miércoles, 31 de diciembre de 2025

¡Buenas días! Despedimos 2025.

         ¡Muy buenos días!


        Terminamos esta noche un año y empezamos otro, esta vez nos toca despedir el 2025 y empezar el 2026, hemos comenzado ya muchos y siempre los miramos con esperanza, pero la esperanza no es sinónimo de optimismo ni de sueños a tontas y a locas. 

        Existen algunas definiciones de lo que significa la esperanza, el cristianismo tiene una, pero hay otra que también me gusta, la pronuncio Václav Havel en una conferencia en 1995 y que es bastante utilizada, de ahí que nos va a resultar familiar: “La esperanza no es la creencia de que algo saldrá bien, sino la certeza de que las cosas, independientemente de cómo salgan, tienen un sentido”.

        Nos pasamos la vida esperando. Incluso aun cuando no nos damos cuenta. A veces somos conscientes de lo que esperamos, otras no tanto. Esperamos, esperamos…Somos como viajeros esperando la llegada del tren. 

        Intuimos que falta algo en nuestra vida, que ésta está incompleta, que hay algo en nuestro interior que nos dice que no podemos quedarnos quietos, que debemos seguir moviéndonos hacia algo más alto, más lejos, más grande.

        Esperamos entre dudas, entre deseos, entre sueños. Esperamos que lo que sea llegue dispuesto a encajar todas las piezas de nuestra vida, tal y como nos gustaría. 

        Todos esperamos. ¿Y sabes qué? Cuando miro al año que acaba de finalizar, entiendo que valía la pena, tenía sentido porque, efectivamente, había algo que esperar. 


martes, 30 de diciembre de 2025

¡¡¡Buenos días!!! Proyectos e ilusiones.

 ¡¡¡Buenos días!!! 

        Pasan los años y algo que tengo cada vez más claro es que todos debemos tener sueños y proyectos personales por cumplir hasta el final de nuestros días. ¡Nunca! Los abandonemos, ni por un momento. 


        Como cada año por estas fechas me imagino como será no el resto de mi vida sino el año que voy a estrenar, y quiero llenarlo con proyectos e ilusiones, quiero poner fecha a esos sueños, pues en caso contrario tengo miedo a que aparezca la desmotivación, un poco de depresión y una sensación de fracaso. 

        Todos tenemos derecho a desear con todas nuestras fuerzas que lo que parece imposible se cumpla; a superarnos, a confiar en nuestras propias capacidades, a tener objetivos. Nuestra situación, sea la que sea, no nos debe impedir nunca buscar ser mejores personas, mejores seres humanos y a superarnos. Nuestra libertad y nuestros derechos no los tenemos para destruirnos y destruir a los demás, sino para ser mejores, para lograr nuestro bien y el de los demás. 

        Todos tenemos derecho a ese sentimiento de alegría y satisfacción que se produce cuando conseguimos lo que deseamos o la esperanza de alcanzar aquello que deseamos intensamente.  

        Lo que nos gustaría es vivir nuestra vida con la satisfacción de ir logrando realizar esos sueños, esos proyectos e ilusiones, de lograr o de que suceda algo que anhelamos o perseguimos. ¡Nunca debemos perder esa confianza! A pesar de los problemas y retos que nos puedan acechar, nunca debemos perder la fe en la Providencia y en nosotros mismos. No debemos de estar preocupados de que nos vean diferentes por seguir nuestros sueños, debemos tener miedo a ser como todos los que se conforman con la monotonía de una vida sin ilusiones. Hay que aprender a vivir, a superar y vencer las dificultades y transformarlas en positivo. Los problemas, los retos, las dificultades existen para ser superados, para demostrarnos a nosotros mismos que somos capaces de vencer lo adverso y triunfar. 

