lunes, 11 de diciembre de 2023

¡¡¡Buenos días, lunes!!!

     “Era de esa clase que algunos llaman -hombres de carácter- ; que lo tienen para satisfacer sus deseos, pero no para dominarlos” (G. K. Chesterton)

¡¡¡Buenos días!!!  

No te has preguntado nunca si eres buena o mala persona, si las personas somos buenos o malos. No es una pregunta rara, se la hacen muchas personas, no solo ahora si no desde, me atrevería a decir que desde siempre. Hay personas que ante la pregunta dicen que todos somos buenos, pero nuestra sociedad y el ambiente que nos rodea nos corrompen. Otras personas piensan lo contrario, todos somos malos y que necesitamos de alguien que nos encarrile.

Si lo pensamos un poco veremos que según del lado que se encuentre nuestra respuesta, la concepción del mundo cambiará, así como entenderemos de una o de otra forma los sistemas sociales, los educativos e incluso los políticos. En cambio, yo pienso que las personas hemos sido creadas buenas, sin embargo, como en nuestro interior somos libres, existe la posibilidad de hacer el mal. Dentro de nosotros existe una guerra constante entre lo que sabemos que esta bien y debemos hacer, y la posibilidad de no hacerlo. Es una forma de ver la vida que sin duda marca mi forma de ser y mis actuaciones.

Muchas veces, viendo lo que sucede en el mundo, me dan ganas de pensar que somos malos por naturaleza, pero eso no es cierto. En realidad, somos buenos, pero estamos inclinados al mal. Por una parte, tengo puesta mi esperanza en la bondad que todos tenemos, y por otra el miedo de saber que podemos hacer mucho daño. Los hombres podemos ser muy malvados, podemos llegar a odiar hasta la muerte, hasta la locura, pero ¿somos por eso hombres malos?

Veamos el caso de las guerras, no cabe duda de que para matar o destruir hace falta tener algo de rencor. Sucede que mucha gente se ve arrastrada hacia ese comportamiento sin saber exactamente por qué lo hace, a veces sólo por un sentimiento del deber o por temor a las represalias. ¿A quién no le gusta la paz?

Una de las cosas que nos inclina hacia una postura de enfrentamiento tal que lleva a una guerra o a una agresión física es una idea que ya nos viene de lejos, la hemos visto en diferentes culturas. Se trata del dualismo por medio del cual se creo el mundo, un dios bueno y un dios malo que llevan enfrentándose desde el principio de los tiempos. O sea, dos principios contrapuestos: el bien y el mal. Hay que admitir que tenemos cierta tendencia a ese dualismo por nuestra natural percepción dual de las cosas. Allí no está el problema. El problema aparece cuando vemos las cosas como contradictorias, es decir, sin posibilidad de términos medios, cuando la realidad nos está diciendo repetidamente que no lo son.

Pensemos un poco en esto, en unas relaciones opuestas, lo contradictorio no admite término medio, pero en cambio, los contrarios sí. Vamos a poner un ejemplo, la diferencia entre vida y muerte es neta. No hay una persona media viva; o está viva, o no lo está; y cuando no lo está la llamamos muerta. Estos son conceptos contradictorios. En cambio, entre el día y la noche puede haber una gradación como el amanecer o el atardecer. Entre el negro y el blanco puede admitirse el gris. Estos son conceptos contrarios.

La vida muchas veces no admite unos extremos tan claros, porque tiene matices y términos medios.

Lo que el dualismo pone encima la mesa es un juego de opuestos: bien-mal, frío-caliente, seco-húmedo, vida-muerte... Bajo ese punto de vista de la vida, se establecen categorías absolutamente opuestas, y, por tanto, extremistas. Si el extremismo se traslada al plano moral, sobre todo en cuestiones que admiten matices, es fácil cometer más errores que aciertos. Utilizar categorías dualistas ha sido una de las formas de facilitar el enfrentamiento y simplificar el juicio moral. La estrategia consiste en catalogar como “malo” al adversario, y ver en el oponente todo lo que es malo, perverso, abominable, execrable. Por tanto, nuestra naturaleza inmediatamente busca evitarlo, eliminarlo y destruirlo. Apartarlo del camino, y si eso significa matar, se mata.

