miércoles, 31 de diciembre de 2025

¡Buenas días! Despedimos 2025.

         ¡Muy buenos días!


        Terminamos esta noche un año y empezamos otro, esta vez nos toca despedir el 2025 y empezar el 2026, hemos comenzado ya muchos y siempre los miramos con esperanza, pero la esperanza no es sinónimo de optimismo ni de sueños a tontas y a locas. 

        Existen algunas definiciones de lo que significa la esperanza, el cristianismo tiene una, pero hay otra que también me gusta, la pronuncio Václav Havel en una conferencia en 1995 y que es bastante utilizada, de ahí que nos va a resultar familiar: “La esperanza no es la creencia de que algo saldrá bien, sino la certeza de que las cosas, independientemente de cómo salgan, tienen un sentido”.

        Nos pasamos la vida esperando. Incluso aun cuando no nos damos cuenta. A veces somos conscientes de lo que esperamos, otras no tanto. Esperamos, esperamos…Somos como viajeros esperando la llegada del tren. 

        Intuimos que falta algo en nuestra vida, que ésta está incompleta, que hay algo en nuestro interior que nos dice que no podemos quedarnos quietos, que debemos seguir moviéndonos hacia algo más alto, más lejos, más grande.

        Esperamos entre dudas, entre deseos, entre sueños. Esperamos que lo que sea llegue dispuesto a encajar todas las piezas de nuestra vida, tal y como nos gustaría. 

        Todos esperamos. ¿Y sabes qué? Cuando miro al año que acaba de finalizar, entiendo que valía la pena, tenía sentido porque, efectivamente, había algo que esperar. 


martes, 30 de diciembre de 2025

¡¡¡Buenos días!!! Proyectos e ilusiones.

 ¡¡¡Buenos días!!! 

        Pasan los años y algo que tengo cada vez más claro es que todos debemos tener sueños y proyectos personales por cumplir hasta el final de nuestros días. ¡Nunca! Los abandonemos, ni por un momento. 


        Como cada año por estas fechas me imagino como será no el resto de mi vida sino el año que voy a estrenar, y quiero llenarlo con proyectos e ilusiones, quiero poner fecha a esos sueños, pues en caso contrario tengo miedo a que aparezca la desmotivación, un poco de depresión y una sensación de fracaso. 

        Todos tenemos derecho a desear con todas nuestras fuerzas que lo que parece imposible se cumpla; a superarnos, a confiar en nuestras propias capacidades, a tener objetivos. Nuestra situación, sea la que sea, no nos debe impedir nunca buscar ser mejores personas, mejores seres humanos y a superarnos. Nuestra libertad y nuestros derechos no los tenemos para destruirnos y destruir a los demás, sino para ser mejores, para lograr nuestro bien y el de los demás. 

        Todos tenemos derecho a ese sentimiento de alegría y satisfacción que se produce cuando conseguimos lo que deseamos o la esperanza de alcanzar aquello que deseamos intensamente.  

        Lo que nos gustaría es vivir nuestra vida con la satisfacción de ir logrando realizar esos sueños, esos proyectos e ilusiones, de lograr o de que suceda algo que anhelamos o perseguimos. ¡Nunca debemos perder esa confianza! A pesar de los problemas y retos que nos puedan acechar, nunca debemos perder la fe en la Providencia y en nosotros mismos. No debemos de estar preocupados de que nos vean diferentes por seguir nuestros sueños, debemos tener miedo a ser como todos los que se conforman con la monotonía de una vida sin ilusiones. Hay que aprender a vivir, a superar y vencer las dificultades y transformarlas en positivo. Los problemas, los retos, las dificultades existen para ser superados, para demostrarnos a nosotros mismos que somos capaces de vencer lo adverso y triunfar. 

        Pues bien, he hecho ya los planes para este 2026 que empezará dentro de nada y también se, como dice el refrán popular, “del dicho al hecho hay mucho trecho” , y esto puede suceder porque tal vez lo que he pensado es irreal o porque diversos factores que intervienen en la vida, una enfermedad imprevista, un accidente, un acontecimiento familiar, un problema económico: mil situaciones que paralizan y dejan aparcados esos proyectos. 

        Muchas de las cosas que quiero hacer el año próximo es fácil que no lleguen a buen puerto. Pero estoy seguro que otras muchas si, y que se van a convertir en realidad, entonces ¿Dónde está la clave? ¿De dónde me llegan la fuerza y la decisión para conseguirlo?  

        La voluntad humana encierra energías insospechadas. Si esa voluntad se deja atrapar y mover por aquellos proyectos que tienen sentido y que nacieron desde el interior de un corazón decido ya estamos a medio camino. 

