lunes, 14 de diciembre de 2020

¿Miedo a celebrar la Navidad?

 “Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton)

Ayer, después de la excursión del domingo con la bicicleta preparé la casa para la Navidad, colgué en el balcón la imagen del niño Jesús y lo ilumine un poco con luces de colores, y ahora, cuando termine de dar estos “buenos días” plantaré el Belem.

  Pensaba, con pena, que se le tenga miedo a la celebración de estos días de Navidad. Celebración que es básicamente religiosa, pero que sin duda también lo es familiar. Por eso me gusta que la sociedad se una a esta celebración, con el adorno de las calles y plazas, con reuniones sociales, con las comidas de Navidad de empresas… etc., esto sirve de paso para subrayar que realmente son días distintos, cargados de buenas relaciones humanas.

Si añadimos a todo lo anterior que son días que están dedicados a la felicidad de los niños, aumenta el motivo no para temer la Navidad, sino para desearla y disfrutarla. ¿Existe la posibilidad de que, con las restricciones, sociales, sobre todo, e incluso en las celebraciones religiosas, se pueda desear la Navidad y disfrutar de ella? Por supuesto que sí.

Cuanto más se ahonde en lo que implica el espíritu de la Navidad, con lo que supone de cambio en la visión de nuestra vida y del ser humano, de forma más intensa vamos a desear celebrarla. Y ese deseo, no hay pandemia que lo evite.

Sin olvidar lo que tiene la Navidad de celebración familiar y social. Es necesario que, de alguna manera, distinta de las concentraciones de personas, contraindicadas en este tiempo de pandemia, se celebre lo que significa la familia, se viva el afecto mutuo, que es lo que la constituye. Es necesario que socialmente nos veamos más cercanos unos de otros. Y más sensibles a los que, por diversas razones, de pobreza, enfermedad, soledad…, necesitan ver humanidad -la de Jesús en la Navidad- en quienes comparten su existencia.

Si tenemos imaginación y deseos de disfrutar y hacer disfrutar la Navidad, se puede conseguir una auténtica y feliz fiesta. Y quizás de un modo más puro, sencillo y auténtico, que el que ofrecen las grandes manifestaciones sociales.

Buenos Días.

domingo, 13 de diciembre de 2020

Un pequeño "coscorrón".

 “Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton)

Vamos a entrar en las celebraciones de Navidad y, antes de empezar con las felicitaciones, los recordatorios, la petición de regalos y los buenos deseos para todos, quisiera dar un “coscorrón” y pedir “carbón” a todos los que se han portado mal o lo están haciendo ahora, a los que nos están mintiendo o sea a los mentirosos, a los que nos están engañando o sea a los sinvergüenzas y a todos aquellos que no están haciendo lo que honradamente se esperaba de ellos.

Ya sé que habrá quien utilizara la Covid 19 como excusa para justificar sus actos y se amparará en la grave situación por la que atravesamos para explicarnos que no podía hacer otra cosa, pero una cosa es sufrir una adversidad generalizada, y otra muy diferente, cómo se gestionan las consecuencias de esa crisis. Nadie ignora que aquí se ha ocultado, se ha mentido, se ha ignorado, se ha mirado hacia otro lado, y se han tomado medidas políticas bastante partidarias en sustitución de las sanitarias que son las que necesitaba la población española.

Mentir y engañar es un bumerán muy peligroso, porque cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto.

En cualquier caso, visto el comportamiento de nuestra clase política, muy ciego hay que ser para no entender, que ese tan manoseado y traicionado conglomerado al que llaman pueblo no es más que una mera excusa para justificar su existencia. En el fondo, nuestro bienestar o infortunio, solo les preocupa debido a como puedan utilizarlo de modo que les reporte mayores beneficios con los que aumentar su poder.

No seamos ingenuos. La política se está transformando en el modo de presentar como interés general, el provecho partidario, y en no pocas ocasiones, como vemos todos los días, hasta el puro interés personal. Se sirven de nosotros haciéndonos creer que se ocupan de nuestros problemas; problemas que, en la aparente búsqueda de soluciones, con frecuencia suelen originar conflictos de mayor envergadura.

Dada su importancia, quizá habría que considerar que la política es demasiado seria como para dejarla en manos de los políticos. Y si no, veamos la gran mascarada que es el parlamento, ese púlpito en el que alguien habla y habla sin decir nada. Naturalmente nadie le escucha, porque, nada importa lo que diga. Venga o no a cuento, cada uno lleva su perorata preparada.