Los “malos” y los “buenos” son conceptos que desde niños nos han inculcado nuestros padres, y ha sido un referente moral para cuidar nuestro adecuado comportamiento. Como niños nos ha hecho bien porque comenzábamos a educarnos en el juicio de la realidad. El caso es que algunos adultos todavía juzgan como niños.

Nos encontramos llegados a este punto con que el problema no se encuentra en aceptar que haya cosas buenas y cosas malas, sino en encasillar a las personas y dividirlas en absolutamente “buenas” o absolutamente “malas”.

Este es el problema, que como supondréis merece un razonamiento más extenso, y, hoy lunes por la mañana no es el mejor momento.

domingo, 10 de diciembre de 2023

¡Ya es domingo! ¡Buenos días!

 “No entendemos nada de lo que ha ocurrido y nos ponemos -con bastante alivio- a decir lo que ocurrirá, que es, aparentemente, mucho más sencillo” (G. K. Chesterton)

¡¡¡Buenos días!!!  

Hemos hablado mucho de la vida, es normal, todos vivimos. Sin embargo ¿somos conscientes de todo lo que comporta saber qué es la vida? La mayoría de nosotros estaremos de acuerdo, más o menos, en que un ser vivo es el que nace, crece, se reproduce y muere. Por lo tanto, es de esperar que también estaremos de acuerdo, más o menos, en que los seres vivos se organizan de muy distintas formas para continuar existiendo, para seguir vivos.  

Sabemos y nos damos cuenta de la diferencia que existe entre la gran cantidad de seres vivos y los seres humanos, aunque viendo lo que se ve cada día, da la impresión de que muchas personas hoy parecen no saberlo, o pretenden ignorarlo. El caso del ser humano dentro de la naturaleza es único, me atrevería a decir que es el único que tiene una conciencia espiritual que está por encima de lo que se podría entender como natural en todos los demás seres vivos. Todos sentimos ese “algo más”, sabemos que no vivimos solo para crecer, reproducirnos y morir.

Si recordáis, Segismundo ya se preguntaba ¿qué es la vida?, lo hacia dentro de la célebre obra “La vida es sueño” y Calderón de la Barca le ponía en sus labios: “¿Qué es la vida? Un frenesí. / ¿Qué es la vida? Una ilusión, / una sombra, una ficción, / y el mayor bien es pequeño; / que toda la vida es sueño, / y los sueños, sueños son”.

Si ahora dejamos un poco de lado la literatura clásica y preguntamos a la ciencia, a la Razón o a los biólogos, veremos que, para ellos, la vida está basada en interconexiones de elementos fisicoquímicos, que hacen moverse y relacionarse a los animales, animales irracionales (nuestra mascota) y racionales como vosotros y yo.

Los psicólogos nos dicen que la vida es algo más complejo; hay un elemento más complicado de analizar al que llaman comportamiento, y les guste o no, es un tanto impredecible. Podemos ver estudios de pautas de comportamiento y mirar estadísticas, pero siempre hay personas que no cuadran totalmente con lo normal. En la medicina también se hace mucho hincapié en la vida. La pregunta final viene a ser si el enfermo seguirá viviendo, y viviendo con una determinada calidad de vida, o no.

Pero para nosotros, tengamos la profesión que tengamos, la vida es algo más. La experimentamos a diario, nos relacionamos con ella existencialmente. Para algunos, se trata de una broma pesada, un ir de situación en situación intentando de que nos afecte poco la muerte de una persona querida, la enfermedad de este otro conocido o las dificultades en su propia familia, vida o trabajo. Para otros, más prácticos, la vida es un tiempo para disfrutar, hacer cosas, cuantas más mejor. Cada vez somos capaces de hacer más cosas. Hacemos casi cualquier cosa que nos propongamos, y este sueño de poder, este sentirnos tan potentes nos lleva a soñar en ser omnipotentes. Estamos tan seguros de poderlo conseguir todo que también nos podemos hacer totalmente a nosotros mismos.