        No todos los proyectos, hay que recordarlo, son buenos, ni para uno mismo ni para los demás.  

        A pesar de todo, con éxito o sin éxito, es hermosa la lucha de quienes invierten la propia vida para que el amor alcance metas buenas, para que al menos queden abiertos caminos a realizaciones concretas. Esa lucha es por sí sola una victoria de la justicia, y no quedará sin recompensa. 

domingo, 28 de diciembre de 2025

¡Buenos días! ¡No los hechos primero; la verdad primero!

         ¡Buenos días!

        Ahora que vamos a entrar en unos días, donde casi sin querer empezaremos a repasar lo que nos ha pasado en el último año es interesante que nos demos cuenta de que no debemos mirar el 2025 sólo literalmente, sino literariamente. 



        Sin la capacidad de ver literariamente las cosas, estaríamos ciegos; no podríamos ver ni comprender quienes somos. G. K. Chesterton decía que: “No los hechos primero, primero la verdad”.  Lo argumentaba de la siguiente forma, los hechos son meramente físicos, mientras que la verdad es metafísica. O sea, los hechos son aquello que es cuantificable, medible materialmente. La verdad no es cuantificable; no puede medirse materialmente. La bondad no puede pesarse en una balanza; la verdad no puede sondearse en términos de profundidad o amplitud física; la belleza no puede calentarse en un tubo de ensayo. La metafísica no puede relegarse a la física, ni puede ser confinada por la física. Trasciende todo confinamiento físico. Quienes buscan la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, nunca la encontrarán en los hechos y nada más que los hechos. ¡No los hechos primero; la verdad primero!

        Pues bien, esto nos lleva a otra paradoja ya que solo podemos acceder a esa realidad metafísica por medio de nuestros sentidos físicos. O lo que es lo mismo, debemos percibir los hechos y nada más que los hechos para alcanzar la verdad y nada más que la verdad. ¡No la verdad primero, sino los hechos primero! La verdad es la meta y el propósito de la percepción, pero los hechos son el medio necesario para acceder a ella. Los últimos serán, en efecto, los primeros, y los primeros, los últimos.

        Llegados a este punto nos damos cuenta de que estamos ante una paradoja interesante que ha sido abordada y discutida infinidad de veces, y creo que la manera en que se la planteo San Agustín nos puede aclarar bastante la situación. San Agustín insistía en que la verdad solo puede conseguirse por medio de una lectura literaria de los hechos, no solo literal. Se necesita ver las cosas como cosas, pero también como cosas que significan otras cosas. Una huella de un animal en el barro es un hecho físico, pero significa el paso de un animal caminando hacia algún lugar. O sea, algo físico que significa algo distinto. Otro ejemplo puede ser el del humo que puede decirnos que hay fuego. 

        Algo que nos habla de otra cosa es lo que suele denominarse una alegoría, o sea: “Ficción en virtud de la cual un relato o una imagen representan o significan otra cosa diferente”. Así nos lo explica el diccionario. Por lo tanto, puedo atreverme a decir que todo signo natural o convencional es una alegoría. 

        El uso de las palabras nos muestra continuamente la diferencia entre su significado literal y lo que queremos expresar. Al utilizar la palabra “hombre” o al escucharla lo primero que me viene a la mente es una persona, no una persona en concreto como puede ser Juan o Pedro sino a la “especie” hombre, en cambio si digo “ese hombre corre” ya no lo estoy haciendo a la “especie” sino en concreto al que está corriendo, la palabra es la misma, pero nos cambia el significado. Es más, si digo hombre es una palabra bisílaba, entonces  ya si que no tiene nada que ver con el hombre como especie animal. 

        No solo hablamos y escribimos literariamente, sino que oímos y leemos literalmente y lo interpretamos literariamente. Lo mismo sucede con los hechos que vemos y producimos. Nuestra vida no es solo un hecho literal, sino que es vista como una verdad literaria. Nuestras acciones son interpretadas por otros. Aprendemos de los demás y ellos aprenden de nosotros. Siguen nuestro ejemplo, para bien o para mal. Cosechan los beneficios o sufren las consecuencias. Aprenden las lecciones que estas consecuencias enseñan.

        Somos, por tanto, alegorías vivientes y palpitantes. Somos signos que transmiten significado a los demás. Cada una de nuestras vidas es una historia que otros leen y que debemos aprender a leer nosotros mismos, viendo la importancia de lo que hemos hecho y de lo que hemos dejado de hacer. Pero cada una de nuestras vidas forma parte de una historia mayor, en la que se entrelazan con las vidas de innumerables personas, tanto vivas como muertas. 

