hacer y lo que uno va haciendo es una buena idea de lo que es el ciclo-turismo.

En medio de nuestra ruta se cruza el azar, con su fortuna y su desventura, las cuales van tiñendo de color nuestro viaje.

¿Cómo inventa uno su viaje? Ante todo, con modelos que ve atractivos. Vemos o leemos viajes intensos, sólidos, imponentes, fascinantes, que nos enganchan porque admiramos a ese cicloturista que se vuelve hacia nosotros con su carisma, mostrándonos la belleza de un recorrido impresionante, con los principales argumentos bien perfilados. Pasamos por donde él ha pasado y nos identificamos con sus esfuerzos, sus luchas, sus éxitos, sus fracasos y sus superaciones. Cada uno necesita tener unos pocos modelos que sirvan de espejo y reflexión. Hay que buscar la afinidad.

Cada lectura de un libro de viajes o de un video debe articularse sobre la coherencia. Ese es su mejor señuelo. Al analizarlo en su conjunto vemos sus partes y sus argumentos. Cada edad de la vida tiene sus preferencias. Cuando uno es joven está lleno de posibilidades e ilusiones. Ahora, cuando uno es mayor está lleno de realidades y resultados. La madurez es serenidad y benevolencia. Podemos unir muchos hechos, vivencias, sorpresas, alegrías, decepciones y un abrir los ojos para captar la totalidad de lo que nos rodea y hasta donde podemos llegar.

Nuestra vida no tiene un solo sabor sino muchos sabores, pero tiene un temple, que es como una especie de conocimiento global, la experiencia. La experiencia de la vida no es un estado de ánimo, sino un conocimiento de todo lo vivido. Es el «saber hacer», que deriva también del latín “experientia”. Se resume aquí el concepto de viaje y del riesgo de transitar por caminos inadecuados ni no se elige bien la ruta.

La experiencia en el ciclo-turismo y mucho más en la vida es un conocimiento acumulado que encontramos en nuestro interior y que actúa sin que nosotros nos demos cuenta. Está ahí, en los entresijos de tantas vivencias, durmiendo o despertando, habitando siempre en nuestra mente. Nosotros no contamos con él, pero este saber aflora cuando hace falta, y en momentos estelares es un gran consejero.

Es una sabiduría callada, sigilosa, lacónica, reposada y a la vez elocuente, expresiva, convincente, que nos saca de momentos difíciles con su consejo atinado y su destreza de experto. Es veteranía y preparación, pericia y capacidad. Pero no todos la tienen. Muchos, inmersos en el torrente de la existencia, pocas veces se detienen a pensar y a hacerse preguntas. En estas personas todo va demasiado deprisa. No saben tomar distancia y preguntarse los porqués de tantas circunstancias.

En fin, vamos a ver si la semana que viene los muchos años que tenemos nos sirven, pues uno se entera de lo que es la vida viviéndola. ¡Que complicado será acertar en el viaje y dar en la diana todos los días! El viaje será largo, tendrá tantos contratiempos que no es posible tenerlos previstos todos, ya que en el fondo de él hay un tono imprevisible, lo que le da un carácter “dramático”.

Voy a ponerle las cubiertas nuevas y la cinta del manillar a la bicicleta, y a esperar la llegada de la tarjeta sanitaria europea, cuando llegue la suerte estará echada.

Buenos días.

martes, 22 de junio de 2021

Un buen proyecto.

 “Dicen que los viajes ensanchan las   ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton). 

El domingo llegamos a Cullera por una nueva ruta que nos llevó a sobrepasar los cien kilómetros. Aunque lo importante en un viaje suele ser alcanzar el fin que nos hemos propuesto, también es verdad que el camino que elijamos nos dará una perspectiva diferente, lo que le añadirá un valor al resultado final, ya sea para bien o para mal.