Me resulta verdaderamente preocupante, que con tan grotesco esperpento; con tan obsceno desprecio a la razón, el sentido común y la inteligencia, viendo como quienes ejercen el poder, defienden al mismo tiempo una cosa y la contraria, consigan que hagamos lo que ellos desean.

Si algo queda claro cada día, es que España y los españoles, a los partidos que se asientan en la sede de donde dicen que reside la soberanía del pueblo, les importamos muy poco.

Frente a los problemas tan graves por los que estamos pasando, frente a los millones de trabajadores que se han quedado y se van a quedar en el paro, delante del cierre de miles de empresas, frente a un sistema de pensiones quebrado, frente a un sistema autonómico que ha servido para enfrentar a los españoles, desangrar económicamente al país y convertirlo, política, social y económicamente en un reino de taifas en la que cada uno va a lo suyo, ante la ruina económica que nos engulle día a día, frente a una deuda ascendente que arruinará no solo a nuestros hijos sino también a nuestros nietos, nuestros gobernantes se dedican frenéticamente a deteriorar la figura de la jefatura del Estado, maniobrar para intentar dominar al poder judicial, domesticar a los medios de comunicación, hacer propaganda en vez de gobernar, denunciar el agobio que sufren las niñas por vestir de rosa, eliminar la libertad de expresión en cualquier sistema de comunicación, incluidas las redes sociales, o renunciar inconcebiblemente a la enseñanza debida de nuestra propia lengua.

No me viene a la cabeza ahora ningún país cuyos gobernantes estén cometiendo semejante indecencia.

En fin, lo dejo por hoy, es domingo y toca ir a pasar el día con la bicicleta, tal vez mañana me acuerde de terminar este repaso a nuestros gobernantes, sino es así espero que se comprenda que es mejor ver la parte positiva de la vida y de nuestra sociedad.

Buenos días.

sábado, 12 de diciembre de 2020

Ya no soy respetable.

 “Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton)

Puedo estar casi seguro de que siempre he sido de la opinión de que hay opiniones que están equivocadas, que se tienen que confrontar y discutir, aunque pueda parecer en algunas ocasiones que no es así. Si crees en la existencia del Bien y de la Verdad puedes entonces descubrir los errores y las mentiras. Es lo mismo que sobre el famoso dicho de que sobre gustos no hay nada escrito, aunque existen gustos que son bastante desagradables.

Aprendí desde joven que lo que son respetables son las personas y no lo que estas puedan decir, tal vez porque también aprendí que hay que maldecir al pecado, no al pecador. Estas enseñanzas siempre han tenido enfrente el mantra típico de las ideologías progres que decían, porque ahora parece que ya no lo dicen, que “todas las opiniones son respetables”.

Lo que no se es si lo decían porque estaban convencidos de ello, o más bien como una táctica para ir haciendo respetables sus errores.

Por lo que estoy viendo estas semanas parece ser que ya tengo clara la solución. Y es que una vez que estas ideologías progres han alcanzado una hegemonía cultural o, de alguna forma, todos lo resortes del poder, esta mezcla de ideologías se ha dado la vuelta y han terminado con la respetabilidad de las minorías. Ya no son todas las opiniones respetables sólo sirven las que siguen el pensamiento único y lo que diga la prensa oficial.

Me alegro al comprobar que empezamos a coincidir en algo, no todas las opiniones son respetables. Pero a la vez me resulta alarmante que aquella respetabilidad que exigieron para sus ideas cuando eran marginales ya no sirve ahora para nosotros, los apestados que ya no sumamos la mitad más uno.

Hemos visto por ejemplo hace unos días las manifestaciones en contra de la ley de educación y estoy seguro de que las veremos contra la ley de eutanasia, que pasó el trámite parlamentario ayer. Y, ¿para qué ha servido? Voy a poner un ejemplo que leí ayer: “En una familia normal, cuando el padre decide que vamos de excursión, aunque cuente con el respaldo de la mayoría, sabe que tiene que negociar si se alza alguna voz en contra. Porque su aspiración no es solo satisfacer a la mayoría sino tener a toda su gente contenta.” ¿Qué suelen hacer en cambio el gobierno con las manifestaciones? Ignorarlas. Y cuando eso no es posible ridiculizarlas.

Si leemos estos días los periódicos veremos cómo llegamos a la conclusión de que el respeto a las minorías ha desaparecido. Leemos como todo lo que no sea mayoritario es catalogado como bulo, de “fake” o de discurso de odio. Es triste pero los que han quedado fuera de esa mayoría ya no tiene ideas, tienen fobias. Los que no pensamos igual ya no somos una diversidad que se tenga que proteger sino hemos pasado a ser una anomalía que extinguir. Mis opiniones han dejado de ser respetables y no merecen ser discutidas porque yo ya no lo soy. Ya no se ataca el posible error de mis ideas sino a mi por pensar diferente.

