lunes, 16 de noviembre de 2020

Solo es un cambio.

 “Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton) 

Otra vez la muerte, dentro de unas horas iré a dar el pésame a un amigo por la muerte de su madre. Lo que dije la semana pasada, llegamos a una edad en que la muerte no deja de rondarnos, lo que no debe preocuparnos pues morir no es perder la vida definitivamente, sino cambiarla.

¿Cómo reaccionar ante ese cambio? Siempre será complicado, pero tenemos una ventaja, aunque todos los animales mueren, el hombre es el único que conoce muy pronto su carácter mortal. Somos conscientes de esa limitación y esto conmueve nuestras estructuras más profundas y sin lugar a duda afecta a toda nuestra existencia. Pero ¿cómo reaccionar?

Se puede actuar pensando que lo que no se ve no existe. Este pensamiento infantil lo podremos mantener mientras seamos capaces de ocultarnos de la realidad de la muerte y así reducir el miedo que nos produce. Si no pienso en ella, no existe.

Pero cuando llegamos a una cierta edad este sistema ya no funciona, aunque procuremos alejarla de nuestra vista y esconderla en lugares poco visibles. Aunque utilicemos un lenguaje extraño para no nombrarla; “faltar”, “irse”, etc., en lugar de decir “muerte” o “morir”. Ya se que en el cine y en la televisión vemos con frecuencia la muerte, pero sobre todo muertes violentas y en serie. Una persona contempla muchas muertes en la pantalla, pero se puede alejar y protegerse de las muertes reales y cercanas. Aunque las ocultemos, detrás de unas muertes distorsionadas: zombis, muertos vivientes, Halloween, subcultura gótica… O se recurra al humor negro: un reír por no llorar. O reforcemos la idea de que la muerte es algo lejano y ajeno a nosotros. Por más que se trate de olvidar, ella no se va a olvidar de nosotros.

Si persistimos mucho tiempo en estas ideas y comportamientos podemos llegar a tener una imagen irreal de la muerte, unos pensamientos erróneos y, curiosamente, sentiremos cada vez con más fuerza una ansiedad ante ella. Llegaremos, incluso, a tener miedo de hacernos viejos y a rechazar a las personas mayores porque los asociaremos con la muerte.

Si excluimos el final de la vida de nuestro quehacer diario, estaremos indefensos ante la fuerte realidad de la muerte, porque, aunque la muerte es el final de la vida biológica, no por ello deja de formar parte de la vida; de igual forma que el final de una historia forma parte de esa historia.  

¿Estoy diciendo, pues, que hay que pensar continuamente en la muerte? No. No hay que buscar y retener obsesivamente los pensamientos y las imágenes de la muerte. Pero tampoco hay que evitarlos ni rechazarlos constantemente. Tenemos que saber convivir con esos pensamientos y encarrilarlos bien.

Si miramos la muerte con serenidad ajustaremos nuestra escala de valores y preferencias, la muerte nos pondrá en nuestro sitio, así como apreciaremos de verdad todo lo bueno hay en la vida.

Así, pues, pensar en la muerte alguna vez, sin horror ni morbosidad, es un resorte que nos ayudará a vivir con mayor intensidad y alegría cada instante. No provoca angustia, terror ni depresión, sino sosiego y esperanzada paz interior.

Buenos días.

domingo, 15 de noviembre de 2020

Sabiduría e inteligencia.

 “Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton) 


Pasé la tarde de ayer leyendo a C.S. Lewis, en concreto; “Cautivado por la alegría”, y me di cuenta de que al igual que Lewis hay personas inteligentes y que además son sabias.

Advertí la diferencia que existe, podría decir que sabio es esa persona que además de inteligencia tiene buen gusto. No solo inteligencia, sino también buen gusto. De hecho, nos encontrarnos con muchas personas muy inteligentes, los medios de comunicación están llenos de ellos, se pueden tener muchos conocimientos, y emplearlos para hacer el mal. Se necesita mucha inteligencia para ser un buen mentiroso. Se necesitan conocimientos para timarnos.  

Desde mi punto de vista, para decir que una persona es sabia no hay que fijarse solo en lo que sabe, pues la sabiduría es un modo de comportarse, de conducirse y de situarse en la vida. No hay ninguna contradicción entre sabiduría y conocimiento, pero la sabiduría no es una cantidad de conocimientos solamente, sino un modo comportarse.

Está claro que una persona sabia tiene conocimientos y que será experto en una u otra materia, pero lo característico del sabio es la prudencia y la sensatez con la que hace uso de ellos.

Tener inteligencia y saber utilizarla son dos actitudes que deben ir juntas, pero saberla utilizar debe regular la inteligencia. En nuestra sociedad hace falta mucha sabiduría. Necesitamos gobernantes que sean sabios. Si, además, son expertos en alguna materia, mejor. Pero importa, sobre todo que sean sabios.

 Para nuestra desgracia, la política en estos días suele estar condicionada por la ambición y la búsqueda del poder. La ambición no actúa a favor de la sabiduría, más bien al contrario. La persona que es ambiciosa solo piensa en sí mismo y en lo que puede colocarla por encima de los demás.

A todas las personas, pero sobre todo a los que tienen alguna responsabilidad sobre los demás, les convendría pensar como utilizan su inteligencia, si la utilizan en la búsqueda de un beneficio personal o lo hacen para la mejoría de todos.