Es el dogma del existencialismo. Yo hago mi vida, y esta acción es buena, o al menos buena para mí, porque yo lo he decidido y lo he elegido libremente. No existen las barreras, los límites, la deontología profesional, los principios morales… Y de ese existencialismo damos el salto inevitable al relativismo, todo depende, todo es relativo, y esa constatación del todo desemboca en una especie de dictadura del relativismo.

Puedo poner un ejemplo preocupante: un niño de catorce años cree tener disforia de género: es niño y se siente niña. El médico, tras una breve consulta, le diagnostica “disforia de género” y le hormonan, sabiendo que el tratamiento le va a dejar estéril para toda su vida y con riesgo para otras enfermedades. Pero el niño lo ha decidido, es correcto, “se hace” niña. Cualquiera puede declararse del otro género y exigir hormonas y tratamientos. Es lo que los lobbies llaman "desmedicalizar" o "despatologizar la transexualidad". Lo que digan los médicos, insisten, da igual. Ni siquiera importa la ciencia, la medicina; basta que yo lo decida.

La vida no es algo de por sí negativo, ni tan libre y relativo como se afirma. Es un camino por el que vale la pena transitar. Tiene vallas que evitaran que caminemos hacia un precipicio real, sobre el que no vamos a poder volar (aunque nos empeñemos). Tiene luces y sombras. Pero sobre todo es un buen camino hacia el bien, hacia la belleza, hacia la verdadera alegría. El Bien debe estar en nuestro horizonte, y siempre nos atraerá y nos empujará hacia arriba.

miércoles, 6 de diciembre de 2023

¡¡¡Buenos días!!! ¡Hoy es fiesta!

 Es malo exagerar la exageración, es peor ocultar el ocultamiento” (G. K. Chesterton)

¡¡¡Buenos días!!!  

En estos días tenemos a nuestro alrededor muchos debates abiertos, polémicas de las que se habla mucho y en las que son pocos los que escuchan, donde muy poca gente piensa en la vida de las personas que pueden estar involucradas ni en el impacto que pueden tener algunas decisiones en nuestro futuro como sociedad.

Son discusiones muchas veces ruidosas y que esconden polémicas ideológicas que se basan en estrategias de marketing electoral, y que me dan a entender que existe un problema al que como sociedad civilizada hay que enfrentarse lo más rápidamente posible, y que no es otro que la defensa de la dignidad humana. Defensa que parece que nadie se atreve a asumir.

Según lo veo yo, es un problema que se vuelve cada vez más grande, que no para de crecer más y más. Se cuestiona continua y sigilosamente el concepto de persona, además de olvidar nuestra obligación como personas de proteger la vida humana.

No se están buscando soluciones a los excesos de libertad, no se esta marcando la delgada línea que separa el bien del mal, nadie se pone de acuerdo sobre quién va a proteger a los más indefensos o sobre quién va a hacerse responsable de las consecuencias de olvidarse de ellos. Da la impresión de que la descalificación y la búsqueda del voto esconden cualquier tipo de razonamiento sobre algo tan importante como es nuestra propia naturaleza. Y sobre todo, me surge una pregunta, ¿qué estamos haciendo ahora para defender la vida humana?

Por muchos debates y polémicas que tengamos todos los días, no nos deben de hacer olvidar que al final somos personas con cuerpo y alma, y que nuestra vida no se debe apoyar sólo sobre los pilares de la libertad y la búsqueda del placer, por muy necesarios e importantes que puedan ser. Sin darnos cuenta nos olvidamos de que nuestra forma de ver a la persona va a determinar el futuro de la sociedad en las próximas décadas, y que si olvidamos conceptos tan importantes como la dignidad de la vida humana, la trascendencia y como no el amor vamos a correr el peligro de ser simples objetos de consumo, en simples animales o en máquinas.

A partir de aquí, cada uno de nosotros ya puede pensar a su manera, que camino deberíamos de seguir, porque el futuro que se nos presenta puede que sea tan peligroso como extraño.

martes, 5 de diciembre de 2023

¡¡¡Buen y Feliz martes a todos!!!

 “La réplica a cualquiera que hable de “exceso de población” es preguntarle si él mismo es parte de ese exceso de población o, si no lo es, cómo lo sabe” (G. K. Chesterton)

¡¡¡Buenos días!!!

