lunes, 18 de noviembre de 2024

Camino de Geiranger. 2 de septiembre de 2024.

     “El amplio objeto de un viaje no es poner el pie en tierra extraña; es poner el pie, al fin, en nuestro propio país como en una tierra extraña” (G. K. Chesterton)



Camino de Geiranger. 2 de septiembre de 2024.

Volvemos a casa, las andanzas de este año se puede decir que han llegado a su fin y toca empezar a pensar en preparar la Maratón de Valencia y preparar los recorridos para el año que viene.

Cada uno de nosotros tenemos nuestra tierra, nuestro hogar, nuestra casa. Y está bien que así sea. Allí nacimos y pasamos nuestros primeros años por lo menos, y allí me gusta volver, a pesar de que en muchos otros lugares me pueda sentir como en casa.

En estos días de retorno siempre me doy cuenta del valor que tiene lo cotidiano en nuestra vida y más en nuestro hogar. Ese ruido de la lavadora que nos acompaña durante tantas horas al día, el pasear por nuestras calles, tan conocidas y siempre recordadas, ese café con mis amigos en la que la conversación deriva casi siempre hacia los mismos temas en los que sé que voy a sentirme relajado y sin problemas.

Y así, recordando lo cotidiano, me doy cuenta que es esto lo que me ha formado, lo que me ha hecho ser quien soy. Son esas pequeñas decisiones del día a día, las que han ido dando forma sin darme cuenta a todo lo que soy. Esas cosas, esos sitios, esas personas que volveré a ver con un semblante renovado, sabiendo que de alguna manera son mías, consciente de que las elegí  hace tiempo y vuelvo a elegirlas cada vez que vuelvo.

Recordando también que voy a volver a lo de siempre y que lo veré nuevo, diferente.

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sábado, 16 de noviembre de 2024

Camino de Geiranger. 1 de septiembre de 2024.

     “El amplio objeto de un viaje no es poner el pie en tierra extraña; es poner el pie, al fin, en nuestro propio país como en una tierra extraña” (G. K. Chesterton) 



Camino de Geiranger. 1 de septiembre de 2024.

Todos los días invariablemente pienso en el futuro. Más si cabe en estos días en que me encuentro en Geiranger, de ahí que el futuro me influya y que llegue a convertirse en muchos momentos en el centro de mi atención, la cuestión es que pensar continuamente en el futuro me resulta algo casi natural y espontaneo y que, sin embargo, está rodeado de algunos problemas.

El principal problema que me encuentro es que en realidad el futuro no existe. Cuando por la mañana salgo del camping y pienso a donde quiero llegar, no tengo la seguridad de que mi “plan” se vaya a convertir en realidad. Por eso, muchas veces me sorprendo al estar tan pendiente del futuro. Porque ese futuro es un enigma lleno de incógnitas, un misterio que en su mayor parte no está bajo mi control.

Es verdad que muchas de las previsiones que hago sobre cómo se va a desarrollar el día terminan haciéndose realidad. Cuando me dirijo a un camping para acampar, es casi seguro que estará abierto. Pero en ocasiones no lo está, y mi expectativa se convierte en sorpresa o en desengaño. Lo que digo del camping vale para cuestiones también mucho más importantes.

La cuestión es que durante un viaje algunas previsiones se hacen realidad, otras quedan completamente desfiguradas, y en muchas ocasiones ocurren las cosas en parte como las habíamos previsto y en parte dándose la vuelta con situaciones insospechadas. A pesar de que muchas veces mis previsiones no se han cumplido vivo el presente prestando demasiada atención al futuro.

Y es que resulta sorprendente que las cosas nos sucedan como habíamos previsto: que lleguemos a la hora prevista al camping, que nuestra parcela reúna las condiciones que esperábamos, y que el precio sea, de verdad, mejor de lo que pensábamos.

Sí, es sorprendente que el futuro se desarrolle como habíamos pensado, a pesar de la gran cantidad de variables que existen, que desde el café de la mañana hasta que entremos en el saco de dormir haya sido según lo previsto. Es difícil que esto nos suceda y por eso cuando sucede hay que estar agradecidos.

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miércoles, 13 de noviembre de 2024

Camino de Geiranger. 30 de agosto de 2024.