        Cuando en estos días se lee la Biblia sucede como en la vida cotidiana, necesitamos ir más allá de los hechos para llegar a la verdad. La Biblia, como la vida misma, no debe leerse meramente de forma literal, sino literaria. Por eso, se tiene que pasar de los análisis literales y convencionales a la interpretación alegórica de la Escritura. Debemos comprender el significado literal, como debemos conocer los hechos, pero solo para trascender lo literal y lo factual con la luz literaria de la verdad.


sábado, 27 de diciembre de 2025

¡Buenos días! ¡La marea alta y el cambio!”

 ¡Buenos días!

        Cada vez que se mira la cantidad de tecnología que nos rodea nos resulta fácil pensar que su uso es el medio por el cual vamos a poder controlar nuestra vida. Si utilizamos bien las herramientas que nos proporciona vamos a poder tomar el control de nuestro futuro. Cuanta más confianza pongamos en ella, mayor será nuestra capacidad para solucionar cualquier problema que se nos presente. Nuestra Fe está siendo reemplazada por la fe en el poder tecnológico que puede llevarnos a controlar el futuro.  



        No voy a cuestionar el poder que tiene la tecnología. Aquí no tengo dudas. Es más, parece que tenga el poder de hacer que el tiempo nos espere. Nos permite vivir más, retrasando la llegada de la muerte. Aunque hay que admitir, por ahora, que la muerte solo podemos retrasarla, no negarla, y que el tiempo puede esperar un rato, pero no mucho. Los verdaderos creyentes en el poder de la tecnología tienen fe en que la misma muerte algún día será vencida y que el hombre al final conseguirá la inmortalidad. La tecnología marca el comienzo de una era en la que el tiempo mismo tendrá que esperar interminablemente al hombre.

        Pero, nada de lo anterior es nuevo. En el medievo los alquimistas ya buscaban el elixir de la vida y la piedra filosofal, estaban locos por descubrir maneras de controlar el poder de la muerte y convertir cualquier cosa en oro. Ahora son las farmacéuticas con la ayuda de la tecnología las que buscan el elixir de la vida. La clave es que cuanto más cambian las cosas, más iguales permanecen. 

        Hasta ahora, en el momento en que la tecnología a contado con un poder excesivo siempre a terminado usándose mal. De hecho, para quien tenga ojos para ver, el futuro ya parece escrito.  El desarrollo de las armas de destrucción masiva nos lleva a ver un “progreso” en su fuerza y en su precisión. Las armas biológicas también han visto mejoradas su fuerza devastadora gracias y sobre todo por la tecnología. 

        Ya sé que nada de lo anterior va a romper la fe ciega de los tecnófilos “progresistas”, y es que no hay nadie más ciego que quien no quiere ver. 

         Mirar todos estos avances con tranquilidad, razonando sus consecuencias y sacando conclusiones de lo que el tiempo nos ha enseñado a través de la historia y la tradición nos debe llevar a aprender que ningún poder terrenal va a poder vencer a la muerte. Aprender que lo mejor es despegarnos de esa idea de que vamos a tener el control absoluto, sabiendo como sabemos que nuestras vidas mortales y cualquier poder que podamos tener son prestados. No somos dueños de nuestras vidas y tendremos que renunciar a ella cuando nuestro derecho a la vida termine. La muerte no va a ser engañada. 

        Sabemos que el tiempo y la muerte no esperan a nadie, que no vamos a poder detener el ciclo de las mareas, pero también conocemos el porqué del grito del rey Alfredo en la Balada del Caballo Blanco de Chesterton: “¡La marea alta!, ¡La marea alta y el cambio!”. Sabía que el tiempo y la marea no esperan a nadie, pero también sabía que la marea debía cambiar. 


jueves, 25 de diciembre de 2025

¡Buenos días! Vacío interior.

 ¡Buenos días!



        En nuestro entorno está aumentando la cantidad de personas que se consideran desafortunadas y es curioso porque esto está sucediendo en lugares donde el paro disminuye y las desigualdades sociales también lo hacen, pero a la vez han aumentado los suicidios, la soledad y la desconfianza entre las personas. 

        Y esto no es bueno, no está bien que exista una desconexión entre el bienestar social y el bienestar personal. Y eso se debe, a diferentes factores, pero insisto, no es positivo este deterioro doloroso de la relación entre el entorno social y el personal. 

        Una cosa pienso yo que es el bienestar personal y otra cosa es la insatisfacción. Cada vez hay más personas que se encuentran en un entorno económicamente seguro y a la vez insatisfechos con su vida, y tendríamos que saber que quieren decir al sentirse insatisfechos. Sufrimiento social e insatisfacción no son lo mismo. Hay personas que tienen cero de sufrimiento social y un descontento infinito.