No se si a muchos de vosotros os sucederá lo mismo, pero a mi hay acontecimientos de los que no me gusta hablar, sobre todo de situaciones difíciles que he tenido que afrontar. No me gusta sacar el tema en las conversaciones y algunos temas terminan por convertirse en tabúes, en cosas que no me gusta mencionar

Si ahora pienso en lo que sucede en las sociedades me doy cuenta de que también los tabúes están y han estado presentes en muchas de ellas. Hay temas que eran como eran, y no se podían cuestionar. Un ejemplo claro podría ser la moral sexual. Nos encontramos también con tabúes en la política, en la nación y también en la religión.  

La cuestión es que ante ciertos temas que se consideran intocables y son cuestionados constantemente, las sociedades reaccionan imponiendo el silencio, a veces de forma violenta o agresiva. Por ello, van apareciendo ideas que cuestionan todo lo anterior y proponen nuevas ideas sobre nuestra sociedad.  

Sin embargo, muchas veces no se consigue la superación del tabú que se quiere combatir o eliminar. Sucede que muchas de las soluciones llamadas progresistas se nos presentan sin más argumento que el de acusar al opresor y ello no siempre conlleva una superación del tabú. Al no tener argumentos válidos, las nuevas ideas se implantan a base de recurrir al viejo sistema de “la mejor defensa es un buen ataque” y acusan de promover al odio a todo el que se atreve a cuestionarlas. Con lo que crean otro tabú, no se las puede cuestionar.

Sustituir un tabú por otro conduce a una sociedad a ninguna parte, solo sustituye un error por otro, una opresión por otra. Si queremos avanzar, si queremos que nuestra sociedad avance tenemos que aumentar nuestra capacidad de reflexionar, formular y observar las realidades que vivimos y que nos afectan, y así unificar las diferentes perspectivas y buscar una visión lo más completa posible de la verdad.  

sábado, 2 de diciembre de 2023

¡¡¡Buenos días!!! ¡Por fin es sábado!

 “Si no hubiese ningún héroe que mate los dragones, ni siquiera sabríamos que existen los dragones” (G. K. Chesterton)

¡¡¡Buenos días!!!

Hace unos días en una de esas constantes reuniones con amigos, saltó la pregunta sobre si poseemos bienes materiales o por el contrario son los bienes los que nos poseen. La respuesta era clara, nosotros poseemos y no somos poseídos por ellas. Otra de las cosas que parecía en la que la mayoría estaba de acuerdo era la facilidad con la que se crean hoy en día necesidades que nos lanzamos rápidamente a adquirir.

De todas formas, cuando miro a mi alrededor veo a muchas personas que tienen dificultad para distinguir entre lo necesario y lo que es sustituible. Personas que les cuesta establecer una línea clara entre malgastar y gastar. Personas que les cuesta ver la diferencia entre usar y derrochar. Y, por supuesto cada vez más gente no se detiene a buscar la diferencia entre lo ético y lo indecente.

No tengo duda de que nos encontramos en una sociedad de consumo que se basa en desear algo, satisfacer ese deseo, y volver a tener otro deseo para repetir esta escena continuamente. Y, lo curioso de todo esto es que sabemos que no tenemos capacidad para todo, que somos limitados. Si no podemos llegar a todo, ¿no habría que empezar por lo más importante?

Podemos decir a los amigos que no somos poseídos por lo material, pero deberíamos de ser capaces de ver que somos poseídos por las apariencias, por lo que piensan los demás de nosotros y por el deseo de responder a expectativas y objetivos que no tienen razón de ser. Tal vez esto debería ser lo primero que deberíamos de afrontar si queremos tener más libertad personal y transformar nuestra propia realidad y dirigirla hacia cotas razonablemente alcanzables. 

viernes, 1 de diciembre de 2023

¡¡¡Buenos días!!! ¡Hay la IA!

 “Lo malo de los pacifistas no es su visión de la guerra sino su visión de la paz” (G. K. Chesterton)

¡¡¡Buenos días!!!