En fin, paciencia.

Buenos Días.

viernes, 11 de diciembre de 2020

Sonreír a la vida.

 “Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton)

Nos sucede o nos debería de suceder que por el mero hecho de ser personas sentimos la necesidad a interpelarnos y a interpelar la realidad que nos rodea, y para eso tenemos que ser capaces de sentir admiración por todo. Sin esa admiración la vida se convierte en algo anodino y termina perdiendo una parte de su sentido.    

En realidad, no es la vida quien enseña, lo que realmente nos enseña es la lectura que nosotros hagamos de ella. No basta con ver las cosas que nos rodean, es necesario mirarlas bien para averiguar ese algo nuevo que siempre llevan consigo y, hay que tener una sensibilidad bien desarrollada junto con un alma joven para mantener el espíritu alerta ante esos detalles con que la realidad nos sorprende cada día.

Es necesario también aprender a estar continuamente admirándonos de las personas. No estoy diciendo que se tenga que ser ingenuo ni tener una visión de la vida bobalicona, se trata de ver con buenos ojos a la gente. Todas las personas tienen aspectos positivos y hay que buscarlos y fijarnos en ellos, así tendremos la oportunidad de admirarlos, y con ello, les haremos y nos haremos mucho bien.

¿Y qué problemas nos encontramos para admirar a una persona que conocemos? El primer obstáculo puede ser la costumbre, el hábito de tratarla continuamente, de tener una relación diaria con ella que incapacita —si uno no se resiste a él— para ver en la otra persona cualquier cosa que no sea lo que sabemos y conocemos: adivinamos sus contestaciones, le presuponemos determinadas actitudes, damos por supuesto ciertos comportamientos, no contemplamos la posibilidad de que el otro cambie y actúe de forma distinta a la prevista, no le damos ninguna posibilidad de cambio.

Otro inconveniente con el que nos podemos encontrar que también puede resultar interesante es una tendencia a infravalorar a las personas; o anteponer siempre sus acciones pasadas a las presentes, y tener más en cuenta lo que era que lo que es; o fijarnos y recordar más los aspectos negativos que los positivos.

De ahí que encontremos en la rutina uno de los factores que más nos arrastran a desencantarnos de la vida. Nos tenemos que preparar contra el desencanto, el acomodamiento y la rutina, y en esa preparación se tiene que poner en marcha la ilusión por vivir. La vida muchas veces se nos presenta alegre y divertida, pero en otras muchas ocasiones hemos de ser nosotros, con nuestros conocimientos interiores, quienes tenemos que dar un sentido positivo a lo que en un primer momento no lo tiene.   

Se que es complicado, pero tenemos que ser capaces de empezar cada día con una visión nueva, de sorprendernos ante las cosas que nos son muy familiares, pero que no por eso dejan de mostrarse como recién estrenadas. Con demasiada facilidad se dan por supuestas las cosas, y tendría que ser al revés: no dejar nunca de preguntarse por nuestro mundo cotidiano. La vida debe ser vista por unos ojos que sepan descubrir en lo que ya es conocido una novedad que nos ilusione.

Pero, esa capacidad interior para ver no se improvisa, sino que hay que conquistarla después de una larga lucha llena de dificultades, pero una vez conquistada nos alegrara toda nuestra existencia.

Puede parecer que estar alegres ante la vida, ver la vida con ilusión y estar contentos con ello, sentir autoestima por cómo entendemos la vida sea enorgullecerse de lo que hemos conseguido, pero no es así. Enorgullecerse no es el objetivo, claro está, de la autoestima. Pero ser agradecidos de la propia vida, eso sí. El que agradece, disfruta con la realidad agradecida.

Quien es capaz de sonreír a la vida, la vida termina sonriéndole. La felicidad resulta que no está en disfrutar de situaciones especiales, sino en poseer una buena disposición de ánimo. Está en nuestro interior la clave de la felicidad. Esto es necesario que se repita una y otra vez, porque obsesivamente tendemos a buscar la felicidad fuera de nosotros, y por muchos que sean los esfuerzos no la encontraremos, por el simple hecho de que no está ahí.

Buenos días.

jueves, 10 de diciembre de 2020

Una nueva economía.