Reflexionar y ser autocrítico con lo que hacemos con nuestra inteligencia nos ayudará a integrar todo nuestro conocimiento a este mundo, nos dirá si la utilizamos para el bien o para el mal, y nos hará saber respetar y valorar más a las personas por lo que adquiriremos sabiduría que es lo nos hará más sabios.

Buenos días.

sábado, 14 de noviembre de 2020

Desorganizados.

 “Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton)

En la actualidad muy poca gente está de acuerdo en que debe existir un orden de preferencias, una disposición de acatamiento de unas normas de grado inferior a las de rango superior y, sin embargo, es inevitable tenerlas para todas las situaciones de la vida: ¿os imagináis hacer una paella sin seguir un orden de preferencias a la hora de ir añadiendo los ingredientes? ¿apagar el fuego antes de poner la paella? Pues, salvando las distancias, creo que nos está pasando un poco.

En muchas ocasiones me parece que escudándose bajo el fácil discurso de una supuesta libertad, igualdad y diálogo existe una incapacidad para gobernar, para tomar decisiones, para arriesgarse a cometer errores. O, en otras palabras, existe una dificultad para llevar a cabo cada una de las funciones que les son propias. Si cada una de las partes de nuestro cuerpo funcionase según su propio criterio, si nuestro cerebro se empeñase en dejar a cada una de las extremidades hicieran lo que quisieran, seguramente tendríamos a una persona con serias dificultades para llevar a cabo cualquier actividad.

Nos daríamos cuenta rápidamente de las dificultades de esa persona y actuaríamos en consecuencia, pero cuando vemos que a diversos grupos humanos les sucede lo mismo no reaccionamos. Es más, llegamos a la conclusión y por lo tanto entendemos que nada podemos ni debemos decir ante semejante ejercicio de libertad y madurez. ¡Hasta nos pasa a nosotros cuando renunciamos a “gobernarnos” en la vida y dejamos que en cada parte o decisiones del día a día se rijan principios distintos y, a veces, hasta contradictorios!

Es el desorden o desgobierno el que, en vez de abrir oportunidades de autonomía y libertad, dan la oportunidad a que exista un abuso de poder, a que se imponga el que más grite o el que en ese instante tenga “la sartén por el mango”. Si de algo estamos seguros es que cuanto más divididos estemos por dentro, ya sea dentro de nosotros mismos, de una institución o de un Estado, más sencillo es que seamos manipulados, y vivamos en desgobierno. Si dentro de nosotros dejamos libres, si no controlamos los placeres es fácil que nos dominen, caeremos en el alcoholismo, las drogas, la pornografía…

Cuando disfrutamos de un buen gobierno a cualquier nivel, no hablo solo de política, es muy difícil que se den o se permitan faltas de respeto, difamaciones, normas contrapuestas… en definitiva, abusos de poder.

Curioso… Igual por eso el desgobierno es de lo más contrario a la libertad y a la madura autonomía. Aunque no lo parezca.

Buenos días.

viernes, 13 de noviembre de 2020

Nostalgias

 “Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton)

Es una lastima que ya no acuda a la tertulia que se forma mientras te tomas un cortado, es una de las actividades que más añoro, la covid-19 ha puesto en cuarentena muchas costumbres que ahora con el paso de los meses veo con nostalgia.

He perdido el contacto directo con todo lo que me era habitual, mantener el contacto por medio del ordenador o del teléfono móvil no sustituye una buena conversación, ni siquiera una cámara web puede hacerlo.

Mirar y recoger del pasado lo bueno, alarmarse de la pérdida de principios válidos, señalar los errores que han perjudicado a las personas y a los pueblos se lo que yo considero una nostalgia que nos beneficia.

En cambio, una nostalgia es dañina si me impide actuar, si lleva a condenar lo presente de modo distorsionado, si tergiversa y embellece el pasado sin comprenderlo correctamente.

Existen, por lo tanto, nostalgias buenas y nostalgias malas. Las malas me van a generar una desconfianza enfermiza. Las buenas me van a permitir tener un sano espíritu crítico hacia opciones o actuaciones equivocadas que generan procesos perversos.

Si lo pensamos un poco nos daremos cuenta de que todo lo anterior nos vale tanto para las personas como para los grupos humanos. Un hombre puede mirar su pasado e idealizarlo sin ningún respeto a la verdad, mientras se lamenta de su situación actual hasta el punto de no reconocer las oportunidades que ella le esta ofreciendo.  

O también ese hombre puede analizar lo pasado y ver que ha habido cosas buenas que se merecen ser fomentadas, y errores que hay que corregir. Incluso llegará a esa nostalgia sana que le servirá para recuperar tesoros antiguos que sirven para siempre.

En los grupos humanos existe el riesgo de deformar la historia, de ensalzar a líderes que no eran nada ejemplares, de imaginar que antes las cosas iban bien, cuando un poco de objetividad desmiente distorsiones que falsean y permite ver que también en ese pasado había males que necesitaban ser curados.

No es fácil, hacer la comparación correctamente del pasado con el presente, ni evitar nostalgias erróneas. Pero si realizamos un análisis serio, que reconoce en el pasado tesoros como el respeto a la vida, la defensa del matrimonio, el cariño hacia los abuelos y los padres, el deseo auténtico de querer a los demás, podemos llegar a una nostalgia sana, que nos impulsará a promover esos tesoros en un presente que los esta necesitando urgentemente.