Uno de los temas que más te encuentras en esas tertulias de café de media tarde y que siempre llenan esos momentos rápidamente es cuando se habla de las bondades de la Inteligencia Artificial y estoy seguro de que continuaremos haciéndolo por algún tiempo pues son muchos los que piensan que ahí se encuentra el futuro del conocimiento y que así pueden dejar de pensar y razonar para que su cerebro descanse.

Parece ser que existe la posibilidad de que dejemos nuestra inteligencia en reposo, cosa que según mi opinión nunca deberíamos hacer. Veamos, lo que hace la Inteligencia Artificial es interpretar, muy bien, por cierto, unos datos que se le presentan y que los emplea para lograr hacer cosas concretas. O sea, de lo que se trata es de un simple medio para organizar y gestionar esos datos, muy útil ciertamente pero que, de ninguna manera, va a sustituir a la verdadera inteligencia que no lo olvidemos es creadora.

Me gustaría llamar la atención sobre el hecho de que no hay “magia” detrás de la Inteligencia Artificial. Sería un problema mitificarla porque nos llevaría a perder el espíritu crítico tanto para interpretar sus resultados como para adivinar las intenciones con las que se diseña. Detrás de ella hay personas, tanto para organizarla como para comercializarla. Cada dato o algoritmo que maneja no es autónomo, sino el resultado de un planteamiento. Y como tal debe de estar sujeto a un control para su correcto uso. Pienso que como en toda actividad humana, tenemos que intentar que se oriente al bien común y al desarrollo integral de las personas.

Otra cosa que se me ocurre es que, por supuesto que nos abre grandes posibilidades, pero no nos equivoquemos; lo que nos da es progreso material, pero no nos dará respuesta a las grandes preguntas del ser humano. Incluso puede que acapare en exceso nuestra atención y nos haga vivir en la superficialidad. No caigamos en la tentación de poner en las tecnologías incipientes nuestras esperanzas, de confundir un medio con un fin, de adorar a dioses de barro.

Es fácil que una maquina pueda hacer reflexiones acertadas sobre lo más profundo del hombre, pero si es así, lo es porque el hombre le ha enseñado a hacerlas. Ninguna máquina debería nunca tomar decisiones de forma completamente independiente o dar consejos que requieran, entre otras cosas, de la sabiduría, que no lo olvidemos es producto de experiencias humanas, así como de tener en cuenta los valores humanos.

Y es que, por muy inteligentes que lleguen a ser las futuras inteligencias artificiales nunca serán como la humana; el desarrollo mental que requiere toda inteligencia compleja depende de las relaciones con el entorno y estas van a depender siempre de nuestro cuerpo, en concreto de lo que percibamos.

La inteligencia de un individuo se mide por la cantidad de incertidumbre que es capaz de soportar”, esto nos lo decía Kant, y la verdadera creación está ahí y no en gestionar bien unos datos. 

jueves, 30 de noviembre de 2023

¡¡¡Buenos días!!! ... luego si la verdad no existe, la verdad existe”

 “No hay nada que a un norteamericano le guste tanto como tener una sociedad secreta y no guardarlo en secreto” (G. K. Chesterton)

¡¡¡Buenos días!!! 



Cuando se empieza escribiendo o hablando sobre la verdad resulta muy complicado dar por cerrado el tema, pues el relativismo obstinado en el que algunos viven permanentemente instalados lo hace muy complicado, ya que ese “todo depende del color del cristal con que se mira” los hace vivir en una gran indiferencia hacia las cosas.

Nos encontramos por lo tanto con muchas personas que se olvidan o no quieren hacer el esfuerzo de preocuparse por la verdad objetiva de las cosas y de tener la verdad como meta y como concepto ético, para preocuparse de otras cosas, como, por ejemplo, eso que ahora esta tan de moda como la llamada “posverdad” que no es otra cosa que poner más atención en las ideas personales, en las simples apariencias y en las emociones que en los hechos reales.

Casi todas las personas prefieren que se les diga la verdad a que se les mienta, la mayoría de nosotros elegimos la verdad a la falsedad o al error, preferimos tener una certeza a una duda. Todos queremos saber, pero queremos que sea verdadero.