     “El amplio objeto de un viaje no es poner el pie en tierra extraña; es poner el pie, al fin, en nuestro propio país como en una tierra extraña” (G. K. Chesterton)

Camino de Geiranger. 30 de agosto de 2024.

Lleva varios días en Suecia y ahora estoy en Noruega, y mirando la desbordante naturaleza que me rodea estaba pensando la pena que se debe tener al perderse estos paisajes con esa extraña luz que los acompaña. Por eso me desconcertó la tasa de suicidio de estos dos países por 100,000 habitantes en este año, Suecia con el 14,9% y Noruega con el 11,8%, una barbaridad si hacemos la cuenta de suicidios en este año. En España estamos en el 7,7% que ya es mucha.

¡Qué en estas tierras no se encuentren razones para seguir viviendo es muy triste!

Tengo la impresión de que muchas veces perdemos la vista, estamos ciegos y no nos damos cuenta, ¡cuántas veces no vemos lo que está delante de nuestras narices! Lo triste no es no encontrar el móvil que tenemos encima de la mesa sino de no darnos cuenta de las maravillas que nos rodean. Se trata de admirar y de querer todo lo que nos rodea. Cuando nos enamoramos de una persona somos capaces de ver cosas en ella que la persona para la que es indiferente es incapaz de ver. Nos tenemos que enamorar de todo lo que nos rodea.

Si no somos capaces de amar todo lo que nos rodea hay que hacer algo, y pararse. Cambiar nuestro punto de vista, dejar de mirar con la razón y mirar con el corazón. Nos hemos olvidado de ver las cosas con el corazón y nos hemos concentrado en conceptos como los de “razón, voluntad o libertad”. Hay que reconocer que nuestro corazón es lo que nos configura y lo que nos distingue.  

¿Como estar triste ante los fiordos noruegos? No ver la alegría del mundo en estos paisajes es vivir momentos de oscuridad, no encontrarle sentido a nada. Hay que mirar de otra manera, dejando las razones, que por ciertas que sean, son sinrazones. Comprender es el modo de mirar. Dice el Diccionario que comprender es “abrazar, ceñir o rodear por todas partes algo”. La mirada comprensiva no se queda en una parte, en lo llamativo. Busca el por qué, mira en profundidad, sabe interpretar, diagnosticar. Abre horizontes.

Pero claro para enamorarnos tenemos que saber lo que es el Amor y así poder amar y, esto, aunque debería de ser fácil, por lo visto no lo es tanto.

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miércoles, 6 de noviembre de 2024

Camino de Geiranger. 29 de agosto de 2024.

     “El amplio objeto de un viaje no es poner el pie en tierra extraña; es poner el pie, al fin, en nuestro propio país como en una tierra extraña” (G. K. Chesterton)

Camino de Geiranger. 29 de agosto de 2024. 



Sí. Me hace falta. De vez en cuanto hace falta un momento regalado. Un paseo que me conduzca a ningún sitio. Un rato para concentrarme en mis pensamientos desconectando mis sentidos, para pensar en nada, para reír sin motivo. Hace falta abandonarme y dejar de estar alerta, falta un momento sereno en el que no haya nada que mostrar, unos momentos de sinceridad sin elegir. Hace falta perder un poco el tiempo, estar en silencio, para encontrarse. Y por eso a veces hay que detenerse.

Todo lo anterior está muy bien, pero creo que esos momentos son complicados, no es fácil enfrentarse a ellos. Plantearse preguntas y no encontrar ninguna respuesta sino un silencio inquebrantable, es duro. Ese silencio incomoda y frustra, y cuanto más se prolonga más disgusta. Además, la frustración se va retroalimentando, haciendo que cada vez te encuentres más desesperado y empiezas a hablar solo sin esperar ya ninguna respuesta.

Sin embargo, hay situaciones en las que esos silencios sin respuesta no molestan, es más, suceden cuando te encuentras junto a una persona a la que quieres mucho, puedes estar en silencio durante horas sin llegar a sentirte incomodo, ya sea en el coche, cocinando o tirados en un sofá. No existe ningún tipo de presión de llenar el silencio, sino que puedes estar haciendo cosas compartiendo espacio y tiempo, siendo la compañía del otro más que suficiente.