Me viene ahora a la cabeza otra nostalgia, más profunda, la nostalgia por el paraíso perdido, no he estado allí, pero al mismo tiempo lo echo de menos, lo deseo con fuerza, es la “madre” de todas las nostalgias, es “volver a casa”. Pero esto son otros sentimientos que se merecen ser mostrados con tranquilidad.

Buenos días.

miércoles, 11 de noviembre de 2020

Instalarse en la alegría

 “Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton)

El domingo pasado estrenamos una nueva ruta con la bicicleta, y esto hace que cada vez estemos más cerca de ese día en el que vamos a tener que dejar de disfrutar de nuevos circuitos, las novedades se terminaran y empezaremos a disfrutar de la rutina.

Dos o a lo máximo tres son las excursiones nuevas que, a mí se me ocurren sin pasar de los cien kilómetros, así que dentro de nada tendremos que empezar a repetir rutas.

Pero, el mayor riesgo de la rutina no es que sea repetitiva, sino que se vuelve peligrosa cuando existe monotonía, cuando solo es una monótona repetición de una actividad que parece no tener ningún sentido y que no nos lleva a ninguna parte en concreto. Aunque este es un gran riesgo, el mayor de los riesgos de la rutina es no darnos cuenta de que hemos caído en ella.  

Cuando las excursiones en bicicleta los fines de semana no son una actividad deportiva para mantenernos en forma, sino que son una salida cicloviajera, donde “viajera” no es solo un afijo que hemos añadido al final de la raíz de la palabra bicicleta, sino que sostiene todo el peso de la palabra, la rutina se me antoja más bien un “sigo saliendo en bicicleta porque así me he acostumbrado”.

Este es el reto, el no caer en la rutina cuando vivimos en un mundo que tiende a lo rutinario.   

G.K. Chesterton en uno de sus muchos aforismos nos dice: “La monotonía no tiene nada que ver con el lugar; la monotonía, tanto en la sensación como en el sentimiento, es simplemente una cualidad de la persona. No hay paisajes tristes; hay solamente espectadores tristes”. Y es verdad. Hay personas que necesitan pasar mil veces por el mismo lugar para descubrir su belleza y otros en cambio a primera vista ya son capaces de sentir toda la fuerza del paisaje, tanto si somos de los primeros o de estos últimos nos va a resultar complicado el imaginar cómo no caer en la rutina cuando estamos pasando continuamente por el mismo lugar. La clave pues se encuentra en huir de la tristeza e instalarse en la alegría, de ahí la necesidad de estar alegres, de hacer de la alegría una necesidad.

Después de meditar ayer sobre mantenerse alegre me he dado cuenta de que tal vez lo que me está costando es recuperarme de la tristeza que se apodera de mi ánimo cada vez que miro todo lo que nos está sucediendo con el problema de la pandemia, de todo lo que se nos vino y se nos vendrá encima con el covid-19, y de todos los problemas políticos y económicos que va a sufrir tanta gente. Y, sin duda, será una catástrofe todavía peor si nos mantenemos tristes por mucho tiempo.

Y es que, lo que yo digo, y lo que debería de tener presente de vez en cuando, es que las personas no nacemos felices ni infelices, sino que la vida nos enseña a ser una cosa u otra y, que la clave se encuentra en saber elegir entre buscar la felicidad, estemos como estemos, o aceptar la desgracia. De cualquier modo, la felicidad nunca va a ser completa en este mundo, pero que, aun así, hay motivos más que suficientes de alegría a través de nuestra vida, sin dejarnos llevar por la ilusión de conquistar la felicidad entera. Se que no hay fórmulas mágicas para conseguir la felicidad, pero una clave sería la de descubrir la nuestra, que, por supuesto será distinta de la de los demás, pues no podemos dar aquello que no tenemos.  

Como decía Chesterton: “No hay paisajes tristes; hay solamente espectadores tristes”, me parece a mí que la clave de la alegría sería darme cuenta de que no es que mi vida sea triste y este llena de problemas, sino que lo que es triste y aburrido soy yo que olvido la riqueza que tengo en mi interior y soy incapaz, a veces, de dar con la solución a problemas que podrían tenerla a poco que lo intentara.  

Por eso, me desconcierta la gente que parece vivir para la tristeza y se olvida de buscar el arte de sonreír y de estar alegres. Siempre he sentido envidia de aquellas personas que permanecen alegres y que poseen una sonrisa sana y constante.

 Ya sé, reconozco que existen sonrisas mentirosas, irónicas y despectivas. Pero yo no hablo de éstas, sino de las que se nos ofrecen y nos regalan con facilidad y que están llenas de sinceridad. Y por supuesto las que surgen del alma de las personas que, por tener mucho amor sonríen fácilmente pues se encuentran siempre alegres, porque la sonrisa y la alegría producen paz. Una persona amargada jamás sabrá sonreír y mucho menos un orgulloso.

En fin, voy a mantenerme alegre todo lo que pueda ya que un mundo donde las personas mayores estén tristes y serias sería una tragedia, aunque pensándolo un poco, si fueran los jóvenes los que estuvieran hastiados y aburridos sería una catástrofe.

Buenos Días.

lunes, 9 de noviembre de 2020

Una dulce espera.

