“Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto
hay que tener ideas” (G. K. Chesterton).
Parece que por fin después de estos ocho días dando
vueltas con las alforjas ya me siento satisfecho de cómo funciona casi todo,
pues solo me queda probar un manillar de una talla más que no llego a tiempo, pero
en todo lo demás estoy contento.
Han sido ocho días de mucho calor y donde el mapa del
recorrido nada tiene que ver con el que diseñe antes de empezar. El perfil unido
al calor ha hecho que cambiásemos recorridos además del tema de los campings,
tema que daría mucho de qué hablar en lo que respecta a los cicloturistas, pues
existen campings que suelen ser más residencias de caravanas que un lugar para
acampar y pasar la noche, donde si no alcanzas el precio de una parcela, al que
un cicloturista nunca llega, te cobran la parcela que suele oscilar entre los 20
y los 30 euros.
No importa mucho cambiar los recorridos sobre la marcha
si no tienes un destino concreto al que llegar, y así nos ha pasado, en un
principio nuestra intención era llegar al nacimiento del rio Mundo y volver,
pero sin ninguna intención precisa solo por tener una meta, de ahí que no nos
costase nada cambiarla.
Esta es una de las diferencias que existen entre el
cicloturismo que hemos practicado en las últimas salidas y un viaje con una
meta concreta en la que podemos ir haciendo cambios, pero como sucede también
en la vida tienen que estar encaminados a conseguir nuestra meta, nuestro
objetivo o nuestro ideal.
Os habréis dado cuenta de que tenemos un hambre
insaciable de algo más, algo mayor, algo superior. En realidad, si lo pensamos,
nos daremos cuenta de que buscamos y anhelamos algo que nos sobrepasa, pero que
parece que nos satisface totalmente. Y cuando lo tenemos en mente somos capaces
de cualquier cosa para conservarlo en ella y alcanzarlo, y es entonces cuando
somos capaces de realizar grandes heroicidades, hazañas o aventuras.
Y, algunas de ellas se convierten en leyendas, o sea que
merecen ser leídas y recordadas porque tienen un “eco” que no se ha borrado
después de la muerte del aventurero o del héroe. Esto es interesante. Pero ¿qué
es ese “algo”? ¿Qué es lo que el hombre busca realmente, lo que le atrae de una
forma obsesiva hasta encontrarlo, o perderse en el intento? ¿El bien? ¿La
verdad? ¿La belleza? ¿La perfección? ¿Quizá “Alguien” que reúna todo en sí
mismo?
Sabemos que dentro de nosotros existe una inquietud que
ha sido sembrada y que clama para que la nutramos con unos valores y unos
ideales, sabemos que son esos valores y esos ideales lo que más admiramos de un
hombre y lo que le da más valor, que le hace más persona y que lo completa. No
es el hombre, si no la virtud que en él percibimos, lo que destaca.
Héroes, aventureros hay tantos como hombres, con mayor o
menor fama, pues las aventuras y las hazañas no son de menor valor porque nadie
las alabe, sin embargo, a esos hombres en los que percibimos esas virtudes y
valores, los consideramos una clase superior de hombres sea cual sea la hazaña
que realicen.
Nos tenemos que acostumbrar a contemplar lo que hay detrás
de la persona del héroe, del hombre, para ver toda la realidad. ¿Por qué es un
héroe? ¿Qué es lo que le hace serlo? Lo es, porque en él se refleja un ideal,
porque defiende unos valores que pone por encima de sí mismo y por los que da
su misma vida.
Hay algo que fundamenta al hombre y que diferencia a un
hombre de los demás: el verdadero héroe es aquel que ha puesto en la base de su
vida unos valores, unos principios… El hombre que sigue un Ideal.
Buenos Días.
No hay comentarios:
Publicar un comentario