Por lo general, la elección de la ruta a seguir para alcanzar nuestro destino es una parte de la deliberación que se nos presenta cuando nos planteamos un proyecto de viaje. Un proyecto nace desde el deseo de alcanzar una meta que consideramos interesante y apetecible, una meta que consideramos buena para nosotros, o sea que se construye desde un amor, un amor a algo. A partir de que amamos algo que consideramos como bueno para nosotros y para los demás, empezamos a pensar cómo lograremos lo que ese amor nos pide.

Después, añadimos las deliberaciones para completar todo lo necesario para conseguirlo.

Queremos alcanzar el Cabo Norte. Queremos viajar en bicicleta. Queremos, además, que nos sirva para ordenar nuestra vida. A veces, también queremos remodelar la casa, ordenar nuestra habitación, etc. Queremos.

Un buen proyecto, si lo construimos sobre un amor que este sanamente orientado, se edifica a partir de realizar muchas deliberaciones y tomas de decisiones.

En la reflexión que antecede ponemos ante nosotros las diversas opciones que nos permitirán alcanzar el objetivo deseado, y las posibilidades reales (respecto de nuestra forma de ser y de nuestra situación actual) de ponernos en marcha.

Una deliberación, por ejemplo, me presenta que para mejorar el viaje debo evitar el macizo Central y los Alpes franceses, otra me dice que la línea recta es el camino más corto, otra que debo ir más ligero, etc.

En toda deliberación lo que hacemos principalmente es preparar una lista de estrategias o métodos, algunos pueden darse de modo simultaneo, de forma que nuestra voluntad se encuentre abierta para escoger lo que se considere más adecuado.

Después, inevitablemente, llega el momento clave de la decisión. Esto puede parecer un poco automático, pero lo llevamos a cabo con naturalidad en cientos de actividades, desde las más sencillas hasta las más importantes. Basta con pensar en el proyecto tan humano y significativo de quien piensa en ir a visitar a un amigo que vive al otro lado de la ciudad...

Cuando ponemos en marcha un proyecto este posee como base una rica y dinámica vida en nuestro corazón. Lo importante es saber encontrar proyectos que valgan la pena, por los que nuestro esfuerzo tenga un sentido.

Por eso, en los momentos en los que uno empieza a escoger los proyectos más importantes, y también ante proyectos más sencillos, siempre nos ayuda una reflexión para que nos ilumine, y una consulta a quienes, desde su experiencia y cariño, pueden darnos consejos valiosos y practicables para emprender correctamente el camino que nos permita realizar tales proyectos.

Y, en esto estamos.

Buenos días.

jueves, 17 de junio de 2021

Larga es la espera.

 “Dicen que los viajes ensanchan las   ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton).

Ya tenemos poco que preparar, todo está listo, la bicicleta revisada después del último viaje, la ropa limpia y preparada para colocarla en las alforjas, solo nos queda esperar.

Esperar que me lleguen los mapas de Francia e Italia y, como no, que me avisen para la segunda dosis de la vacuna para la covid-19, y, después de una corta espera de unos días, para asegurarme que no tengo efectos secundarios, a pedalear.  

Esperar, “larga es la espera, para quien espera, pero más larga es la espera sin saber lo que se espera” dice la rumba, así que paciencia.

Tenía razón Rumba Tres con esta letra. En la vida de todo hombre, sea cual sea su situación, existe una espera, estamos marcados por la espera. Siempre esperamos algo. ¿Acaso alguien nos ha prometido algo y por eso esperamos.?

¿Qué es realmente lo que queremos?, nos podríamos preguntar. En el fondo, si le dedicamos un momento a buscar la respuesta, nos daremos cuenta de que queremos sólo una cosa: la vida bienaventurada, la felicidad. Deseamos una verdadera vida, esa que no se vea afectada ni siquiera por la muerte, esa que nos garantice que nada de lo que amamos se perderá. Si hemos llegado a esta respuesta nos encontramos en una situación interesante.