 “Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton)

Que la pandemia nos ha llevado a una crisis económica no creo que nadie lo discuta, y que va a continuar algún año más me parece que tampoco habrá demasiados inconvenientes en estar de acuerdo. Ahora pensar que tenemos ahora una oportunidad para cambiar algunas cosas de nuestro sistema económico, parece que ya no está tan claro.

Esta crisis económica viene de la mano de una crisis cultural y moral, y si se quiere cambiar el sentido de nuestra economía lo tendremos que hacer cambiando su sentido cultural y moral, pues de lo contrario volveremos a caer en los mismos errores. Una crisis moral y cultural en el hombre repercute en la economía.

Una economía que funcione sin ninguna moral destruirá a la persona y una persona destruida evidentemente no es capaz de poner la economía funcionamiento.

El mercado, sin duda, es una de las muchas instituciones de una sociedad libre, pero no puede ser la única por la que nos rijamos. El mercado necesita estar contenido, limitado y sostenido por otras instituciones, ya sean jurídicas, sociales, políticas, morales y religiosas. Si lo abandonados a su libre albedrío sucederá una de estas dos cosas o funcionará en contra de la persona o bien dejará de funcionar.

Entonces, el problema se encuentra en la cultura que se esconde tras el mercado y el centro de esa cultura es la autoconciencia humana, la manera en que el ser humano se concibe a sí mismo. En el centro de su autoconciencia está la relación que el ser humano establece con aquello a lo que decide donar, dedicar y ofrecer todo su corazón, toda su vida.

Si, como parece ser, nos encontramos en una época donde el narcisismo predomina, esta visión condiciona también la manera de pensar y elaborar la economía. Por lo tanto, hay que modificar la cultura y la moral general por una cultura que esté en comunión con todas las personas.

O sea, una cultura donde la persona no sea un individuo abstracto sino una persona que esté siempre abierta a compartir la vida del otro, y esto sucederá cuando su autoconciencia esté relacionada con el objetivo principal de su vida. La presencia del otro en mi vida debe ser una fuente de alegría y yo busco la verdad de mí mismo relacionándome con otros.

Este es el hecho fundamental, lo que cambiará los parámetros fundamentales de la ciencia económica que debería de prevalecer a partir de ahora. Si nos pertenecemos solidariamente, si vivimos los unos en la vida de los otros, entonces lo que me interesa es que tú vivas. No solo me interesa buscar la mejor manera de realizarme, sino que al mismo tiempo esa búsqueda irá unida al motivo principal en el que consiste mi vida.

Con esto, lo que estoy intentando decir es que lo que mueve al hombre es la búsqueda de su provecho individual y que, de manera inseparable, debería de coincidir con la del bien común. Pero hay que tener claro que el bien común no es simplemente una suma de bienes individuales. El bien común es el bien de una comunidad y solo se puede concebir si existe un pueblo que se concibe como sujeto.

Por eso no se puede pensar una nueva economía si no se piensa junto a ella en un pueblo nuevo, un sujeto que se mantenga unido por la solidaridad, donde cada uno se preocupe por realizar su propio bien, cooperando al mismo tiempo de manera solidaria para que los demás también puedan obtener el mismo resultado.

Ya sé que todo esto es muy bonito, muy idílico, pero a la vez también muy abstracto si no nos preguntamos de dónde viene la energía que transforma a seres aislados y egoístas, a los que solo les interesa su éxito individual, en sujetos integrantes de una comunidad humana, que construyen un pueblo y se conciben como tal.

¿De dónde viene esa energía? La respuesta es complicada, como debe de ser y son este tipo de respuestas. Pero lo que parece claro es que en algún sitio se debe buscar y por eso no debemos dejar de lado ni menospreciar a quien viva, proponga o promueva una experiencia de unidad y comunidad humana. No hay que olvidar a los que en su identidad ya viven con esos principios de construcción de una comunidad donde impere el bien común.

Alegrémonos de tener a nuestro alcance todo ese potencial, aprovechémoslo.

Buenos días.

miércoles, 9 de diciembre de 2020

Nuestro peor enemigo, el viento.

 “Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton)

 Otro domingo ciclista el del fin de semana pasado, con dos puertos, el de Rates y el de Sa Creueta como los puntos más elevados a los que hay que añadir el del Pilaret y el Orba, que, aunque de menor altitud y dificultad están ahí, y, todos ellos acompañados sobre todo de nuestro peor enemigo, al menos lo es para mí, el viento.

Aunque pensándolo bien, tal vez el peor enemigo fuimos nosotros mismos por salir en bicicleta con el viento que hacía, me olvidare de este último razonamiento y voy a mantenerme con la opinión que nuestro mayor enemigo es y fue viento.