        Pues bien, he hecho ya los planes para este 2026 que empezará dentro de nada y también se, como dice el refrán popular, “del dicho al hecho hay mucho trecho” , y esto puede suceder porque tal vez lo que he pensado es irreal o porque diversos factores que intervienen en la vida, una enfermedad imprevista, un accidente, un acontecimiento familiar, un problema económico: mil situaciones que paralizan y dejan aparcados esos proyectos. 

        Muchas de las cosas que quiero hacer el año próximo es fácil que no lleguen a buen puerto. Pero estoy seguro que otras muchas si, y que se van a convertir en realidad, entonces ¿Dónde está la clave? ¿De dónde me llegan la fuerza y la decisión para conseguirlo?  

        La voluntad humana encierra energías insospechadas. Si esa voluntad se deja atrapar y mover por aquellos proyectos que tienen sentido y que nacieron desde el interior de un corazón decido ya estamos a medio camino. 

        No todos los proyectos, hay que recordarlo, son buenos, ni para uno mismo ni para los demás.  

        A pesar de todo, con éxito o sin éxito, es hermosa la lucha de quienes invierten la propia vida para que el amor alcance metas buenas, para que al menos queden abiertos caminos a realizaciones concretas. Esa lucha es por sí sola una victoria de la justicia, y no quedará sin recompensa. 

domingo, 28 de diciembre de 2025

¡Buenos días! ¡No los hechos primero; la verdad primero!

         ¡Buenos días!

        Ahora que vamos a entrar en unos días, donde casi sin querer empezaremos a repasar lo que nos ha pasado en el último año es interesante que nos demos cuenta de que no debemos mirar el 2025 sólo literalmente, sino literariamente. 



        Sin la capacidad de ver literariamente las cosas, estaríamos ciegos; no podríamos ver ni comprender quienes somos. G. K. Chesterton decía que: “No los hechos primero, primero la verdad”.  Lo argumentaba de la siguiente forma, los hechos son meramente físicos, mientras que la verdad es metafísica. O sea, los hechos son aquello que es cuantificable, medible materialmente. La verdad no es cuantificable; no puede medirse materialmente. La bondad no puede pesarse en una balanza; la verdad no puede sondearse en términos de profundidad o amplitud física; la belleza no puede calentarse en un tubo de ensayo. La metafísica no puede relegarse a la física, ni puede ser confinada por la física. Trasciende todo confinamiento físico. Quienes buscan la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, nunca la encontrarán en los hechos y nada más que los hechos. ¡No los hechos primero; la verdad primero!

        Pues bien, esto nos lleva a otra paradoja ya que solo podemos acceder a esa realidad metafísica por medio de nuestros sentidos físicos. O lo que es lo mismo, debemos percibir los hechos y nada más que los hechos para alcanzar la verdad y nada más que la verdad. ¡No la verdad primero, sino los hechos primero! La verdad es la meta y el propósito de la percepción, pero los hechos son el medio necesario para acceder a ella. Los últimos serán, en efecto, los primeros, y los primeros, los últimos.

        Llegados a este punto nos damos cuenta de que estamos ante una paradoja interesante que ha sido abordada y discutida infinidad de veces, y creo que la manera en que se la planteo San Agustín nos puede aclarar bastante la situación. San Agustín insistía en que la verdad solo puede conseguirse por medio de una lectura literaria de los hechos, no solo literal. Se necesita ver las cosas como cosas, pero también como cosas que significan otras cosas. Una huella de un animal en el barro es un hecho físico, pero significa el paso de un animal caminando hacia algún lugar. O sea, algo físico que significa algo distinto. Otro ejemplo puede ser el del humo que puede decirnos que hay fuego. 

        Algo que nos habla de otra cosa es lo que suele denominarse una alegoría, o sea: “Ficción en virtud de la cual un relato o una imagen representan o significan otra cosa diferente”. Así nos lo explica el diccionario. Por lo tanto, puedo atreverme a decir que todo signo natural o convencional es una alegoría. 