Por ello me gustaría aprender a degustar y enfrentarme a esos silencios solitarios en vez de huir de ellos. Aprender a estar acompañado estando solo. Es verdad que en alguna ocasión he intentado mirar en mi interior para descubrir, para saber, y para reconocer que siento. Me han animado con insistencia y con mucha razón a poner atención a esa vida interior, más o menos descontrolada, que se mueve por mis entrañas. Algunas veces a valido la pena, es una labor ardua que implica aceptar y dar por validas nuestras heridas y nuestros miedos, y con ello se consigue una cierta paz y en algunos casos consuelo.

Ese, piensa en ti. Conócete. Acéptate. Abraza lo que eres. Nos lleva, poco a poco, a ir desenmarañando conflictos y resolviendo desasosiegos. Y es verdad que en cierta medida funciona, es que no nos hace ningún bien estar constantemente apartados de lo que nos ocurre por dentro. No podemos tener una vida que deje continuamente en la sombra aquello que pensamos, sentimos o queremos. Quizás seamos capaces de estar así algún tiempo; quizás es posible que necesitemos sobrevivir así en algunos momentos. Pero a la larga tal división es que, simplemente, no funciona.

Y, sin embargo, hay algo en lo que me gustaría hacer hincapié y que no suelo escuchar mucho y es que muchas veces no basta con mirarse por dentro. Que, curiosamente, muchas de nuestras preocupaciones se ordenan si, de alguna manera, somos capaces de aislarlas. Que nuestro mundo interior también se puede arreglar si somos capaces de enfocarlo hacia fuera. Sí, en esos momentos en los que la vida de otra persona pasa a importante incluso más que tu propia vida. Cuando piensas en los demás, cuando conoces los problemas de otros, cuando te unes a su vida, cuando compartes sus miedos. Porque al final resulta que es amando como somos capaces de renacer, como vamos a comenzar a ver las cosas de nuevo.

A veces, quitando nuestro foco de atención en nosotros es como mejor se resuelven nuestros problemas.

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sábado, 2 de noviembre de 2024

Representar un personaje.

         “Cuando un hombre ha encontrado algo que prefiere a la vida es cuando por primera vez comienza a vivir. Una vez que ha despreciado este mundo como un simple instrumento el mundo de convierte en un instrumento musical”. (G. K. Chesterton). 

No tengo dudas de que nos encontramos en una época donde se nos complican mucho las cosas. No se si se trata de que la velocidad con que se transmiten las noticias, o porque llegan a todos los lugares, o por la sobrexposición mediática a la que se encuentran expuestas, o por otras muchas razones, lo cierto es que nuestros líderes, ya sean políticos o de otros ámbitos parece que sienten la necesidad de crearse unos personajes capaces de estar presentes en todo momento en la actualidad. Se crean e interpretan unos personajes que representan los ideales que les gustaría defender y propagar. Y la cuestión es que esos personajes en realidad no muestran la realidad de esas personas, por lo que tarde o temprano esas mascaras terminan por caerse. Por lo que poco a poco van cayendo uno tras otro, dando la impresión de que no va a quedar títere con cabeza. Todo esto me hace desconfiar de las personas que siempre están de plena actualidad.  

La semana pasada vimos cómo comenzaba la caída de Iñigo Errejón, es fácil que ya hiciese tiempo que no viese la contradicción entre el personaje que representaba y la persona. Lo que supuestamente hizo es algo, execrable, condenable y bajo ningún concepto excusable, pero tristemente una realidad mucho más común de la que pudiera parecer.

Tengo la impresión de que la nueva tecnología que nos rodea pone de manifiesto y potencia nuestras partes más oscuras, las redes sociales con sus algoritmos, los historiales de búsqueda que nos llevan continuamente a mostrarnos aquello de lo que estamos intentando huir, hacen que no sea tan fácil controlar o eliminar los problemas que tenemos. No sabemos manejar aquellas dificultades que son capaces de terminar con una relación, un proyecto de años o una opción de vida. Sobre todo, nos sucede más con aquellas que nos parecen controlables, pero que se van volviendo locas sobre todo si no queremos o no podemos mirarlas a la cara. Porque nuestra sociedad hace tiempo que se ha olvidado de enseñarnos quiénes somos, nos hace vivir sin saber quién es uno, hasta que ya es demasiado tarde.