Viento habrá para el ciclista, aunque sea el provocado por nuestra velocidad, pero lo que incomoda es el viento de cara o el lateral, me molesta el de cara, me asusta el lateral y amo el de espalda. Se podría escribir y hablar mucho entre la relación de amor odio que existe entre los cicloturistas y el viento, pero solo un dato, contra todos los demás posibles enemigos del cicloturista podemos hacer algo, si hace frío nos abrigamos con trajes largos y térmicos, con el calor trajes fresquitos y estar bien hidratados, y con la lluvia siempre que no sea un temporal lo mismo, un buen material y a devorar kilómetros, solo con el viento no hay nada que hacer y no queda más remedio que sufrirlo.

Como ciclistas conocemos bastante bien cuál es nuestro peor enemigo y conocemos cómo manejarnos con él, pero como personas ya no lo tenemos tan claro, o tal vez sí.

¿Hay alguno que nos diga cuál es el peor enemigo con el que se tiene que luchar para conseguir que nos vaya bien en la vida?

Pues, muchas personas dicen, que el peor enemigo con el que nos podemos enfrentar no es otro que el TIEMPO. Si tienen razón deberíamos de intentar convertirlo en nuestro aliado y creo que para ello no nos queda más remedio que hacer uso de la CONSTANCIA.

Pero: ¿Por qué el tiempo es el peor enemigo? Pues, porque es un enemigo seductor. Silencioso, jamás alza la voz. Nunca nos declara la guerra ni presenta batalla abiertamente. Se limita a esperar, y, sin darnos cuenta, lo ha destruido todo, lo ha corroído todo, lo ha pulverizado todo. Ante él no han valido ni los buenos propósitos, ni las promesas más firmes.

El tiempo que nos está esperando, ¿va a ser más fuerte que nosotros? Creo que no, en modo alguno.

Lo que nos sucede es que cómo siempre comenzamos bien muchas de las cosas que hacemos. No hay actividad, profesión o afición que no la empecemos llenos de ilusión. Pero viene después el cansancio fatal, el tiempo paciente y destructor. Nos vence poco a poco la desgana y no realizamos el esfuerzo necesario para mantener viva cada día esa ilusión.

Tenemos un sueño, un deseo que cumplir y que tenemos que ir preparando, acondicionando poco a poco. ¿Cómo es que ahora se está desmoronando? Porque le faltó cada día ese dominar los malos momentos, ver las soluciones a pequeños inconvenientes y mantener viva la ilusión.

Y así en mil cosas más.

Por esta razón hemos de contar con esa virtud humana que se llama constancia, la cual se encarga, con esfuerzo y paciencia, de vencer poco a poco al tiempo tan tranquilo y astuto.

Se dice muchas veces que: “Empezar es de todos. Acabar, de pocos”. Y estos pocos son los que le presentan cara al tiempo, y lo vencen no con violencia, sino oponiéndole cada día un poquito de esfuerzo en los puntos que se presentan más débiles.

Como la gota agua, tan débil, pero que agujera la piedra no por su fuerza, ni con violencia, sino cayendo muchas veces. Esta regla no tiene excepciones. El que persiste en una cosa, triunfa.

Por lo tanto, debemos ser constantes y, el tiempo, que era nuestro enemigo, se convierte en el cómplice de nuestro triunfo.

En fin, a insistir.

Buenos Días.

domingo, 6 de diciembre de 2020

Una cuestión de sentido común.

 “Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton)

 Todos deberíamos de estar de acuerdo de que el ser humano es esencialmente un ser que se ha de educar. Y para mi como cristiano entiendo que educar es enseñar a pensar, reflexionar, argumentar y respetar, pero sobre todo a amar.

Lo que quiero decir es que se han de poseer criterios éticos y morales, porque hemos de hacer el bien y evitar el mal en todos los aspectos de nuestra vida, respetando los derechos de los demás, especialmente de los más débiles y necesitados.

Todo ello que para los cristianos está claro no lo está tanto en una gran parte de sociedad, lo que representa un problema, un problema del que teniendo la solución nos tenemos que sentir obligados a mostrarla.

En consecuencia, hay que insistir que poseyendo una solución no nos la podemos guardar para nosotros, sino que hemos de estar en condiciones de explicar y dar razón de ella.

Tenemos claro, lo sabemos porque lo vemos nada más salir a la calle que vivimos tiempos duros, difíciles, en una sociedad que en buena parte ha perdido el rumbo y no es capaz de responder a las cuestiones más elementales sobre el sentido de la vida.