Si lo pensamos un poco, nos daremos cuenta de que una forma para evitar que una persona piense y saque sus conclusiones es decirle continuamente que toda verdad es relativa y que casi se trata de un asunto de gustos, entonces se pierde el estímulo esencial de todo pensamiento que no es otro que el anhelo de verdad que todos poseemos, un anhelo que es consecuencia de la necesidad que tenemos de conocer lo que es verdadero.

De ahí la necesidad de estar siempre cuestionándonos las conclusiones que hemos alcanzado, para no ser manipulados, tenemos por lo tanto que estar constantemente interesados en la verdad, de lo contrario esta puede ser empañada por una falsedad conmovedora. Lo curioso del caso es que en la actualidad unas ideas pueden ser falsas o verdaderas, pueden ser sanas o perniciosas, eso no tiene importancia para que convenzan a la gente, todo depende de la eficacia de la propaganda, que si está bien conducida puede adoctrinar de cualquier cosa a prácticamente todo el mundo.

La verdad es una necesidad esencial en el hombre, es decir, una necesidad que nace de la raíz constitutiva del ser humano. El ser humano busca la verdad objetiva de las cosas porque la desea, porque quiere saber a qué atenerse en medio de su existencia, a veces caótica y falta de sentido. Es una cuestión de voluntad, pero también de inteligencia, lo que ayuda a ver la diferencia entre la verdad y la falsedad.

Hoy voy a cerrar con un párrafo que he leído en un libro sobre san Buenaventura, aunque me parece que algo parecido se encuentra también en algún escrito de San Agustín: “La luz del alma es la verdad; esta luz no conoce ocaso, porque con tal fuerza irradia sobre el alma, que ni siquiera puede pensarse su inexistencia, ni expresarla sin que el hombre se contradiga; porque, si la verdad no existe, es verdadero que la verdad no existe: luego algo es verdadero; y si algo es verdadero, es verdadero que la verdad existe: luego si la verdad no existe, la verdad existe”.

miércoles, 29 de noviembre de 2023

¡¡¡Feliz miércoles!!!

 “¿No puedo agradecer a nadie el regalo de cumpleaños de mi nacimiento?” (G. K. Chesterton)

¡¡¡Buenos días!!!

Una de las frases que solemos usar con asiduidad y que también solemos leer con frecuencia es la de: “La Verdad os hará libres”, y al prestarle atención siempre nos entra la duda de saber si vamos a ser capaces de identificar la verdad.

Puedo pensar que hoy en día es muy complicado saber de toda la información que circula por las redes sociales cual es la verdadera, como saber si nos dicen la verdad si quien nos la cuenta es una empresa que se mueve por intereses económicos. Pero las noticias falsas no son un fenómeno nuevo, han sucedido y se han dado a lo largo de historia.

Llama la atención que la sociedad mejor comunicada de la historia es al mismo tiempo la más desinformada y vulnerable. Muchas personas ya no confían en nada ni en nadie, han llegado a la conclusión de que su mejor amigo es posiblemente su perro, y que todas las personas se mueven por interés. Según mi opinión esto se debe a una falta de cultura, me parece que ya no se enseña casi nada de humanidades ni de filosofía con la excusa de que estas materias no son importantes porque no aportan nada en el mercado de trabajo.

Leí en algún sitio que ya no se estudia literatura universal pues no es necesaria para la mejora del lenguaje, a lo que yo entiendo que la literatura no es considerada como un hecho cultural que se sirve del lenguaje escrito. Conozco a muchos jóvenes que tienen problemas para situar a Goethe, Voltaire, Dostoyevsky, Tolstoi, Stendhal, Baudelaire, Mann, Kafka, Proust y tantos otros.

Esa falta de cultura, que a mí me parece que hay, hace que no se pueda entender lo que hoy nos pasa ya que no se ha estudiado a los que reflexionaron sobre lo que pasaba en su tiempo y en situaciones similares, así como tampoco pueden entenderse los principios de nuestra cultura occidental sin saber lo que pensaron y las conclusiones a las que llegaron los filósofos anteriores a Sócrates. No se pueden sacar conclusiones de esas cuestiones sin saber lo que sucedía en la antigua Grecia.