Todo a nuestro alrededor parece que nos impulsa a crearnos una imagen, un personaje que reúna unas ciertas cualidades y pensamos que ese personaje ficticio puede convivir con nosotros sin causarnos daño. Y, somos personas, hacemos muchas veces las cosas mal cuando no las queremos hacer y no somos capaces de hacerlas bien cuando queremos.

Tenemos que saber que la persona es frágil, somos frágiles por muy fuerte que sea la imagen que proyectamos, por tanto tenemos que ser conscientes de lo difícil que son estos tiempos que vivimos y esto nos debería de hacer estar más vigilantes y no confiar tanto en nuestras fuerzas para impedir ciertos comportamientos.

lunes, 28 de octubre de 2024

Camino de Geiranger. 28 de agosto de 2024.

     “El amplio objeto de un viaje no es poner el pie en tierra extraña; es poner el pie, al fin, en nuestro propio país como en una tierra extraña” (G. K. Chesterton)


Camino de Geiranger. 28 de agosto de 2024.

Me gusta recordar cada vez que empiezo a preparar un viaje el fragmento de “Alicia en el país de las maravillas” en donde se puede leer una parte de la conversación de Alicia con el gato Cheshire y que viene a decir que si no te importa el lugar al que quieres llegar tampoco importa la dirección que tomes.

La conversación es la siguiente: “Minino de Cheshire, podrías decirme, por favor, ¿qué camino debo seguir para salir de aquí?

– Esto depende en gran parte del sitio al que quieras llegar – dijo el Gato.

– No me importa mucho el sitio… – dijo Alicia.

– Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes – dijo el Gato.”

La pregunta que hace Alicia sobre que camino tomar, sin saber muy bien hacia dónde va, es una alegoría preciosa de lo que nos pasa continuamente a los viajeros; y la respuesta del gato evidencia que la falta de propósito en los viajes hace que deambulemos sin rumbo y sin sentido.

Por norma general cuando preparamos un viaje solemos hacer una especie de prólogo del viaje cuando lo que deberíamos de hacer es un preámbulo. Debemos considerar lo que hay antes del viaje. Averiguar, quién sabe por qué razones nos ronda por la cabeza la ocurrencia de ir en bicicleta a un lugar.

Desde hace algunos años me preocupan dos cosas que tienen relación con mis viajes en bicicleta, por una parte, que nos encontramos sumidos en una gran crisis de identidad, de falta de claridad y esto veo que me afecta a la hora de tomar decisiones. No solo, por supuesto me sucede a mi como ciclo-viajero sino a casi toda la sociedad en la que me muevo. Por otra parte, como ciclo-viajero, me inquieta que entre la gran cantidad de información que existe en las redes y en todos los lugares, no hubiera algo que me parece simple y natural: una guía mental para el viaje. Dejando a un lado la casi totalidad de la información practica para el viaje, algunas de ellas muy útiles, el ciclo-viajero no tiene a su alcance una información que le introduzca en la comprensión de la naturaleza de su viaje, comprensión que se disuelve en toda la información turística del lugar al que queremos ir y con todo lo que nos vamos a encontrar para llegar a él.

Ya sé que tengo algunos viajes realizados y que puede parecer que ya no me hace falta reflexionar cada vez sobre lo que mueve a salir de casa con la bicicleta, pero lo que nos parece que ya sabemos y sobre lo que nos parece superflua toda reflexión es posible que esconda un secreto que espera ser descubierto. Decía Chesterton que: “En lo más secreto de los libros de la vida hay escrita una ley y es ésta: si miras una cosa novecientas noventa y nueve veces, estás completamente seguro, pero si la miras de nuevo, por milésima vez, entonces corres el espantoso riesgo de verla por primera vez”.

Existe en la mayoría de nosotros una llamada a salir de nuestro hogar para poseer de nuevo nuestra vida. El hombre es así y no puede cambiar. Sin embargo, eso no quiere decir que esa cabezonería en abandonar nuestra tierra para volvernos a encontrar con nuestra esencia se sobreponga a cualquier otra con la que se comienza un viaje.