Para una parte de los gobernantes europeos es la concepción relativista, positivista y subjetivista la que se impone hoy en día, siendo la única fuente de derecho la ley civil. Y así es el Estado quien, alegremente, concede una serie de derechos a los ciudadanos, y, por tanto, en el momento que quiera se los puede quitar. Esto es el pensamiento totalitario y, por tanto, antidemocrático, de la supremacía del Estado frente a la Persona.

Pero en la concepción democrática y cristiana las cosas no son así. Los derechos de la Persona son inalienables, en cuanto que nos son necesarios para vivir y alcanzar nuestro fin, y además son anteriores al Estado, a quien corresponde únicamente regularlos, pero no en el sentido de hacer lo contrario de lo que dicen estos derechos, sino de protegerlos.

Si razonamos nos daremos cuenta de que el trabajo del derecho positivo no es otorgar, sino reconocer derechos preexistentes. Debemos tener un sentido moral que nos permita diferenciar mediante nuestra razón lo que son el bien y el mal, la verdad y la mentira. A partir que aquí, de lo que se trata es lograr la promulgación y fundamentación de principios jurídicos que puedan ser válidos siempre y en todas partes.

Existe un precioso documento que ya nos ha hecho ese trabajo, la Declaración de Derechos Humanos de 1948 de la ONU. Entre estos derechos están «todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos» (art.1), «todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona» (art. 3), «la libertad de pensamiento, de conciencia (y por tanto el derecho a la objeción de conciencia) y de religión» (art. 18), «la libertad de opinión y de expresión» (art. 19) y «los padres tienen derecho a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos» (art. 26.3). La Constitución Española dice que sus normas «se interpretarán de conformidad con la Declaración Universal de Derechos Humanos» (art.10.2).

Oponerse, cómo se está haciendo de manera velada, a la Declaración de Derechos Humanos y a la Constitución es una curiosa manera de ser demócrata.

Estamos, sin lugar a duda, ante una cuestión de sentido común. La auténtica libertad supone una capacidad de tomar decisiones responsables y definitivas; supone también el respeto a la palabra dada y el convencimiento de que siempre que nos comprometemos a algo, y luego no lo cumplimos, provocamos sufrimiento.

Echemos un vistazo hoy a las noticias y pensemos si todo lo que nos esta sucediendo tiene algo que ver con la defensa de la dignidad de la persona, la Declaración de los Derechos Humanos o de la Constitución Española, pensemos hacia donde vamos y donde esta la solución.

Buenos Días.

sábado, 5 de diciembre de 2020

Ahora, preparemos la Navidad.

 “Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton)

Buenos días: estoy seguro que una gran mayoría de nosotros ya sabemos cómo nos tenemos que reunir o comportar en esta Navidad que cada día está más cerca, parece ser que ya nuestros representantes públicos ya han acordado las normas por las que nos vamos a regir en la próxima Navidad, sabemos cómo y a dónde nos vamos a poder desplazar para enfrentarnos a la covid-19 es estas próximas Navidades, lo que no tengo tan claro, o al menos no lo veo por casi ningún sitio es que la gente sepa el motivo por el que vamos a celebrar la Navidad.

Sabemos que la pandemia que todavía padecemos está haciendo estragos, sabemos que no solo hace daño en la salud de muchos, sino que también está deteriorando nuestras costumbres y tradiciones más milenarias. Las relaciones familiares, también, están siendo afectadas por los cierres perimetrales y los confinamientos. Estamos asustados. Ya no nos fiamos de lo que nos puede pasar en la próxima reunión familiar, o en el próximo almuerzo con los amigos y compañeros con los que siempre hemos compartido aficiones y entretenimientos.

Todo ello está ahí, lo sentimos continuamente, cada hora y cada día desde hace varios meses. Estamos incluso aburridos de tanto covid-19. Y ahora nos tenemos que preocupar de un dilema nuevo: ¿Cómo pasamos la Navidad? Todas nuestras preocupaciones parece que empiezan a girar alrededor de la comida de Navidad, la cena de empresa o la cena de Nochebuena. Y, ante tanta información sobre cómo debe ser la Navidad, ¿no os parece que nos están quitando el Misterio de la Navidad? ¿No os parece que el Belén, el Nacimiento de Jesús se están disolviendo en averiguar la cantidad de comensales? ¿En saber las condiciones sanitarias?

Todo el mundo está preocupado en saber cómo va a celebrar la Navidad, ¿pero saben por qué? Da la impresión de que lo que importa es como lo celebramos y no para que lo celebramos. No es algo nuevo y, tendremos tiempo para hablar y recordar lo que celebramos en Navidad.