Ya sé que está muy bien saber inglés, informática, medio ambiente y otras disciplinas que nos puedan servir para ganarlos la vida, pero no hay que dejar de estudiar aquello es esencial para vivir de una forma decente y además hacernos felices. Se están arrinconando aspectos vitales en la formación integral de las personas. 

No quiero olvidarme de algo que también considero de vital importancia como es la cultura religiosa. Y es que ¿cómo se puede admirar lo que pinto Miguel Ángel en la Capilla Sixtina si no se sabe quiénes fueron Adán y Eva? ¿cómo se pueden entender la grandeza de las catedrales medievales si no se sabe nada de Historia Sagrada? ¿cómo se puede uno estremecer ante un Réquiem si no sabe nada de la liturgia de los difuntos? ¿de qué sirve leer esa historia desgarradora que nos cuenta Dostoievski en la Leyenda del Gran Inquisidor si no la podemos descifrar porque no sabemos nada del Nazareno? Y ahora que se acerca la Navidad ¿cómo escuchar con emoción el Oratorio de Navidad de Bach si no se sabe nada del evangelio de Lucas?  

Para mí las humanidades y la filosofía son básicas para vivir la vida de una manera honrada y feliz, y la misma función cumple también la cultura religiosa, es más la forma más efectiva de defender la dignidad humana y su transcendencia es la religión pues nos abrirá una puerta a la esperanza en nuestras vidas. 

martes, 28 de noviembre de 2023

¡¡¡Bienvenido sea este martes!!!

 “Los hombres son inferiores al cochino cuando no saben apreciar el cerdo” (G. K. Chesterton) 

¡¡¡Buenos días!!!

Durante el café vespertino de ayer comentábamos la cantidad de personas que han perdido el sentido de su vida y que sienten un vacío espiritual. Muchas de ellas no saben ni por qué ni para qué se levantan cada mañana. Personas que sustituyen el verdadero sentido de sus vidas buscando métodos de relajación, buscando estímulos, satisfacciones corporales, comidas, drogas, sexo o alcohol con la intención de encontrar algún motivo por el que empezar el día con ilusión.  

Muchas personas con las que hablo no tienen claro cuáles son sus valores. Ese puede ser el problema, han perdido los valores. No recuerdan cuáles son sus cualidades y principios que son considerados buenos. Hay que volver a aquello que nos hace crecer como personas, a lo que nos perfecciona y nos enseña el camino en esos momentos de incertidumbre. Si no conocemos nuestros valores, esos principios consistentes en orientar nuestros actos, va a ser muy complicado tener un sentido claro de nuestra vida.

Un valor muy olvidado es el de la coherencia, uno de los que afecta a nuestro sentido de la vida. Cuando decimos una cosa, pero hacemos otra distinta, sin darnos cuenta nuestra sensación de vacío existencial aumenta y eso nos provoca malestar. Cuando somos coherentes con nuestros ideales estamos más cerca de la felicidad.

Ya sé que acercarse a la felicidad es complicado, pero hay que intentar hacerlo lo más fácil posible, no es tan complicado tampoco, hay que saber querer a las personas, sentirse a la vez queridos y tener claro el sentido de nuestra vida. Hay unas sencillas preguntas que nos tenemos que hacer y buscar unas respuestas: ¿Qué queremos hacer con nuestra vida? ¿Cuál es nuestro proyecto vital? ¿Para qué trabajamos?, etc. Estas preguntas han de ser contestadas.

Nos deberíamos de detener y pensar, hay que pararse y observarnos, mirar a nuestro entorno y entender bien nuestro lugar en el mundo, esto nos debe de ayudar a encontrar el sentido de la vida. Lo habré dicho en alguna otra ocasión, estoy seguro, los que tenemos fe, el sentido de nuestra vida es consecuencia de que somos conscientes de ser seres transcendentes, que estamos más allá de los límites de cualquier conocimiento posible, somos hijos de Dios. 

lunes, 27 de noviembre de 2023

¡¡¡Buenos días, lunes!!!

 “Cuando las cosas buenas suceden, nunca son las que se daban por garantizadas. Y cuando suceden cosas malas nunca son las que parecían inevitables” (G. K. Chesterton)

¡¡¡Buenos días!!! 