 “Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton)

Cada vez es más frecuente tener un roce con la muerte, y por eso cada vez con más asiduidad el tema de la muerte aparece en mi vida con todas las preguntas que irremediablemente aparecen.  

Ayer fue la última vez, por la muerte de un amigo, siempre las mismas preguntas y con unas respuestas que si bien las tengo asumidas, continúan haciéndome reflexionar.

Y es que, si de algo estoy seguro, y no solo yo sino todos, sea cual sea nuestra creencia es que: algún día vamos a morir. Frente a esto tan seguro, podemos elegir, o rechazamos esta idea tan molesta y perturbadora o bien la aceptamos tranquilamente. Cada uno de nosotros puede elegir.

Si nuestra vida es como una carrera constante hacia la adquisición de bienes materiales y por lo tanto perecederos, nuestra muerte será sin dudarlo una tragedia, como un brutal asesinato que nos ha robado todos los sueños, el final de todas nuestras ambiciones. Y, en el cementerio habrá terminado todo. De ahí, que negar que la muerte es una puerta de entrada a lo que está más allá de los límites naturales, es disminuir al hombre a un simple organismo que nace, se reproduce y muere.

Pero, en cambio, sí creemos que la muerte es sólo el paso de esta vida de satisfacciones pasajeras y desilusiones a la alegría definitiva y perdurable, morir es solo un paso necesario y fundamental para realizarnos completamente como personas.

Puede parecer que esto no sea importante, y tal vez para muchas personas no lo sea, pero lo curioso es que según la idea que tengamos sobre la muerte, eso determinará el nivel de felicidad que podamos lograr.

Veamos, si pienso que todo se acaba con la muerte entonces todo lo que haga irá encaminado a conseguir una de estas cosas: satisfacer mi ego; luchar por una vida digna para mí y los míos; realizarme y mejorar en mi profesión; acumular riquezas, pues si todo se acaba cuando me muera más me valdrá aprovechar el tiempo. Es, en este caso cuando mis acciones las realizo pensando en el beneficio público que pueda obtener de cada cosa que haga, es decir, trabajo, lucho y hago cosas tan sólo para mí satisfacción y de paso dejar claro a los demás que no soy uno más.

Como la visión de que más allá de los límites naturales hay algo, no existe, no hay nada más allá por lo que luchar, por lo tanto, la muerte es una verdadera tragedia y un desconsuelo sin fin para los que sufren no solo su muerte sino también la desaparición de una persona muy querida. Su recuerdo se disolverá para siempre y no habrá un reencuentro posible. De ahí, que el tema de la muerte sea un tema ausente y disimulado en nuestras conversaciones ya que al negar la trascendencia hace de la muerte el fin de todo. Es entonces cuando no importa lo que se pueda ganar al morir, sino que importa el juicio de los hombres que será lo único que estará a la vista. Y el incrédulo se encuentra entonces sometido a un juicio que será siempre caprichoso, parcial y subjetivo. Y luego, no es de extrañar los innumerables casos de depresiones y melancolías vitales que existen pues son muy pocos los que recibirán el reconocimiento de la sociedad.

Mientras que el hombre que no cree en la misión salvadora de la muerte vive pendiente del juicio de los demás (puesto que es el último eslabón de la cadena existencial), el hombre que cree que hay algo después de la muerte, el que cree que toda buena acción tendrá su recompensa, no se preocupa realmente demasiado por el juicio humano, ni de sus injusticias ni de sus imprevistos. Sabe que, tarde o temprano, tendrá su recompensa y su consuelo, aunque aquí no lo tenga. La muerte no es entonces un drama; es, de alguna manera, una dulce espera.

Por eso, es radical el cambio que puede tener la vida de una persona en cuanto deja de pensar a la muerte como un drama y lo piensa como un encuentro.

Es cierto que es difícil, para quienes quedan en la tierra, asumir la partida del ser querido como una ausencia temporal, pero, por otra parte, el que cree tiene una ventaja increíblemente superior respecto a quien no tiene fe: sabe, con certeza, que algún día el mismo se reunirá con quienes amó y con quien hizo posible ese amor.

En fin, creo que pensar en la muerte alguna vez, sin miedo ni como algo morboso, es un punto de apoyo que nos ayuda a vivir con mayor intensidad y alegría cada instante. Que no nos debe provocar angustia, ni horror, ni depresión, sino sosiego y paz interior. Es decir, afrontar con lucidez la realidad de la Muerte para amar más la Vida, y para que sea la Vida quien gane la partida final.

Buenos días.

 

sábado, 7 de noviembre de 2020

¡Búsqueda, he aquí el objetivo de estas próximas semanas!

 “Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton)

Buscar proyectos para el año que viene con el problema que tenemos con la covid-19 es complicado y atrevido, más si veo que no he cumplido este año con ninguno de los previstos. 

A pesar de todo no queda más remedio que ser audaz, aventurarme es clave en momentos como estos. Vivir en la zona de confort nunca nos va a llevar a ninguna parte. Este año nos ha demostrado que, de un modo u otro, nos ha tocado sufrir las molestias de la pandemia y no podemos estar acobardados esperando que esto termine. No queda más remedio que apartarse de todos esos pensamientos que me están diciendo que no voy a poder hacer nada o que lo que viene será peor, y ser osado.