        El uso de las palabras nos muestra continuamente la diferencia entre su significado literal y lo que queremos expresar. Al utilizar la palabra “hombre” o al escucharla lo primero que me viene a la mente es una persona, no una persona en concreto como puede ser Juan o Pedro sino a la “especie” hombre, en cambio si digo “ese hombre corre” ya no lo estoy haciendo a la “especie” sino en concreto al que está corriendo, la palabra es la misma, pero nos cambia el significado. Es más, si digo hombre es una palabra bisílaba, entonces  ya si que no tiene nada que ver con el hombre como especie animal. 

        No solo hablamos y escribimos literariamente, sino que oímos y leemos literalmente y lo interpretamos literariamente. Lo mismo sucede con los hechos que vemos y producimos. Nuestra vida no es solo un hecho literal, sino que es vista como una verdad literaria. Nuestras acciones son interpretadas por otros. Aprendemos de los demás y ellos aprenden de nosotros. Siguen nuestro ejemplo, para bien o para mal. Cosechan los beneficios o sufren las consecuencias. Aprenden las lecciones que estas consecuencias enseñan.

        Somos, por tanto, alegorías vivientes y palpitantes. Somos signos que transmiten significado a los demás. Cada una de nuestras vidas es una historia que otros leen y que debemos aprender a leer nosotros mismos, viendo la importancia de lo que hemos hecho y de lo que hemos dejado de hacer. Pero cada una de nuestras vidas forma parte de una historia mayor, en la que se entrelazan con las vidas de innumerables personas, tanto vivas como muertas. 

        Cuando en estos días se lee la Biblia sucede como en la vida cotidiana, necesitamos ir más allá de los hechos para llegar a la verdad. La Biblia, como la vida misma, no debe leerse meramente de forma literal, sino literaria. Por eso, se tiene que pasar de los análisis literales y convencionales a la interpretación alegórica de la Escritura. Debemos comprender el significado literal, como debemos conocer los hechos, pero solo para trascender lo literal y lo factual con la luz literaria de la verdad.


sábado, 27 de diciembre de 2025

¡Buenos días! ¡La marea alta y el cambio!”

 ¡Buenos días!

        Cada vez que se mira la cantidad de tecnología que nos rodea nos resulta fácil pensar que su uso es el medio por el cual vamos a poder controlar nuestra vida. Si utilizamos bien las herramientas que nos proporciona vamos a poder tomar el control de nuestro futuro. Cuanta más confianza pongamos en ella, mayor será nuestra capacidad para solucionar cualquier problema que se nos presente. Nuestra Fe está siendo reemplazada por la fe en el poder tecnológico que puede llevarnos a controlar el futuro.  



        No voy a cuestionar el poder que tiene la tecnología. Aquí no tengo dudas. Es más, parece que tenga el poder de hacer que el tiempo nos espere. Nos permite vivir más, retrasando la llegada de la muerte. Aunque hay que admitir, por ahora, que la muerte solo podemos retrasarla, no negarla, y que el tiempo puede esperar un rato, pero no mucho. Los verdaderos creyentes en el poder de la tecnología tienen fe en que la misma muerte algún día será vencida y que el hombre al final conseguirá la inmortalidad. La tecnología marca el comienzo de una era en la que el tiempo mismo tendrá que esperar interminablemente al hombre.

        Pero, nada de lo anterior es nuevo. En el medievo los alquimistas ya buscaban el elixir de la vida y la piedra filosofal, estaban locos por descubrir maneras de controlar el poder de la muerte y convertir cualquier cosa en oro. Ahora son las farmacéuticas con la ayuda de la tecnología las que buscan el elixir de la vida. La clave es que cuanto más cambian las cosas, más iguales permanecen. 

        Hasta ahora, en el momento en que la tecnología a contado con un poder excesivo siempre a terminado usándose mal. De hecho, para quien tenga ojos para ver, el futuro ya parece escrito.  El desarrollo de las armas de destrucción masiva nos lleva a ver un “progreso” en su fuerza y en su precisión. Las armas biológicas también han visto mejoradas su fuerza devastadora gracias y sobre todo por la tecnología. 