“…pero más larga es la espera sin saber lo que se espera”, menos mal que sabemos lo que estamos esperando, esperamos la segunda dosis de la vacuna para la covid-19 y que se tenga libertad para viajar por Europa. Estamos en tiempo de espera.

Todos tenemos en el recuerdo, algún momento de nuestra vida en el que el instante más feliz no fue en el que, por fin, llegó lo que habíamos esperado, sino los que precedieron a este. Cuantas veces no hemos disfrutado más durante la espera del fin de semana que durante su transcurso. Esa espera genera ilusión, que es un ingrediente esencial de la felicidad. Tenemos que darle la importancia que se merece al valor de la espera y de saber esperar.

No recuerdo ahora quien lo escribió, pero en algún lugar he leído que: “ser feliz consiste primariamente en ir a ser feliz”, y en esto estamos, no solo en estos días sino siempre. Pues la espera es un componente fundamental de la vida.  

Contamos el tiempo, pero la espera no es pasividad, sino preparación para lo que se aproxima. Es momento que repasar el material, comprobar la bicicleta, mejorar nuestro recorrido, pensar en que podemos mejorar… Todo esto es muy aconsejable para mejorar nuestro viaje, pero también para una vida feliz. Sin embargo, no son actitudes frecuentes en la sociedad de hoy, que es la sociedad del “aquí y ahora”. Está desapareciendo la espera; la gente cada vez está menos dispuesta a esperar. Se quiere todo "aquí y ahora".

Estamos demasiado dominados por la prisa. Y la prisa es apresurarse, hacer una cosa antes de tiempo o de lo previsto; precipitarse. Esa forma acelerada de vivir es un serio obstáculo para disfrutar de la vida. Se tiene una prisa exagerada por probarlo todo, por tener todo tipo de experiencias. Hay que probar muchas cosas y tener experiencias, hay que correr algunos riesgos, pero el riesgo es afirmación, y por eso tiene alguna nobleza. En cambio, la prisa es siempre negación; denota falta de confianza en la vida (por ello no se aceptan sus etapas y su duración). Lo peor no es que se quemen las etapas en un viaje, sino que se quemen las etapas de la vida misma.

La llamada “prisa por vivir” es, un problema hoy en día, el ansia de conseguir cuanto antes todas las cosas buenas que nos presenta la vida o un viaje, pero sin el esfuerzo ni la paciencia que es necesaria, suele generar en muchas personas una agitación parecida a la de la fiebre. Se piensa que la felicidad se encuentra en lo inmediato, en lo instantáneo, pero no es así. No hay que instalarse en lo efímero, en lo pasajero, la vida, nuestra vida debe tener una historia y un argumento que hay que ir construyendo poco a poco.

Se necesita adquirir paciencia para pasar estos días de espera. Hay que saber que se puede esperar y que compensa esperar, también que la impaciencia no va a acelerar el ritmo de la vida y, es que no por mucho madrugar amanece más temprano.  

Buenos días.

lunes, 14 de junio de 2021

Un viaje sencillo.

 “Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton) 

Terminamos ayer un breve recorrido en bicicleta por los Montes Universales, corto en kilómetros y días, aunque abundante en sensaciones. Y, me atrevería incluso añadir que sencillo, palabra mágica que además conforma una de las palabras clave que le dan significado a cómo me gustan que sean los viajes en bicicleta, como los “besos”: Concretos, Sencillos, Ordenados y Sugerentes.

Podría dedicar muchas palabras en describir la ruta, los paisajes, los pueblos, sus habitantes, la naturaleza que lo envuelve todo y sobre todo el agua que se encuentra en todos los lugares. Pero, me olvidare de todo esto y me centrare en un solo, mi primera experiencia con otros ciclo-viajeros, en concreto en Carlos y Stefan.