Ahora, preparemos la Navidad, nos encontramos en el tiempo adecuado para recordar el pasado, un pasado que nos impulsa a vivir el presente y a preparar el futuro. Preparemos el Belén, una balconera con la imagen de Niño, enviemos las felicitaciones, repartamos sonrisas y felicitaciones, en fin, celebremos la Navidad.

Eso sí con mascarillas, con 6 o tal vez 10 alrededor de la mesa, en una burbuja o en varias, con las ventanas abiertas, con solo una persona sirviendo la mesa y… con todas las recomendaciones de sanidad, pero sabiendo y recordando el Misterio de la Navidad.

jueves, 3 de diciembre de 2020

Una idea llamada democracia.

 “Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton) 

Ya casi no tengo dudas de que los que nos aferramos a opiniones y creencias que parecen en decadencia, y defendemos las ya casi agónicas de la lejana época medieval, que si no pasa nada excepcional pronto nos quedaremos solos en la protección del más deteriorado de estos antiguos dogmas: la idea llamada democracia.

Hemos visto como nos ha costado una generación, casi mi generación, en llevarla a la cumbre de su triunfo, su aparente éxito, al fango de su frustración, su aparente fracaso. Hace décadas, millones de españoles aceptaron la democracia sin saber el motivo. Parece que, avanzado ya el siglo XXI, millones de españoles la están rechazando sin conocer tampoco la razón. Parece ser que de esta manera así de lógica, recta y sin vacilaciones, avanza la mente del ser humano por el camino del progreso.

En estos días la democracia está siendo atacada y, lo que, es más, atacada injustamente. Hay una prueba muy fácil para determinar si es así; consiste en hacer lo que no está haciendo parece ser nadie, plantear algún merito moral para los partidos que nos representan. La esencia de la democracia es muy simple y, como escribió Jefferson, evidente. Si diez hombres naufragan juntos en una isla desierta, su comunidad la compondrían ellos, su bienestar la razón de estar juntos, y en circunstancias generales la voluntad colectiva sería la ley. ¿Si por su carácter no están capacitados para autogobernarse, quién de ellos puede decir que, por su forma de ser, debe gobernar a los demás?

Decir que gobernará el más listo o el más valiente es eludir la cuestión. Si emplean sus cualidades a favor de la comunidad, destilando agua, buscando comida o planeando expediciones, están al servicio de los demás. Que serían, en este sentido, sus gobernantes. Si emplean sus capacidades contra los demás, atacando su libertad o su dignidad como personas ¿Por qué debería el resto tolerarlo? ¿Hasta qué punto es probable que lo hagan?

En un ejemplo tan sencillo, todo el mundo ve el fundamento popular del sistema, y las ventajas del gobierno por consenso. Lo lógico es que la democracia busque el bien de esa comunidad de náufragos. El problema con la democracia es que, ahora, raramente surge un caso así. En otras palabras, el problema con la democracia no reside en ella. Reside en ciertas cosas, artificiales y antidemocráticas, que, de hecho, han surgido en estos días para frustrar y destruir la democracia.

La modernidad no es democracia. El tejido industrial no es democracia. Dejar todo en manos del comercio y el mercado no es democracia. El capitalismo no es democracia. Esta más bien en contra de la democracia por su sustancia y sus tendencias.

Puede defenderse que el ideal democrático es demasiado optimista como para triunfar. Lo qué no se puede mantener es que lo que fracasó es el mismo que las cosas que triunfaron. En la práctica, la democracia lo tiene todo en contra y de hecho puede decirse que, en la teoría, también hay algo contra ella. Podría decirse que la naturaleza humana esta contra ella. De hecho, es seguro que el mundo moderno lo está.

El siglo pasado no sido una época adecuada para hacer experimentos con la democracia, lo habrían sido mucho mejor las antiguas condiciones; la vida en las mansiones feudales no era democrática, pero se podía haber convertido más fácilmente. La vida de los campesinos del medievo podría haberse convertido muy fácilmente en democrática. Lo que es horrorosamente difícil es convertir el moderno capitalismo industrial en democrático.

De ahí que empecemos a pensar que el ideal democrático no esta activo ahora mismo. Es lo que creo ahora. Yo, me quedo con el ideal democrático, que es al menos un ideal y por lo tanto una idea, antes que con lo que nos está sucediendo, que no es más que actualidad y por lo tanto ya es historia pasada.