        Ya sé que nada de lo anterior va a romper la fe ciega de los tecnófilos “progresistas”, y es que no hay nadie más ciego que quien no quiere ver. 

         Mirar todos estos avances con tranquilidad, razonando sus consecuencias y sacando conclusiones de lo que el tiempo nos ha enseñado a través de la historia y la tradición nos debe llevar a aprender que ningún poder terrenal va a poder vencer a la muerte. Aprender que lo mejor es despegarnos de esa idea de que vamos a tener el control absoluto, sabiendo como sabemos que nuestras vidas mortales y cualquier poder que podamos tener son prestados. No somos dueños de nuestras vidas y tendremos que renunciar a ella cuando nuestro derecho a la vida termine. La muerte no va a ser engañada. 

        Sabemos que el tiempo y la muerte no esperan a nadie, que no vamos a poder detener el ciclo de las mareas, pero también conocemos el porqué del grito del rey Alfredo en la Balada del Caballo Blanco de Chesterton: “¡La marea alta!, ¡La marea alta y el cambio!”. Sabía que el tiempo y la marea no esperan a nadie, pero también sabía que la marea debía cambiar. 


jueves, 25 de diciembre de 2025

¡Buenos días! Vacío interior.

 ¡Buenos días!



        En nuestro entorno está aumentando la cantidad de personas que se consideran desafortunadas y es curioso porque esto está sucediendo en lugares donde el paro disminuye y las desigualdades sociales también lo hacen, pero a la vez han aumentado los suicidios, la soledad y la desconfianza entre las personas. 

        Y esto no es bueno, no está bien que exista una desconexión entre el bienestar social y el bienestar personal. Y eso se debe, a diferentes factores, pero insisto, no es positivo este deterioro doloroso de la relación entre el entorno social y el personal. 

        Una cosa pienso yo que es el bienestar personal y otra cosa es la insatisfacción. Cada vez hay más personas que se encuentran en un entorno económicamente seguro y a la vez insatisfechos con su vida, y tendríamos que saber que quieren decir al sentirse insatisfechos. Sufrimiento social e insatisfacción no son lo mismo. Hay personas que tienen cero de sufrimiento social y un descontento infinito.

    Ante este problema tenemos una corriente, podría decir que “conservadora” que encuentra en la defensa de los valores tradicionales una solución, nos indica que hacer un esfuerzo y recuperar todo lo que se perdió a partir de los años 60 del pasado siglo lo solucionaría. Algo de razón hay, pues en países donde la tradición sigue fuerte no tienen este problema tan agudizado. Habrían sido el individualismo y una cultura enfocada en exceso en la satisfacción personal las que han causado el sufrimiento y la insatisfacción en estos países.  

        Creo de todas formas que esta corriente comete un error al confundir unos síntomas con una enfermedad o sea las consecuencias con las causas. La enfermedad no es el individualismo, el olvido de los valores comunitarios o del sentido de arraigo. La enfermedad es no haber sabido, es más, no saber todavía ni ver ni entender la naturaleza de ese vacío interior que causa insatisfacción. No se puede llenar ese vacío con una relación de pareja, o con el éxito pero tampoco con los valores de la tradición, con un arraigo a unas ideas que hemos convertido en un fin en sí mismo o con una religiosidad que pretenda hacer desaparecer la tristeza y el interrogante sobre el sentido de la vida.

        El vacío en el interior del hombre, su insatisfacción, es una característica de la condición humana. Ese vacío no es sinónimo de la nada, es esa relación con lo que no podemos comprender y que nos hace ser lo que somos, es la marca de lo divino. Cualquier solución que no alimente esa insatisfacción y esa pregunta no dará en el blanco. 


miércoles, 24 de diciembre de 2025

¡Buenos días! ¡Esta noche es Noche Buena!