Dos ciclo-viajeros distintos, pero sin duda iguales en su sencillez. Y es que la sencillez en los ciclo-viajeros es una cualidad maravillosa y no tan común como debiera ser. Sencillo no lo considero como un sinónimo de fácil, sino de verdadero y natural. Es uno de esos atributos que adorna a cualquier otro. Por lo general se puede encontrar junto con la humildad y nos muestra que se posee nobleza y madurez. Por eso, aunque resulte paradójico, solo los ciclo-viajeros extraordinarios cuentan genuinamente con esta cualidad. Es decir, que alguien se mueva con la idea de lo sencillo significa que lo que hace, lo hace con un comportamiento transparente y puro.

Si observamos un poco a los viajeros con lo que nos encontramos nos daremos cuenta, como ha sucedido en este viaje, que la sencillez es lo que les hace grandes pues se muestran sin maquillaje, sin esconder nada debajo de la piel. Su sencillez consiste en hacer el viaje solo con el equipaje necesario, lo que no solo significa solo con el material, sino que se viaja siendo fiel a su esencia y que no se lleva nada de más que pueda esconder algo diferente.

Muchas personas dicen que la sencillez es como “la celebración de lo pequeño”. Por decirlo de otra manera, la persona sencilla es capaz de disfrutar de las pequeñas cosas, además de sentirse agradecido cuando las recibe. Por eso, la persona más favorecida, la primera en sentir los efectos de la sencillez es quien la posee.

Viajamos en una bicicleta, una maquina sencilla. Nuestro equipaje necesita ser ligero y austero. El material necesita ser pequeño y adaptable a varias circunstancias. Nuestras rutas se caracterizan por ser sencillas y fáciles de seguir. Si no somos gente sencilla al empezar con el ciclo-viaje lo seremos con el paso de los kilómetros.   

No es fácil conseguir sentirse favorecido por la sencillez con el paso de esos kilómetros, hay que ser adaptable y saber aceptarse y aceptar. Lo que como ya supondréis es complicado, sobre todo al tener que conseguir que todo fluya a nuestro alrededor, sin intentar forzarlo o cambiar su curso. Ahora, si lo conseguimos, nos daremos cuenta de que hemos adquirido otra virtud, la espontaneidad, que se da en las personas equilibradas y saludables.

Es fácil comprobar como la gran mayoría de ciclo-viajeros son personas sencillas, algo más complicado es averiguar si lo son por ser ciclo-viajeros o son ciclo-viajeros por ser personas sencillas que eligen esta forma de viajar por su sencillez. Aunque, el camino elegido para conseguir ser una persona sencilla no tiene demasiada importancia lo importante es llegar a serlo.

Esta sencillez ciclo-viajera es también mental, fijaos, con que facilidad se comprenden los diferentes puntos de vista de los otros ciclo-viajeros. Observad como se pierde o se reduce la necesidad de poseer la verdad, de imponérsela a los demás o de lograr que todos piensen igual. Al poseer una mente sencilla se acepta espontáneamente que hay muchos puntos de vista; de esta manera, se trasforma un problema en una valiosa fuente de enriquecimiento personal.

Otra facultad apreciable es observar con que naturalidad se expresan, una naturalidad que es propia de quien no está interesado en demostrar nada ni en crear mitos a su alrededor. Sus palabras son claras y elocuentes. Sin adornos innecesarios. Sin pretensiones de erudición o marcas de clase social intencionadas. La sencillez hace que se exprese lo que pensamos de forma directa y simple.

La relación con las otras personas también se ve marcada con la sencillez, se es más respetuoso consigo mismo y con los demás. Se acepta y, por lo tanto, acepta a los demás, pues las dos cosas van unidas. Los demás se ven como iguales y por eso hay un sentimiento de solidaridad intrínseco con ellos, lo que nos permite entender que todos estamos unidos por un lazo común: la humanidad.