Mantenerme motivado creo que es esencial en estos momentos, no hay más opción que mantener encendida esa energía interna de la ilusión para continuar con esa búsqueda.

Lo que estoy haciendo en estos días es escudriñar en mis recuerdos esos lugares que se merecen que vuelva a ellos o esos lugares que continúan esperándome y a los que prometí que algún día pasaría a conocerlos mejor, incluso encontraré lugares a los que les comenté que volvería en otras circunstancias, este es mi ámbito de búsqueda estos días.

 Todos tenemos cuentas pendientes que saldar de algún viaje que realizamos, así que de momento no voy a buscar las respuestas fuera de mí, buscaré aquí dentro, con tranquilidad sin prisas, respirando profundamente, meditando y, como no dialogando.

¡Ya sé, lo sé! para eso voy a necesitar tiempo y las personas de alguna manera anhelamos saber el resultado, conocer rápidamente la solución, ver el producto final, pero en este caso hay mucho que conseguir en ese proceso de búsqueda y no lo voy a desperdiciar.

En ese repaso estoy seguro de que me encontraré con hechos que en su momento fueron incontrolables o no supe controlar, sea cual sea esa circunstancia voy a intentar dirigir mi mente para tomar las medidas sobre aquellos aspectos que sí puedan estar bajo mi control. Voy a centrarme en lo que pueda hacer, y así pasaré de la preocupación a la solución.

Tarde o temprano llegarán esas ideas y proyectos, y los iré ordenando, colocándolos en su lugar sin decidirme a la primera, y una vez los tenga a todos a la vista empezare a tomar decisiones.

Empieza pues, una etapa de búsqueda, con la seguridad, de que no se me ha dado la posibilidad de soñar, si no se me hubiera dado también la oportunidad de hacer realidad esos sueños.  

¡Búsqueda, he aquí el objetivo de estas próximas semanas! Todos buscamos continuamente cosas en esta vida; donde se encuentra la diferencia entre unos de otros es en el “donde” lo estamos buscando.

Si el problema de la covid-19 no presenta ninguna esperanza de solución en los próximos meses, quizás necesite hacer un alto y experimentar un cambio y entonces, con otro talante, con otras posibilidades y circunstancias, continuar. La cuestión es no detenerse.

El éxito de este año como del que viene no lo voy a medir por lo que he logrado, sino por los obstáculos a los que me he enfrentado y he superado, y por lo que he aprendido en los inconvenientes que no he conseguido superar.   

viernes, 6 de noviembre de 2020

¿Quién te dirá que no tienes razón cuando estés equivocado?

 “Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton)

Día triste de lluvia el de ayer, si estar en casa el mayor tiempo posible para mantenerse alejado de la covid-19 ya resulta pesado, estarlo en un día gris resulta agotador, demasiado tiempo para pensar y demasiados pensamientos oscuros.

Día de preguntas y respuestas imprecisas, preguntas que como las de ayer me llevaban una y otra vez a intentar aclarar ¿por qué se deteriora tanto la vida pública? ¿de dónde viene esa indiferencia hacia la verdad, incluso entre quienes deberían ser sus defensores y guardianes?   

¿Y por qué la locura, la creencia de que la propia voluntad, la publicidad y la imagen hacen un derecho? Lo que sucede, no solo los últimos meses sino los últimos años, confirma, según mi opinión, que nuestros gobernantes han perdido el contacto con la realidad. ¿Qué más puede explicar su repentina insistencia en que un hombre se convierta en mujer solo con decirlo?

Debería dar más ejemplos, pero parece obvio que se está imponiendo una forma de “verdad personal”. Resulta más difícil de lo que puede parecer buscar una causa, así como una solución en estos días que corren. Nuestros pensamientos y creencias tienen, sin lugar a duda, una relación directa en muchos aspectos de la sociedad, y cuando las personas públicas parece que deliran, es difícil permanecer impasible.  

Encuentro varias razones por las que hemos llegado a la situación actual, hay diversas causas por las que la vida pública ha terminado donde lo ha hecho. Las personas de hoy no tienen una experiencia personal de muchas de las situaciones a las que se enfrentan. Muchos de los mecanismos a través de los cuales se lleva a cabo nuestra vida social y económica se encuentran lejos y fuera de nuestra vista, y son casi inescrutables. El resultado es que el mundo se nos ha convertido en una especie de dibujo extraño que la gente puede interpretar de la forma que quiera.  

No resulta fácil averiguar nada. Los medios electrónicos e Internet debilitan nuestras conexiones personales y deshacen todo en un puzle de imágenes, clips de videos y fragmentos de audio que se pueden ensamblar para expresar cualquier cosa. ¿Quién puede decir qué ensamblaje corresponde a la realidad?

Y no ayuda preguntar a los demás. La facilidad para conectarnos nos dice que existe una red, una sociedad virtual, dentro de la cual la aceptación de cualquier creencia que podamos imaginar es la norma. Si creemos que el mundo es plano o que está dirigido por extraterrestres, podemos vivir en un mundo virtual en el que lo que pensemos se da por sentado. ¿Y quién de tu alrededor te dirá que tus amigos virtuales están equivocados? Es más ¿Quién te dirá que no tienes razón cuando estés equivocado?