     Hoy es Noche Buena, y en cada lugar nos llega con sus tradiciones y celebraciones, sin embargo detrás de cada celebración, a menudo olvidamos este mensaje: la Navidad no es sólo una fecha, sino que se trata de un nacimiento que posee el poder de transformar nuestra vida, día tras día. 


 

     Lo que vamos a celebrar esta noche no es solo un hecho histórico, sino un recordatorio personal y permanente. Pues sí, permanente.

    Estamos acostumbrados a calcular el tiempo en ciclos: unos días para conmemorar, unos meses para trabajar, unas semanas para descansar. Sin embargo, al limitar la Navidad a está noche o a mañana, podemos caer en el error de convertir su mensaje en un sentimiento efímero. Si yo dejo que la Navidad se quede en los villancicos, las luces, los belenes, las felicitaciones, los regalos… lo que estoy haciendo es reducirla a una tradición más, y no a una revolución que es al final lo que es.  

    Por eso, pasado mañana, cuando empecemos a centrarnos en la Noche Vieja y a despedir el año, deberíamos hacer algo diferente. Permitamos que estos sentimientos que ahora nos inundan, de esperanza y amor, viajen con nosotros durante todo el año. Vivamos con la seguridad de que el mensaje de esta noche no tiene fecha de caducidad, sino que va a permanecer como esa luz que nos ilumina cada día. 

    Si lo pensamos un poco nos daremos cuenta de que el verdadero mensaje de la Navidad no se acaba; se vive, se comparte y por eso tiene el poder de transformar a las personas. Y ese es el regalo más grande que podemos dar al mundo.


martes, 23 de diciembre de 2025

¡¡¡Buenos días y Feliz Navidad!!!

     ¡¡¡Buenos días y Feliz Navidad!!!



Desde hace tiempo la Navidad la he considerado como unos días de toma de decisiones, de ver el mundo y decidir “hacer” algo. Es un tiempo de preguntas a las que tenemos que buscar respuestas y tomar algunas decisiones y, es que, si miramos atentamente a nuestro alrededor y además hacemos un esfuerzo en mirar más allá, nos encontramos preguntándonos: ahora, ¿dónde hay guerra y dónde hay paz? ¿Quién ríe y quién llora? ¿Quién está bien y quién está mal? ¿Quién tiene salud y quién está enfermo? ¿Quién nace y quién muere? Una vez encontradas las respuestas, ¿qué vamos a hacer y qué parte de culpa tenemos, y qué asumimos?

Y vemos que la mayoría de las respuestas nos llevan al mismo punto de partida, nos devuelven a mirar en nuestro interior y darnos cuenta de que tenemos un problema que resolver. He buscado un poema de Heinrich Heine (1797-1856) que pienso que nos lo muestra bien, el poema se titula “Preguntas”. Las traducciones del alemán siempre son complicadas pero la siguiente me gusta:

A la orilla del mar, del mar salvaje y nocturno,

un joven permanece en pie,

lleno en el pecho de anhelo, la cabeza de dudas,

y con los labios de melancolía dice a las olas:

 

«Oh, desveladme el misterio de la vida, ese tormento tan antiguo

al que ya tantas cabezas dieron vueltas,

cabezas con gorros jeroglíficos,

cabezas con turbantes, con birretes negros,

cabezas con peluca y otros miles

de pobres cabezas de hombres, bañadas en sudor…

 

Decidme, ¿Qué significa el hombre?

¿De dónde vino? ¿A dónde va?

¿Quién vive allá arriba en las estrellas?»

 

Las estrellas murmuran su eterno murmullo,

el viento sopla, huyen las nubes,

brillan las estrellas, distantes y frías

y un necio espera respuesta.

  ¿Quién es el hombre? ¿De dónde viene? ¿Adónde va? ¿Tiene sentido la vida?  Ese joven cargado de dudas implora una respuesta. Pero es inútil. Todo a su alrededor le muestra indiferencia y no muestra ningún signo de comprensión. Pero no puede renunciar a una respuesta y roza la locura.  