Sin embargo, no nos engañemos, la sencillez que es una cualidad de personas extraordinarias no quiere decir conformismo. De hecho, la sencillez nos ayuda a caminar más ligeros por la vida, lo que no encaja demasiado bien en una sociedad que asocia lo complejo a lo eficaz, y, en consecuencia, a la felicidad. Nos ofrecen ordenadores con muchos programas, móviles con infinitas aplicaciones, las tiendas nos venden infinitos tipos de tratamiento, y cada día nos recuerdan aquello de que es bueno tener muchos estudios, muchos títulos, muchos amigos… La complejidad se asocia a esa idea de dorada felicidad que, en realidad, no siempre se cumple.

Algo que deberíamos tener muy en cuenta es que las cosas grandes ocurren cuando se hacen bien las pequeñas, y para ello, nada mejor que practicar el arte de la sencillez en nuestros actos cotidianos.

En fin, estoy casi seguro de que la solución a nuestros problemas, a los problemas de nuestra sociedad no pasa por convertirnos en ciclo-viajeros, sin embargo, muchas de sus cualidades ayudarían a formar un mundo mejor. Avanzar con calma y utilizando el sentido común y la intuición son sin duda las mejores tácticas para deshacer cada enredo de nuestras complicaciones. Debemos confiar un poco más en nuestro instinto y ser receptivos a la voz del corazón.

Se trata de creer en lo sencillo y de admirar lo simple. Tiene que perdurar lo amable, la dignidad, la calidad de una persona. Ser humildes nos hará ser más justos y grandes, pues nos ayuda a comprender cuáles son nuestros límites y tomar conciencia de lo que nos queda por aprender.

Y es que me gusta mucho lo simple: un abrazo, un gracias, un “cuídate”, un perdón. Es importante poner de moda “rescatar” el valor de lo simple. Es el poder de lo simple, el poder de las emociones y la inteligencia, ese poder inigualable. Es la belleza de la sencillez en los actos cotidianos.

Hemos terminado una semana por los Montes Universales, en la que hemos intentado apreciar las cosas sencillas de la vida. Las cosas sencillas de la vida son como esas estrellas que hemos visto relucir cada noche, en el nacimiento del Tajo, del Júcar, en Peralejos de las Truchas, en Orihuela del Tremedal y en Albarracín. Es tan simple ser feliz y tan difícil ser simple… Y es que la felicidad habita en el alma.

Buenos días.

sábado, 5 de junio de 2021

Pequeñas decisiones.

 “Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton). 

Empezamos, empieza la cuenta atrás. Las bicicletas ya están en su sitio. Las alforjas se están llenando poco a poco. Vamos buscando y eligiendo todo lo necesario para una semana de cicloviaje y, todo se vuelve rápido, nervioso. Mañana nos ponemos en marcha.

Un corto viaje en coche que nos sacará de la Comunidad Valenciana será parte de la primera etapa, pero eso ya será otra historia, una historia que tal vez no merezca o no tenga el valor suficiente para ser recordada y tal vez mucho menos ensalzada, pero estoy seguro de que vale la pena ser vivida. Ahora, hoy, es hora de prepararnos.

Como siempre nos sucede en este día, superamos lo inmediato, lo del día a día y dejamos atrás lo secundario para centrarnos en lo lejano, en lo que sucederá mañana.

El hombre está siempre en marcha, no lo puede evitar, persiguiendo continuamente realizarse a sí mismo. El otro día ya lo comentaba, existe una distinción que se encuentra en el pensamiento clásico, entre desear y querer. Desear significa pretender algo, pero desde el punto de vista afectivo, sentimental. En muchas ocasiones se trata sólo de pensamientos pasajeros, que no se traducen en nada. Querer, es algo más, supone buscar algo y poner toda la voluntad en ese empeño; es determinación, empeño, esfuerzo concreto que no se dispersa.

De ahí que se pueda deducir que ahora estemos en una fase de fuerte voluntad, preparándonos, preparando, poniendo todo en orden para ponernos en marcha y, por lo tanto, tomando decisiones, sencillas, pero decisiones.