Para empeorar las cosas, la tecnología y la electrónica nos dan todas las facilidades posibles para poder vivir en una isla, aislados, desde comprar todo lo que necesitemos o deseemos “on-line” a relacionarnos solo en las redes sociales. Y una idea degradada de libertad nos dice que sigamos por este camino.

La gente, ahora, ni siquiera tiene un punto de vista coherente desde el que comprender la sociedad en la que vive. En este mundo globalizado de alta tecnología, el lugar, la historia, la religión, la nacionalidad, la cultura particular y la identidad estable se disuelven. Incluso algo tan básico como si las personas son hombres o mujeres se vuelve incierto. El resultado es que no saben quiénes son y no tienen un punto de vista estable desde el cual resolver las cosas.

Eso es malo, pero la gente piensa que es bueno. Los ideales morales de hoy se basan en una versión idealizada de la sociedad humana como un proceso industrial, en el que los componentes humanos y la materia prima pueden ser clasificados de diversas formas, pero no se les permite diferenciarse de ninguna manera que no sea útil al sistema. Hombres y mujeres, italianos y japoneses, cristianos, budistas y secularistas deben ser todos intercambiables, y las diferencias restantes deben tratarse como pasatiempos privados puramente opcionales.

Algunos intentan crear identidades por sí mismos, pero eso no puede funcionar. Si un hombre dice que es una mujer y todos tienen que creerle, ¿qué significa "mujer"? ¿Cómo puede mantenerse firme en su “feminidad” cuando la inventó y podría cambiarla mañana? ¿Y qué diferencia puede haber cuando la “discriminación de género” —distinguir a los hombres de las mujeres— se considera monstruosa?

El resultado es que la gente se vuelve frágil y confusa, y quienes dirigen las instituciones tratan de acomodar a su clientela cada vez más inestable convirtiendo sus instituciones en burbujas en las que es obligatorio complacer las fantasías.

Estas instituciones incluyen organizaciones de noticias, sociedades científicas e instituciones de educación superior. En tales circunstancias, ¿quién puede creer lo que nos dicen los supuestos expertos asociados con este tipo de empresas? Se han sumado por su interés y lo apoyan a cualquier precio intelectual. Pero cuando la enajenación mental se convierte en un principio básico, se extiende a todo. Entonces, ¿por qué confiar en ellos para algo?

El resultado es que hoy les resulta fácil a movimientos radicales convertirse rápidamente en la corriente principal de opinión y ser lo políticamente correcto. Estos movimientos están suprimiendo la historia, la religión, la tradición y la idea misma de la naturaleza humana la consideran como opresiva. Por eso, piensan que el hombre se hace a sí mismo divino y creen que cada uno de nosotros puede rehacerse a sí mismo y a su mundo como lo que quiera. Esto es aceptado por la política y la moral actual, y, por lo tanto, su objetivo es conseguir un estado de cosas en el que todo el mundo pueda hacer, ser y conseguir lo que quiera.  

Eso no va a acabar bien. Las personas no obtendrán lo que se les prometió, porque las promesas se basan en una realidad inventada. No estarán contentos con eso y buscarán chivos expiatorios. Dado que su visión del mundo es infundada, nada funcionará como creen que debería, y adoptarán mitologías fantásticas y culparán de todo a las conspiraciones y las fuerzas diabólicas.

El problema se agrava con los avances en las técnicas de la persuasión. Aquellos que controlan Internet pueden intentar poner orden en el pensamiento y la sociedad aplastando tendencias que consideran antisociales. Pero ¿Quién vigila al vigilante? Si vivimos en un sistema en el que los gobiernos y la propaganda son la misma cosa y en el que las personas que los dirigen simplemente solo se escuchan entre sí. ¿Quién mantendrá cuerdos a los multimillonarios propietarios de Internet, y mucho menos preocupados por la verdad y el bien público? ¿Y quién puede decirles que su versión de lo que cuenta como verdadero es incorrecta?

Nadie, ahora que la “verdad” se ha convertido en una construcción, las redes sociales y los medios de comunicación se han convertido en la plaza pública, y no existe un bien común aceptado o una forma de discutir tal cosa. El principio que determina la verdad pública y quién se sale con la suya cuando los impulsos entran en conflicto se ha convertido, por tanto, en el interés de nuestros gobernantes. ¿Cómo podría ser de otra manera, cuando poseen los medios de comunicación y coerción, pueden contratar a los mejores propagandistas?

En aras de la legitimidad, nuestros gobernantes necesariamente afirman estar del lado de las víctimas más que de los opresores, porque debe existir un opresor. El resultado es todo el mundo buscando y culpando de cualquier problema a ese “opresor”, y ante alguna dificultad les dicen a los sus “medios” que no apunten a las personas que dirigen las cosas, a ellos mismos, sino a su antítesis, a los deplorables amargados que (dicen) lo están arruinando todo.

Y eso incluye, seguramente, a las personas que defendemos un mundo ordenado por algo más que multimillonarios y burócratas, y eso se ve como algo intolerable. Sin duda, hay que evitar problemas y se intenta llegar a compromisos, pero eso, me temo, no servirá de nada ya que las exigencias no paran de aumentar y el sistema, en cualquier caso, necesita de víctimas a las que atacar. Así que debemos prepararnos para un camino lleno de baches.