El ciclo-viajero puede echarse a pedalear motivado por mil razones suficientes para hacerle abandonar su casa, pero inadecuadas para dar razón de su marcha. El viajero puede encontrar a lo largo de los días de viaje la verdadera razón de su viaje, el auténtico destino de sus pasos. Ocasiones no van a faltar, sobre todo si viajamos solos.

El cuerpo de un viaje se funda en su familiaridad con nuestra naturaleza física. Está hecho de todas las oportunidades y beneficios que se reciben por el hecho de encontrarse pedaleando: la alegría vital, la claridad de la inteligencia, la energía física, pero también la ruptura con las ataduras y las costumbres cotidianas, la liberación de la tiranía del reloj, la fraternidad innata y sorprendente con los demás ciclo-viajeros, hasta ayer desconocidos.

A veces cambiar de aires es saludable, a menudo las personas nos volvemos mejores si por un tiempo abandonamos nuestro hábitat cotidiano y nos marchamos por ejemplo a un país extranjero separados de nuestros amigos y ocupaciones. De nada nos sirven allí el mérito personal ni las influencias familiares, estamos solos y tenemos la ocasión de pensar y practicar la humildad. Nuestra forma de expresarnos cambia y nos encontramos con unas costumbres desconocidas que rompen las nuestras. Una soledad nueva nos invade, lo que nos lleva a ser más caritativos viendo amigos en todos los lugares, las personas nos parecen más piadosas, justas e inocentes.

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martes, 15 de octubre de 2024

Camino de Geiranger. 27 de agosto de 2024.

     “El amplio objeto de un viaje no es poner el pie en tierra extraña; es poner el pie, al fin, en nuestro propio país como en una tierra extraña” (G. K. Chesterton)



Camino de Geiranger. 27 de agosto de 2024.

Al no tener conocimiento de otros idiomas es muy común que cuando alguien me está explicando o contando algo, y siento que no lo estoy entendiendo, muchas veces termine diciendo más o menos, “bueno, da igual”. Reconozco que esta situación me retumba, me genera frustración y en cierto sentido, refleja un cierre anticipado de la conversación que me desmotiva. La otra persona asume sobre la marcha que yo no podré entender lo que me dice o que no me interesa. Siempre he creído que esta actitud banal nos aleja sin querer de una verdadera comunicación.

En lugar de rendirme, yo debería pensar: “No, no da igual. Tal vez si me lo explica con tranquilidad y pongo un poco más de atención, lo puedo entender”. Esta forma de actuar abre las puertas a un diálogo más enriquecedor, porque no se trata solo de ser comprendidos, sino de esforzarnos por comprender.

Al pensar “no da igual”, le estoy dando importancia a lo que se está discutiendo o contando. Cada conversación tiene valor, incluso si no siempre encontramos las palabras perfectas. Muchas veces, el malentendido no es por falta de interés, sino por la forma en que nos comunicamos. Así, en lugar de cerrar una puerta, abrimos un espacio donde aprender de los demás, siendo más pacientes, atentos y comprensivos. Porque, en realidad, pocas cosas “dan igual” cuando se trata de conectar con otros.

La actitud de encogerse de hombros es un reflejo de una crisis de vida, de un estado de desaliento y desencanto, de confusión y de promesas incumplidas, de falta de horizontes… y tiene una causa: la falta de valores.

Y es que, hay que decir que no todo da igual. No es lo mismo ceder un asiento a una persona discapacitada, enferma o anciana que no cederlo. No es lo mismo mentir que decir la verdad. No es lo mismo ser solidario que no serlo. No es lo mismo la fidelidad que la infidelidad. No es lo mismo la gratitud que la ingratitud. No es lo mismo la responsabilidad que la irresponsabilidad.

Las cosas no valen todas igual. Las cosas tienen cada una su propio peso. Cada cosa es portadora de valores o de antivalores y hay que descubrirlos.

Pero aclarar lo que son los valores es un poco más largo de explicar, por eso lo dejaremos para otro día.