Y para decidir hay que pensar, no hay otro sistema que funcione mejor, pues casi nunca sirve el “lo que hacen todos”. No es que no sepamos lo que nos tenemos que llevar o que es lo que vamos a necesitar, lo que nos pasa es más bien que vamos con prisas y renunciamos a pensar. Si nos paramos un momento a reflexionar nos damos cuenta de inmediato de que somos víctimas del ensordecedor ruido general, no tenemos ni el tiempo ni la tranquilidad para buscar un espacio en el que quedarnos a solas y pensar. Pensar es difícil. Además, no nos proporciona una gratificación instantánea como la mayor parte de las cosas que se suelen hacer.

Hay decisiones “grandes”, alguna habremos tomado ya, que nos marcan un rumbo en la marcha de nuestra vida. La decisión por los estudios, por el trabajo, por el modo de ahorrar, por la manera de organizar la casa... Cada una de esas decisiones configura buena parte de nuestra vida, orienta nuestra manera de relacionarnos con la familia y amigos, con los conocidos incluso con los extraños.

Otras decisiones son “pequeñas”. Parecen no tener importancia en el conjunto, porque se refieren a aspectos “marginales” o irrelevantes en la propia vida y en las vidas de quienes están a nuestro lado.

Ahora estamos con esas “pequeñas” decisiones en el conjunto de nuestra vida pero que se transforman en “grandes” cuando las aplicamos a nuestra excursión con la bicicleta. En realidad, cualquier elección va a ser importante; llevar ropa para la lluvia, ropa térmica, un pantalón y una camisa para ir de “querer”, muchos o pocos recambios… ¡es solo una semana!

En verdad, cualquier elección influye y a veces de manera insospechada. Una ligera llovizna puede transformase en un diluvio, el fresco de la noche puede ser frío, nos apetece tomarnos unas cervezas y no tenemos ropa limpia o seca, no pinchamos una vez, sino que pinchamos todos los días y además se rompe el cable del freno…etc.

En nuestra vida sucede lo mismo, cualquier acto influye en otros de manera que no podemos imaginar. Una sonrisa en la calle puede cambiar el corazón de un vecino. Un gesto de gratitud al camarero llega a ser la ocasión para que se inicie una amistad sincera. Una carta o un mensaje electrónico a un amigo llega a tener un valor muy grande para quien afronta algún problema.

Es verdad que a la hora de tomar decisiones nos miramos mucho a nosotros: qué nos gusta, qué nos va bien, qué nos puede ocasionar problemas, qué es más descansado, qué nos es más rentable.

Pero también es cierto que las decisiones no afectan sólo a nuestra vida, sino que llegan a muchos otros, incluso a personas que no conocemos.

Por eso vale la pena reflexionar a la hora de tomar decisiones no sólo según la lógica del gusto personal, ni según el beneficio inmediato, sino según la lógica del encuentro, de la ayuda, del servicio, de la solidaridad.

Como suele decirse, “no somos islas que flotan en el universo sin relaciones”. Somos otra cosa, somos, más bien, parecidos a pequeñas gotas dentro de un mar, que influyen en otros y que son influidos por lo que los otros hagan o dejen de hacer.

Este día, estos momentos que tengo ahora ante mis ojos, pueden ser decisivos para un amigo o para un extraño. Está en mis manos la decisión (grande o pequeña) de lo que hago o de lo que deje de hacer.

Tenemos la suerte de haber recibido y tener en nuestras manos algo tan valioso como la inteligencia y la voluntad. Aprovechémoslo.

Buenos días.

jueves, 3 de junio de 2021

Indultar es perdonar...

 Mucho se está hablando de indultos por todas partes y por eso es interesante que revisemos nuestra forma de verlos y entenderlos, pues se mezclan con el perdón y como no con la misericordia y su relación con la justicia.


Indultar es perdonar a alguien total o parcialmente la pena que tiene impuesta, o conmutarla por otra menos grave. Esto es lo que nos dice el diccionario y que implica la acción de perdonar y es aquí donde el tema se complica.