Y eso significa defender aquellas cosas que en nuestra tradición mejor sientan las bases para una clase de mundo diferente: el amor al prójimo, el amor a la familia, el amor al Bien, la Belleza y la Verdad, el amor a Dios y el reconocimiento de nuestra realidad como católicos. Dado que eso es justamente lo que deberíamos estar haciendo siempre, ¿por qué debería quejarme de estos tiempos? Si están dejando claro cual es mi deber, y ese es el mejor servicio que nos pueden brindar.

Buenos días.

martes, 3 de noviembre de 2020

Buscando proyectos.

 “Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton)

El domingo pasado volvimos a realizar otra excursión, esta vez recorriendo el pantano de Beniarres y entrando en el barranco de la Encantada desde la presa, una parte de nuestra provincia que había permanecido escondida para nuestras bicicletas.

A la vez estoy empezado a buscar los proyectos para el próximo año, por supuesto con el permiso de la covid-19, en un principio van a ser tres los primordiales y a los que prestaré más atención, junto con los del día a día.

Resulta que por muy principales o importantes que puedan ser esos tres proyectos para el año que viene, es el proyecto diario el más importante, la clave de todos los demás. Como las excursiones de los domingos, que con la ayuda de la bicicleta vamos recorriendo y conociendo nuestra tierra.

Resulta curioso que apenas piense en esas pequeñas excursiones cuando me planteo el año próximo, no las tengo en cuenta y es un error, ya que en ellas se encuentran las raíces de todos los grandes proyectos. Y tal vez porque no las planifico son tan satisfactorias. Planificamos tanto, incluso, nuestro tiempo libre que deja de serlo y pasa a ser un compromiso más de nuestra agenda.

Es fácil que la clave para buscar proyectos se encuentre en ver el mundo que nos rodea con una perspectiva cotidiana, inspirándonos en lo grandioso de esas pequeñas aventuras que realizamos cada semana. Mirar en lo que hacemos cada día para recoger detalles, experiencias y sensaciones para combinarlos e incluirlos en los proyectos que pensamos serán más importantes y que estamos buscando.

La combinación entre lo que hemos hecho, lo que hacemos y lo que pretendemos hacer debería ser una constante en esa búsqueda, lo que nos lleva a que esos proyectos serán personales, los habremos llenado de nuestras experiencias, sin darnos cuenta habremos creado un estilo personal, un viaje de acuerdo con nuestra esencia, sin presiones y con naturalidad.

Esos proyectos se convierten en algo emocionante, son personales y reflejarán lo que somos, están llenos de nuestra personalidad, por lo que pueden transmitir nuestro estado de ánimo mientras los estamos planeando, serán brillantes cuando nos sintamos alegres y optimistas, y tristes cuando estemos deprimidos al organizarlos. Más allá del lugar al que vayamos, al final somos personas y lo que experimentemos depende mucho del estado de ánimo que tengamos.

Nunca se sabe exactamente cómo será nuestro proyecto, mucho menos cómo llegaremos al final de él, pero sí sabemos cómo lo hemos preparado. Ese momento es el momento en el que habremos puesto el sello de calidad, en el que, en un acto de voluntad, podemos asegurar una gran parte del éxito, nuestra actitud frente a él lo determina todo. 

La inspiración podemos encontrarla en cualquiera de estas “pequeñas” excursiones, sólo hay que saber prestar atención. No hace falta buscar en espacios exóticos o emprender búsquedas en documentales de viajes. Es en nuestras calles, carreteras, caminos y paisajes que nos rodean donde podemos recoger la fuente de inspiración.

Incluso aquello que se presenta de manera sencilla, puede ser la clave que estábamos buscando, puede que hayamos recorrido el trayecto de Planes a Pego y de Pego a Planes mil veces, sin prestar suficiente atención como para detectar los finos detalles del paisaje, pero tal vez, un día captemos ese detalle, que al final, será el que decidirá nuestros proyectos.

lunes, 2 de noviembre de 2020

En apoyo de la familia.

 “Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton)


Comencé hace unos días un confinamiento voluntario en el que solo saldré para hacer ejercicio, una excursión en bicicleta el fin de semana y para realizar la compra. He renunciado por lo tanto a cualquier acto social con él fin de reducir las posibilidades de contagiar o de contagiarme. No sé qué más puedo hacer, además de intentar cumplir con todas las normas que desde el ministerio de Sanidad me ordenan o me aconsejan.

Creo que lo comente hace unos días, no estoy viendo clara la salida de esta pandemia ni en lo que se refiere a la sanidad ni tampoco en la económica ni la política. Si sanitariamente solo tengo que hacer caso de los sanitarios y confiar en ellos pues no poseo conocimientos sanitarios y por lo tanto no estaría bien que los cuestionase, no sucede igual con el tema político y por añadidura el económico que va unido a él. Mi derecho al voto en las elecciones me da la suficiente autoridad para dar mi opinión hasta el día en que tenga que depositar mi papeleta para hacerla efectiva.

No tengo duda de que estamos en los inicios de una etapa oscura de nuestra historia. Si nadie lo remedia, se nos avecina una nueva era marcada por nuevas formas de totalitarismo, dictaduras y de represión que se esconden bajo el paraguas de una democracia de pensamiento único. Parece como si las novelas de Orwell o de Robert Hugh Benson se nos vinieran encima de repente. Esta nueva clase de democracia quiere primero dominar y después transformar la sociedad. Pero claro, para ello, antes se necesita destruir algunos de los pilares de nuestra actual sociedad.