Un poema que nos recuerda la soledad a la que estamos condenados. ¿Adónde vamos?, ¿cuál es esa meta por la que vivo? A la luz de la Navidad, esas preguntas tienen una respuesta sorprendente: nuestro objetivo es el mismo que el de Cristo. Si repasamos un poco veremos que Cristo vivió para realizar la gloria de Dios, es decir, para dar vida a la humanidad en el amor del Padre, comunicándole así la vida y la felicidad divinas. El hombre existe para ser feliz, sentimos una necesidad irreprimible de felicidad. Ahora bien, no encontramos nada terrenal, limitado y temporal que pueda hacernos plenamente felices. Nuestra cabeza y nuestro corazón va más allá de todo lo que tenemos a mano, nuestro espíritu mira más lejos, busca el infinito.

Algo en nuestro interior nos dice que hay un lugar donde podemos ser felices para siempre, donde la felicidad completa existe, lo sabemos porque de alguna manera hemos estado allí y anhelamos volver.  

La Navidad es el acontecimiento que nos da la oportunidad para volver a ese Paraíso del que fuimos expulsados por un pecado que cometimos y que ahora se nos es perdonado. Ese joven que, a la orilla del mar, se pregunta por el sentido de la vida y espera una respuesta de las olas, puede empezar a conocer las respuestas en la Navidad. El acontecimiento de la Navidad trastoca y aclara todas las dudas y hace que el hombre se vea a sí mismo con un telón de fondo de dignidad, valor, inmortalidad. Desde ese día, todo hombre es sagrado, digno de todo cuidado, de todo respeto. Desde entonces, la desesperación, que está en el fondo del alma del hombre decepcionado tiene derecho a la esperanza, a revivir.

El panorama y las posibilidades que se nos presenta por el nacimiento de Jesús son enormes y revolucionarias.Concretan y dejan claro nuestra divinidad y dignidad, el respeto y la justicia que se le debe a toda persona; definen también los fundamentos sobre los que tenemos que construir no sola nuestra sociedad sino también un mundo nuevo siguiendo lo que nos enseña la Navidad: confianza, amor, solidaridad.

En fin, nuestra historia nos dice cuando la repasamos, que cuando se oscurecen estos horizontes, siempre hemos terminado en la barbarie.

¡FELIZ NAVIDAD A TODOS!

sábado, 20 de diciembre de 2025

¡Buenos días! " ¿Qué significa saber algo?

 Buenos días.



Hay días en los que te levantas lleno de preguntas que aparecen como por arte de magia, interrogantes que cuestionan nuestras pautas de conducta, nuestros ideales de pensamiento y que nos llevan a pensar que podemos estar equivocados, y que nuestras certezas no se encuentran al lado de la verdad.

¿Cuál es el mecanismo que me lleva a afirmar que mis ideas sobre cómo entender la vida es verdadera y fiable? Podría ser una de ellas, a la que tendría que añadir; ¿Cómo se lo que digo saber? ¿Puedo estar seguro de algo? ¿Qué significa saber algo? Estas preguntas van a definir la forma por la que recibo mis ideas y mis valores.

Tener la certeza clara y manifiesta de algo es suficiente fundamento para que sea verdadera en dos casos principalmente: la evidencia que observan nuestros sentidos y la evidencia que aceptamos a partir del testimonio de otros; o sea, resumiendo, de la experiencia directa y la creencia.

Parece bastante claro que aceptar algo como cierto a partir de la experiencia directa depende del correcto funcionamiento de nuestros cinco sentidos: vista, oído, olfato, gusto y tacto. Y por eso puedo cometer errores al aceptar algo como verdadero o falso si tengo algún defecto físico como, por ejemplo; una mala vista o poco olfato.