Hay una frase que se usa bastante: “Comprender todo significa perdonarlo todo”, que tiene bastantes seguidores y que viene bien para centrar el tema en los indultos que parece que se van a promulgar por parte de nuestro gobierno.

Esa frase, aunque también es muy cristiana no la puedo aceptar sin más. Ya sé que Jesús nos ha mandado que perdonemos a nuestro hermano no siete veces, sino setenta veces siete, es decir siempre. Y que perdonó el mismo Jesús a los que le clavaron en la cruz. Exacto. Es verdad, es así.

Pero, y se trata de un pero importante, el perdón a nuestro hermano nos dice expresamente, “si él se arrepiente”, y cuando le clavaron en la cruz, pidió perdón para sus torturadores, “porque no saben lo que hacen”.

En el caso del hermano existe arrepentimiento, y en el otro caso ignorancia. Y estas son indudablemente circunstancias atenuantes Un hombre que cometió un crimen terrible, que sabía muy bien lo que hacía y sin embargo no se arrepiente, no puede encontrar perdón. De otro modo tendríamos desde un principio carta blanca para todos los crímenes. De todas formas, Dios perdona siempre.

Pero es que Dios no sólo es misericordioso, sino también justo. Precisamente porque lo comprende todo, no puede perdonarlo todo sin más. Y existen cosas imperdonables. De todas formas, insisto, Dios si puede.

Hay otra frase que sin duda muchos estarán pensando y suele salir a esta altura de la conversación: “El amor perdona siempre”. Perfecto, muy bien, pero no el verdadero amor, sino el amor ciego como el de algunos padres que jamás castigan a sus hijos, aunque hayan cometido la crueldad o la acción más vil.

No es fácil perdonar, todos los sabemos muy bien, y a veces confundimos el perdón con la disculpa. Ya que se disculpa al inocente y se perdona al culpable. Cuando nos disculpamos estamos realizando un acto de justica, se disculpa porque la persona que ha realizado algo mal o ha ofendido merece que se le reconozca que no es culpable, tiene derecho a la disculpa, en cambio el perdón trasciende la estricta justicia, porque el culpable, no tiene derecho al perdón; si se le perdona es por un acto de amor, de misericordia.

Cuando descubrimos que alguien es culpable de un acto, lo normal, es reaccionar y hacer algo que este inspirado por el sentido de la justicia, que exige que esa persona cargue con las consecuencias de su acción, que pague el daño cometido. El perdón implica ir en contra de esa primera reacción espontánea, hay que superarlo con la misericordia. Lo que, en cambio, no tiene sentido, porque se trataría de un esfuerzo estéril, es perdonar lo que merece una simple disculpa.

Está claro que deberíamos perdonar a todos y siempre. Es obvio que una exigencia tan grande de perdonar no anula las neutrales exigencias de la justicia. La justicia rectamente entendida constituye por así decirlo la finalidad del perdón. En ningún caso el perdón, y ni siquiera la misericordia como su fuente, significan una indulgencia para con el mal, para con el escándalo, la injuria, el ultraje cometido. En todo caso, la reparación del mal o del escándalo, el resarcimiento por la injuria, la satisfacción del ultraje son condición del perdón.

Es imposible perdonar (como se desprende del significado de la palabra) al que piensa que no tiene nada de qué arrepentirse, podría incluso sentirse agraviado y no sería la primera vez que se da ese malentendido.

Los que van a ser indultados ¿son iguales a los que les ofrecen esa posibilidad? ¿Cómo evitar el escándalo de convertirlos en héroes si admitimos que sus acciones fueron necesarias? Cuando se pide el arrepentimiento, no es por una dureza de ánimo inoportuna, ni por falta de ilusión por los bienes que acompañan a la solución del problema, sino porque si ellos han realizado unas acciones heroicas quebrando la legalidad, completamente ajenos a ninguna responsabilidad imaginable, entonces el gravísimo daño moral que se hace a una comunidad o a un pueblo con ese escándalo sería históricamente imposible de limpiar.

Buenos días.