Cuando estuve de viaje este verano pude pasar algunas semanas observando un fenómeno que en el Mediterráneo no se suele dar con tanta intensidad; las bajamares y pleamares.

Para mi durante esas semanas las mareas se convirtieron en todo un misterio. No sabía entenderlas, me desbordaba el no saber que playa iba a encontrarme, ¿Será buen momento para bajar a la playa? ¿Conviene aventurarse a dar un paseo hacia el extremo del estuario… o es una imprudencia?

Tuve que dedicar algunas horas a averiguar que las bajamares y pleamares tienen que ver con los niveles de las mareas. Me entere que son cambios que ocurren de forma regular donde hay grandes masas de agua. Desplazamientos que son causados principalmente por las fuerzas gravitacionales del sol y sobre todo de la luna.

Al final, no tenía más remedio que fiarme de los lugareños y consultar una aplicación que encontré. Basta con ser un poco razonable para comprender que hay que pedir consejo a los que tienen experiencia. Gentes que viven junto al mar y que saben bien los ritmos de las mareas, y es que, a fin de cuentas, sientes que el mar es un “ser vivo”, y conviene saber cómo actúa. Por eso, nada mejor que confiar en los que saben.

La cuestión que se me presentaba era la de si confiaba en los horarios que me daban para bajar sin peligro a pasear por la playa. ¿O no me creía que esos horarios se iban a cumplir?

No me quedaba más remedio que tener fe en los que vivían allí. Y es que una tarde mientras esperaba la puesta de sol llegue a la conclusión de que la fe es eso: confiar en los que saben. En los que han experimentado antes que nosotros por lo que estamos pasando o lo que estamos viendo. En los que tienen experiencia, que por haberlo vivido se conocen de primera mano cómo son las cosas.

Todo lo que a mí me costó unas horas aprender, los que vivían cerca de esas playas lo comprendían perfectamente, sabían sus tiempos y sus momentos. Para los que veníamos de fuera, el mar era algo igual, sin cambios. Sin embargo, para el que vive en esas costas, esos retrocesos y avances son como un reloj, como un péndulo que va y viene.

La cuestión que me estaba dando vueltas aquella tarde en la playa, era que si en realidad hubiera tenido confianza en las personas que saben no hubiera tenido que andar intentando adivinar lo que estaba haciendo el mar. No lo he vivido todo, y no lo puedo comprobar ni averiguar todo, hay personas que nos pueden hablar de lo que han visto con sus ojos, de lo que han contemplado y palpado con sus manos, y yo puedo avanzar más rápido y seguro si creo en ellos.

Y esa es la cuestión, creer o tener fe es simplemente aceptar algo como verdadero basándome en la autoridad de otro. Sin embargo, no toda certeza es fe, cuando veo y comprendo claramente cómo funcionan las mareas ya no necesito creer lo que me dicen los lugareños. Cuando veo y comprendo claramente algo no es un acto de fe. No creo que dos más dos son cuatro porque es evidente, puedo comprenderlo y comprobarlo. Esto es comprensión y no creencia.

Nunca he visto con mis propios ojos el virus del covid-19, pero como creo en lo que la ciencia dice y confío en ella es por lo que creo que el virus existe. Esto es un acto de fe: conocimientos que acepto por la autoridad de otros en quien confío. Hay tantas cosas que no comprendemos, y tan poco tiempo para comprobarlas personalmente, que la mayor parte de nuestros conocimientos se basan en la fe. A este tipo de fe es la que se le denomina fe humana.

Esto me lleva a decir que, si mi mente acepta a Dios como una autoridad, pues Dios es la Verdad, debería aceptar sin problemas todo lo que Él me dice, esa fe la podría llamar divina. Llegado a este momento es cuando se me complica el tema, veamos las autoridades humanas en un tema pueden equivocarse como sucedió con la enseñanza universal de que la Tierra era plana. Pero Dios es la Verdad y no debo dudar de las verdades que Dios ha revelado.

 En el ámbito cristiano la Fe no es simple conocimiento humano, sino que los católicos lo consideramos una virtud teológica, un don divino.