El conocimiento basado en mi experiencia es fundamental, pero difícilmente mi conocimiento va a terminar ahí. La mayor parte de lo que se lo acepto basándome en el testimonio de una persona que tenga autoridad en esa cuestión, es lo que se denomina: la creencia. Cuando acepto algo como cierto, basándome en un testimonio, va a depender de la fiabilidad de quien lo afirma y de mi buen juicio al reconocer la veracidad del testimonio. La mayoría de nosotros confiamos, por ejemplo, en que la fórmula H2O del agua no es falsa.

Por supuesto, puede pasar, que acepte un testimonio de buena fe y que después descubra que quien lo dijo estaba mal informado, equivocado o era malintencionado. También puedo tener deficiencias intelectuales por muchas razones: mis neuronas no funcionan ya como antes; me he vuelto perezoso intelectualmente; saco conclusiones precipitadas; o me estoy agarrando a patrones de pensamiento que me hacen confundir los hechos.

Es fácil pensar que mis dudas e incertidumbres son problemas modernos, pero siempre han estado ahí, son parte de la condición humana. Solo basta recordar cuando Poncio Pilato preguntó, en un momento de desorientación: "¿Qué es la verdad?"

En alguna ocasión nos habrá pasado de que nuestra referencia intelectual ha estado equivocada pues se basaba en una información errónea o en personas cuya autoridad sobre el tema era poco fiable. Por eso es necesario cuestionar nuestras creencias y reexaminar sus fundamentos.

Nuestra honestidad intelectual nos pide que de vez en cuando reconsideremos los fundamentos de nuestras ideas, no con desconfianza ni recelo, sino con la confianza de estar buscando la evidencia de ellas.

jueves, 18 de diciembre de 2025

¡Buenos días! Necesidad de coherencia.

     Buenos días.



Cada vez encuentro más triste leer y escuchar muchas declaraciones y discursos, me cuesta hacerlo porque tengo la sensación adquirida en los últimos años, de que va a existir una distancia entre lo que se va a decir y lo que después se hará. Y pienso, que ahí se encuentra una de las mayores faltas y necesidades de nuestra sociedad: la necesidad de coherencia.

Lo que estoy intentando decir es algo no muy complicado: ser coherente entre los valores que se dicen defender y la toma de decisiones en la vida real. Tiene que haber una coherencia honesta entre la palabra y la acción que, cuando aparece, provoca respeto incluso cuando se tengan ideas contrarias.

No es difícil entender una equivocación; lo que complica las cosas es cuando no existe ninguna rectificación, cuando comprobamos que existen varias varas de medir, lo fácil que resulta exigir unas obligaciones que uno mismo no está dispuesto a asumir. Es en todas estas actitudes donde nace la desafección, la desconfianza y, lo que es peor, la resignación.

Todo lo anterior se puede extender no solamente a nuestros políticos. También lo puede hacer a nosotros que observamos, opinamos y exigimos. No podemos tener pequeñas incoherencias en nuestro día a día y esperar tener una vida integra. No se puede tener una ética hacia fuera que no coincida con nuestra actividad diaria.  

De ahí que tenga la opinión de que se tiene que recuperar la coherencia en nuestra sociedad y que ello no es solo una labor de nuestros políticos, sino una necesidad cultural y personal. Lo que quiero expresar que se tiene que volver a pensar que las palabras tienen peso, que los compromisos nos obligan y que tener valores no es solo una herramienta de marketing, sino una forma de vida. Significa comprender que la credibilidad no se ordena: se fabrica con actos todos los días.

Ya se que no se pueden cambiar de golpe todos los vicios de nuestra sociedad, lo que sí se puede hacer es observar con honestidad la diferencia que existe entre lo que creemos y lo que hacemos. Y es que, tal vez sea en ese sencillo gesto donde empiece el verdadero cambio.

A nivel personal es más fácil reducir la distancia entre lo que hago y lo que creo que debería de hacer, sin embargo, cuando hablamos de política la cosa se nos complica. Que haya coherencia en política resulta difícil. En parte, porque hay políticos que dicen defender lo que en realidad saben imposible. En parte, porque una cosa son los proyectos ideales y otra muy distinta la realidad vista al recibir un encargo concreto.