Me he dado cuenta de que una parte muy representativa de nuestra sociedad con sus partidos políticos ya se está apresurando en abandonar este ideal. Aunque tengo que decir, estos partidos políticos nunca tuvieron mucha fe en el gobierno por y para el pueblo, no creían en la democracia que pedían contra la monarquía o la Iglesia. Yo sí y sigo creyendo en ella. Pero prefiero invocarla contra engreídos y pedantes. Aún creo que sería el gobierno más humano si pudiese ponerse en práctica en otra época menos inhumana.

En fin, que el problema de esta sociedad tan inhumana, donde las relaciones entre las personas son cada día menos directas, intentamos aplicar la idea más directa que existe. La democracia, una idea simple, es aplicada inútilmente a una sociedad compleja hasta la locura. No me sorprendente que una idea tan visionaria se haya desvanecido de nuestro entorno. A mí me gusta la idea, pero tiene que haber de todo en este mundo. Y de hecho hay personas, que viven y pasean tranquilas por las ciudades, a las que parece gustar el entorno que tienen.

Buenos Días.

miércoles, 2 de diciembre de 2020

Frío solo por fuera.

 “Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton)

Estrenamos el domingo pasado una nueva combinación de recorridos, para formar un nuevo circuito, tal vez sea ya una de las últimas oportunidades para estrenar un trayecto nuevo en esa excursión que realizamos los fines de semana.

Sentimos por primera vez con la bicicleta el frío del invierno que ya se nos está echando encima, las bajadas fueron frescas y tuvimos que abrigarnos. Y, aunque se dice que; “las bicicletas son para el verano” y los mediterráneos somos más de temperaturas templadas, se puede circular perfectamente en la “millor terreta del mon” durante todo el año.

Como siempre la distancia estuvo alrededor de los 100 kilómetros y cruzamos la friolera de 18 pueblos: Vall de Ebo, Castell de Castells, Facheca, Famorca, Tollos, Benimassot, Balones, Gorga, Millena, Almudaina, Benialfaquí, Planes, Patró, la Carroja, Benisiva, Beniali, la Adsubia y Pego. Y los cruzamos en ese orden, todo un viaje de cicloturismo.

Solemos decir que “al mal tiempo buena cara”, aunque tengo que decir que el tiempo meteorológico no nos impide circular en bicicleta casi nunca y que no hace falta por eso poner mala cara cuando la temperatura baja de los 15 grados o el sol nos deja a solas con las nubes, salvo por las famosas “gotas frías” siempre tenemos buena cara los ciclistas de esta zona del mundo.

Lo he dicho ya en alguna ocasión un viaje en bicicleta tiene muchas similitudes con la vida, y al igual que en esta se tiene que tener una razón para vivir y viajar, el ciclista como la persona debe saber convertir todas las cosas duras de la vida en algo bueno, algo positivo, tener esperanza, confiar y esforzarse por mantener un ambiente de armonía en todas las facetas de su vida.

Pero ¡qué duro debe ser que tengamos mal tiempo fuera, nos tengamos que quedar en casa y que el corazón esté congelado, hecho hielo, también! Malo es tener frío fuera y frío por dentro, y es que la desesperanza es como el hielo que congela día a día los restos de confianza a los que nos agarramos para seguir viviendo. ¡Qué hielo tan duro, es el miedo a la vida, al futuro, a la vejez, a la enfermedad y a la soledad!

Necesitamos no solo que salga el sol fuera y que nos anime a coger la bicicleta, sino que necesitamos que salga el sol dentro de nosotros mismos, el sol de la esperanza, del amor, del optimismo, de la paz interior; tenemos que forzarnos a nosotros mismos y, antes que nada, obligarnos a creer que el sol puede salir en nuestra vida.

Tenemos, en estos tiempos, motivos para quejarnos, pero no desesperarnos por todo. El que se desespera de todo, puede tener muchas razones y excusas, pero también algo de culpa porque penas, sufrimientos, apuros económicos, contratiempos, están repartidos en la vida de todos, pero ahí está también la mente, nuestra mente, para buscar soluciones a los problemas, y unos la usan y otros no.

Ahí están nuestras manos para hacer cosas, y unos les dan uso y otros no, ahí está nuestra fe que sí ayuda a los que confían, pero unos la invocan y otros le dan la espalda; ahí están las oportunidades que ofrece la vida, pero unos las buscan y otros se excusan diciendo que nada se puede hacer.

El buen tiempo y la esperanza van a estar ahí y de hecho están en la vida de todos los que se fuerzan a sí mismos a creer en su fe y en sí mismos, a luchar por salir adelante a pesar de todo.

Buenos Días.