Echando un vistazo es fácil darse cuenta de que uno de esos pilares que más se ataca y que con más obsesión se quiere no solo transformar sino destruir es la familia. No es difícil llegar a la conclusión de que la familia es la piedra clave de la sociedad. En ella se establecen unos lazos, unos vínculos y se transmiten unos valores que ese pensamiento único se quiere imponer detesta.

La pregunta es obligada; ¿por qué se quiere terminar con la familia? ¿Por qué esa obsesión? Pues, pienso yo, que porque la familia tradicional es la célula básica de la sociedad. La persona, sin familia, sin referencias, sin ningún tipo de anclaje, sin un paraguas que la ampare cuando llegan estas crisis o estas dificultades; esa persona, queda a merced del Estado.

Una vez conseguido esto el camino es fácil; se toma el poder de todas las instituciones, y el Estado se convierte en un salvador, dueño y señor del destino de cada individuo. El Estado se ha convertido entonces en una especie de ídolo al que hay que acudir para que solucione todos los problemas de la gente: la educación, la sanidad, las pensiones, las prestaciones por desempleo… El hombre queda entonces a merced del Estado que me hará feliz y garantizará mi bienestar a cambio de que sea sumiso y obediente.

Con eso, ¿qué se ha conseguido? reducir al silencio a la sociedad civil y a cualquier institución intermedia entre el Estado todopoderoso y la persona. Se acaba así con la libertad y con la democracia, y se instaura un nuevo tipo de totalitarismo – con apariencias de democracia – que condenará a cualquiera que se atreva a ir en contra de ese pensamiento único que es el políticamente correcto.

Si echamos una mirada atrás, veremos, que después de la Revolución del mayo del 68, curiosamente, se empieza a atacar a la familia considerándola como una institución reaccionaria. En los años 70, del siglo pasado, se empieza a decir que el matrimonio mataba el amor; que cuando se ama a otra persona, no hacían falta contratos ni firmas ni ceremonias. Se defendía entonces el “amor libre” y las “parejas de hecho”. Lo ideal era que las parejas vivieran juntas, sin ataduras ni compromisos ni vínculos matrimoniales. Y así, cuando el amor “se acabará”, cada uno se iba por su lado y aquí paz y después gloria.

Pero no funcionó muy bien pues la gente continuaba casándose y el plan de acabar con la familia por ese camino había fracasado, o se mostró claramente insuficiente, y se tuvo que ir más allá:  los ideólogos “progresistas” tuvieron que ir más allá: “si no podemos destruir a la familia convenciendo a la gente para que no se case, vamos a acabar con la familia procurando que legalmente cualquier cosa sea una familia”. Y entonces, se acabó con el discurso del amor libre y decidieron reformular el concepto de matrimonio y propugnar “nuevos modelos de familia”: familias monoparentales, homosexuales… Y todos los que hasta hacía un minuto despreciaban el matrimonio y atacaban la institución familiar, se pusieron a reivindicar su derecho a casarse. Pero créanme: a quienes promueven estas clases de matrimonio, el matrimonio en sí les importa un bledo. Lo que quieren es acabar con la familia tradicional: si cualquier cosa es un matrimonio y una familia, el matrimonio y la familia acaban convirtiéndose en nada. Su objetivo sigue siendo el mismo que cuando predicaban el amor libre. Ni más ni menos.

Es fácil que este equivocado en algunas de mis afirmaciones y que tal vez no tenga un punto de vista muy acertado de hacia dónde se dirige nuestra sociedad, incluso puede suceder que sea un poco exagerado, pero lo veo así, y los que han intentado hacerme cambiar de opinión en realidad muchos de ellos no sabían lo que es una familia.

Y es que, la familia es una institución social (por lo tanto, no algo meramente privado) que ha revestido diferentes formas en la historia, pero siempre encaminadas a la procreación y a la educación de los hijos. Lo demás será lo que fuere, pero nunca será una familia.

En este sentido, la poligamia y la comuna son formas de organización familiar, pero un grupo de amigos o un club nunca lo pueden ser, por más afecto y satisfacción moral que proporcionen a sus miembros. En la cultura occidental y, a través de ella, en la mayoría del mundo, se ha impuesto una forma de familia que procede del derecho romano y de la religión cristiana: la familia basada en la unión matrimonial entre un hombre y una mujer con el fin de procrear y educar a los hijos.

Viéndolo así, si la familia se fundamenta en el afecto, y los afectos son efímeros y pasajeros, la familia ha de ser, necesariamente, efímera y pasajera. Pero ni la familia se basa en el afecto, ni todo afecto da lugar a una familia. El matrimonio se fundamenta en el amor, que lejos de ser una pulsión arbitraria y pasajera, exige fidelidad y eternidad. Nada pasajero es obra del amor. Además, las funciones sociales encomendadas a la familia también exigen su estabilidad.

No debemos equiparar la familia con realidades de otra naturaleza. Equiparar lo que no es equiparable no es una exigencia del principio de igualdad, sino la comisión de una injusticia. Una cosa es reconocer efectos civiles a relaciones afectivas no familiares, y otra vaciar de contenido al matrimonio y a la familia para convertirlos en algo amorfo, indoloro y acogedor. Por estas y otras razones, resulta hoy necesario defender a la familia.