Que existan esos problemas para que nuestros políticos sean coherentes no hace desaparecer nuestro deseo de que lo que se promete en la campaña electoral sea luego respetado en el parlamento, en el gobierno o en otras instancias de poder.

Porque si escojo dar mi voto lo hago con el deseo de que se defiendan y promuevan ciertas ideas y ciertos programas, y no para que luego se realice todo lo contrario de lo prometido antes de las elecciones.

Además, las incoherencias de no pocos políticos que ya hemos comprobado y que nos han generado una gran desconfianza, nos obligan a hacernos preguntas: ¿Cómo saber lo que harán los futuros parlamentarios y gobernantes que no fueron capaces, en el pasado, de respetar sus promesas?

En una sociedad llena de incoherencias y de engaños, de mentiras y de maniobras oscuras, encontrar políticos coherentes no resulta fácil.

La coherencia en política tiene que ser un requisito básico para que haya respeto hacia quienes más se comprometen en la vida pública. Porque solo va a ser un buen candidato a cualquier cargo público quien muestre con transparencia sus propios programas, y luego intente aplicar en serio el deseo de quienes lo votaron precisamente para llevar a cabo esos programas.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

Buenos días. Respeto.

     Buenos días. 



Hay palabras que nos parecen sencillas, breves, cotidianas y sin embargo tan frágiles y silenciosas que en ellas se juega una parte de nuestras relaciones. Una de ellas es respeto, y es que respetar es, antes que nada, recordar a quién o qué tenemos delante.

Estamos ante una palabra que nos hace reconocer el valor, la consideración y la dignidad que merece alguien o algo y nos lleva a demostrarlo con nuestra forma de comportarnos. El respeto es por lo que reconocemos en cada persona el lugar que le corresponde, su dignidad, el lugar y la influencia que está ejerciendo en nosotros.

Pero, antes de seguir, quiero aclarar qué implicaciones tiene el respeto para las cosas que, en principio, no están representadas en todo lo anterior. Hablamos por ejemplo de respetar la Naturaleza, respetar los libros, las posesiones ajenas, respetar las reglas del juego, etc. Sin duda, estamos utilizando la palabra con otro matiz. Al decir “respetar la Naturaleza”, por ejemplo, realmente estamos expresando la necesidad de cuidar la Naturaleza, de usar la Naturaleza de acuerdo con el fin por la cual ha sido creada. Al hablar de “respetar las reglas del juego” estamos diciendo que hay que obedecerlas para que puedan cumplir con su función.

El respeto para las cosas sólo tiene sentido si nos damos cuenta de que las cosas están al servicio del hombre, y que el hombre no hace más que administrar bienes que nos han sido regalados. Por eso “respetar la Naturaleza” tiene sentido si entendemos que los motivos para hacerlo son que la Naturaleza es un regalo; que los hombres pueden disfrutar de ella, y, en que usándola podemos darnos cuenta de la suerte que tenemos. Nunca podemos considerar el respeto para las cosas como una finalidad en sí.

Podemos, por lo tanto, ver que cada hombre tiene el derecho de ser tratado y querido por los demás por lo que es. Es decir, por ser igual a nosotros y poseer nuestra misma dignidad. Por otra parte, cada uno posee una condición y unas circunstancias peculiares y esto hará que los respetemos de un modo diferente.

Respetamos a quien amamos o lo debemos de hacer, antes que nada, por recordar quién es esa persona para nosotros. No se trata de alguien que pasa por la calle. Es nuestra compañía que elegimos para compartir cada día. Por eso el respeto que le debemos no es un trato ético, es un acto de delicadeza espiritual.

En fin, una palabra que nos daría para muchas paginas pues no tengo duda de que estamos hablando del principio clave para una convivencia fructífera. Por eso es tan importante entre una pareja, con los miembros de nuestra familia, con los compañeros de trabajo o entre amigos y conocidos.