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jueves, 10 de octubre de 2024

Camino de Geiranger. 26 de agosto de 2024

     “El amplio objeto de un viaje no es poner el pie en tierra extraña; es poner el pie, al fin, en nuestro propio país como en una tierra extraña” (G. K. Chesterton)



Camino de Geiranger. 26 de agosto de 2024.

Una de las cosas que experimentamos cuando viajamos en bicicleta es la amabilidad con que nos tratan las personas con las que nos relacionamos o a las que pedimos alguna clase de ayuda, no paramos de sorprendernos de lo que nos ofrecen sin conocernos y, llegamos a la conclusión de que somos unos privilegiados al ser receptores de tanta atención. Nos damos cuenta de que las personas son buenas en todas partes y de que ese miedo a estar en un lugar extraño desaparece en cuanto entablas relación con la gente que lo habita.

La cuestión que se me presenta no es si soy merecedor, sino que ofrezco. Las personas son generosas en su mayoría y sienten la necesidad de ser amables y hospitalarios con los viajeros, y nosotros tenemos que saber responder y recibir lo que nos ofrecen.

Siempre se ha dicho que el dar es perfecto para sentirse a gusto consigo mismo sin embargo la verdadera donación es aquella que se hace por la necesidad de la otra persona y no para sentirnos bien sino para que se sienta bien la otra persona. Por eso también nosotros tenemos que intentar ofrecer algo. ¿Como corresponder? siempre nos resultará complicado.

La acción de dar y la de recibir son una especie de nudo que une a las personas. Pero esa unión se apoya en dos cuerdas principalmente: una es el dar y el otra el recibir; si falta una de las dos no funciona. Hay que dar con gusto y sin mezquindad ni egoísmo. El saber recibir es también una acción elevada; el verdadero recibir es saber reconocer que lo que se nos ofrece se nos da con amor y hay que aceptarlo como un acto de amor.

En la vida buscamos hacer, producir, conquistar, triunfar. Pero lo más importante, lo más decisivo, consiste en recibir. Porque hemos recibido la vida que es un don que nunca pedimos. Desde que fuimos concebidos, y hasta que llegue el momento de la última despedida, recibir será siempre algo fundamental en nuestra historia personal.

Especialmente, la vida consiste en recibir amor. El amor de familiares y amigos. Recibir, entonces, es la clave para comprender todo lo que somos y para dar sentido a lo que hacemos. Porque si podemos llevar a cabo algo bueno es porque antes hemos recibido muchos dones que nos han sido dados gratuitamente.

Si lo pensamos un poco veremos que todo lo que tenemos nos ha sido dado y si es así a qué vanagloriarnos. Desde el momento en que aceptamos que lo que tenemos se trata de un don que nos han dado, desde el momento en que lo recibimos con alegría, entonces, ya podemos comenzar a dar con generosidad.  

Para nuestra felicidad necesitamos compartir todo lo bueno que nos ha llegado a nuestra vida.

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lunes, 7 de octubre de 2024

Camino de Geiranger. 25 de agosto de 2024

     “El amplio objeto de un viaje no es poner el pie en tierra extraña; es poner el pie, al fin, en nuestro propio país como en una tierra extraña” (G. K. Chesterton)



Camino de Geiranger. 25 de agosto de 2024.

Uno de los momentos más especiales de mis viajes es cuando tengo por delante horas enteras para mí. Los he tenido con la bicicleta y ahora con la berlingo. Por cierto, estoy haciendo una de las cosas que más me gustan en el mundo: conducir. Reconozco que me eché con ganas a la carretera, deseando recorrer esos cerca de 4 mil kilómetros que me separaban de Geiranger, sabiendo que iba a estar más solo que con la bicicleta, en el coche se siente uno más aislado.  

El hecho de tener tantas horas por delante solo en el coche me aterrorizaba y me emocionaba a partes iguales. Así que estoy aprovechando este tiempo para mirar dentro de mí. Vi que en mi ansia de viajar en bicicleta y cumplir disciplinadamente mis objetivos había enterrado muchas cosas en un agujero con un cartel encima que decía “para después”. Pues, ese después es ahora.

Donde mejor pongo en orden mis pensamientos es sobre un papel o sobre un ordenador, pero dado que me paso algunas horas conduciendo, no se me ocurre otra cosa que hablar en voz alta, como si alguien estuviera sentado en el asiento del lado y le contara mis cosas. Es curioso, nunca lo había hecho en la bicicleta, a lo máximo que he llegado a sido a cantar, cantar lo que se dice cantar no sé, más bien se podría decir tararear.  

Hable de los motivos por los que hago estas cosas. Explique mi larga lista de proyectos e ilusiones, solo para recordar que ahí están y que son mi razón para seguir adelante. En estas conversaciones trato de prepararme para reencontrarme con la vida normal que me espera a la vuelta, y quiero estar bien por fuera, pero, sobre todo, por dentro.  

Después de las casi cinco horas que conduzco cada día, al llegar al camping, pienso que esto tendría que hacerlo más a menudo, como me recordó mi acompañante invisible, hablar como un amigo que habla con otro amigo. Incluso cuando pienso que estoy solo él está. Estoy seguro de que él alimenta continuamente mis deseos y mis ilusiones y me ayuda a seguir preparando y ejecutando mis proyectos ayudándome a avanzar a pesar del miedo y las incertidumbres que se me van presentando.

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sábado, 5 de octubre de 2024

Camino de Geiranger. 24 de agosto de 2024.

     “El amplio objeto de un viaje no es poner el pie en tierra extraña; es poner el pie, al fin, en nuestro propio país como en una tierra extraña” (G. K. Chesterton)



Camino de Geiranger. 24 de agosto de 2024.

No creo que sea necesario insistir en el valor de la humildad, humildad que no lo olvidemos hay que tener cuando viajamos. Solo tenemos que recordar lo absolutamente necesaria que es en todo momento, porque se trata de un valor que nos coloca delante de lo que somos en realidad, delante de la verdad de nosotros mismos.

Ser humilde mientras viajamos no nos impedirá que nos sintamos orgullosos de lo que estamos haciendo, ni rechazará los elogios si es que llegan, pero nos colocará en su justo lugar, nos centrará y nos ubicará respecto a nosotros mismos y de los demás.

En cambio, ser soberbios nos va a descolocar, nos llevará a situarnos en un lugar que no nos corresponde; algunas veces, presumiendo por encima de los demás; muchas otras, hundiéndonos por debajo. Aquí es donde se encuentra el gran riesgo del éxito en nuestros viajes, pues nos hace envanecernos, salir de nosotros mismos por arriba.

Por lo tanto, podemos pensar que lo controlamos todo, que podemos enfrentarnos solos a todos los problemas, que no necesitamos a nadie. Si nos creemos capaces de resolver todo con nuestras propias fuerzas, entonces la ayuda de los demás no “tiene lugar”. No tienen razón de ser en nuestras vidas.

Estas cosas las podemos notar de diferentes maneras, pero hay una cosa en común en todas ellas: pensar que lo tenemos todo controlado. Esto es una posición totalmente inmadura, de alguien que no quiere o le gusta reconocer sus limitaciones.

Creerse perfecto es mirar solamente lo “demasiado bueno “que soy. Esa soberbia no permite que aceptemos y reconozcamos los problemas o defectos que podemos tener. Todos sabemos que es imposible ser perfectos, pero el soberbio cree que lo es, o por lo menos, está muy cerca de serlo.

Y, la solución ante esto es la humildad. Aceptar quienes somos en realidad. Tener un problema no nos hace más ni menos. Nuestro valor no está en tener cualidades extraordinarias, o en tener menos problemas que los demás. La humildad nos lleva a reconocer dónde está nuestro valor.

Hay una ironía en todo esto. Y es que si somos soberbios vamos a tener la necesidad de demostrar, no sólo a los demás, sino incluso a nosotros mismos, que somos superiores, que de alguna manera nos tienen que admirar ya que nos sentimos dignos de las alabanzas y de los aplausos. Cuando en realidad, no necesitamos hacerlo. En realidad, cada uno de nosotros tenemos mucho valor y somos muy importantes pues nuestra dignidad como personas nos hace únicos e irrepetibles.

El problema nos surge cuando no creemos en la dignidad de la persona y perdemos de vista lo realmente importantes y valiosos que somos, y necesitamos encontrar fuera de nosotros el valor que tenemos.

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