    Ante este problema tenemos una corriente, podría decir que “conservadora” que encuentra en la defensa de los valores tradicionales una solución, nos indica que hacer un esfuerzo y recuperar todo lo que se perdió a partir de los años 60 del pasado siglo lo solucionaría. Algo de razón hay, pues en países donde la tradición sigue fuerte no tienen este problema tan agudizado. Habrían sido el individualismo y una cultura enfocada en exceso en la satisfacción personal las que han causado el sufrimiento y la insatisfacción en estos países.  

        Creo de todas formas que esta corriente comete un error al confundir unos síntomas con una enfermedad o sea las consecuencias con las causas. La enfermedad no es el individualismo, el olvido de los valores comunitarios o del sentido de arraigo. La enfermedad es no haber sabido, es más, no saber todavía ni ver ni entender la naturaleza de ese vacío interior que causa insatisfacción. No se puede llenar ese vacío con una relación de pareja, o con el éxito pero tampoco con los valores de la tradición, con un arraigo a unas ideas que hemos convertido en un fin en sí mismo o con una religiosidad que pretenda hacer desaparecer la tristeza y el interrogante sobre el sentido de la vida.

        El vacío en el interior del hombre, su insatisfacción, es una característica de la condición humana. Ese vacío no es sinónimo de la nada, es esa relación con lo que no podemos comprender y que nos hace ser lo que somos, es la marca de lo divino. Cualquier solución que no alimente esa insatisfacción y esa pregunta no dará en el blanco. 


miércoles, 24 de diciembre de 2025

¡Buenos días! ¡Esta noche es Noche Buena!

     Hoy es Noche Buena, y en cada lugar nos llega con sus tradiciones y celebraciones, sin embargo detrás de cada celebración, a menudo olvidamos este mensaje: la Navidad no es sólo una fecha, sino que se trata de un nacimiento que posee el poder de transformar nuestra vida, día tras día. 


 

     Lo que vamos a celebrar esta noche no es solo un hecho histórico, sino un recordatorio personal y permanente. Pues sí, permanente.

    Estamos acostumbrados a calcular el tiempo en ciclos: unos días para conmemorar, unos meses para trabajar, unas semanas para descansar. Sin embargo, al limitar la Navidad a está noche o a mañana, podemos caer en el error de convertir su mensaje en un sentimiento efímero. Si yo dejo que la Navidad se quede en los villancicos, las luces, los belenes, las felicitaciones, los regalos… lo que estoy haciendo es reducirla a una tradición más, y no a una revolución que es al final lo que es.  

    Por eso, pasado mañana, cuando empecemos a centrarnos en la Noche Vieja y a despedir el año, deberíamos hacer algo diferente. Permitamos que estos sentimientos que ahora nos inundan, de esperanza y amor, viajen con nosotros durante todo el año. Vivamos con la seguridad de que el mensaje de esta noche no tiene fecha de caducidad, sino que va a permanecer como esa luz que nos ilumina cada día. 

    Si lo pensamos un poco nos daremos cuenta de que el verdadero mensaje de la Navidad no se acaba; se vive, se comparte y por eso tiene el poder de transformar a las personas. Y ese es el regalo más grande que podemos dar al mundo.


martes, 23 de diciembre de 2025

¡¡¡Buenos días y Feliz Navidad!!!

     ¡¡¡Buenos días y Feliz Navidad!!!



Desde hace tiempo la Navidad la he considerado como unos días de toma de decisiones, de ver el mundo y decidir “hacer” algo. Es un tiempo de preguntas a las que tenemos que buscar respuestas y tomar algunas decisiones y, es que, si miramos atentamente a nuestro alrededor y además hacemos un esfuerzo en mirar más allá, nos encontramos preguntándonos: ahora, ¿dónde hay guerra y dónde hay paz? ¿Quién ríe y quién llora? ¿Quién está bien y quién está mal? ¿Quién tiene salud y quién está enfermo? ¿Quién nace y quién muere? Una vez encontradas las respuestas, ¿qué vamos a hacer y qué parte de culpa tenemos, y qué asumimos?

Y vemos que la mayoría de las respuestas nos llevan al mismo punto de partida, nos devuelven a mirar en nuestro interior y darnos cuenta de que tenemos un problema que resolver. He buscado un poema de Heinrich Heine (1797-1856) que pienso que nos lo muestra bien, el poema se titula “Preguntas”. Las traducciones del alemán siempre son complicadas pero la siguiente me gusta:

A la orilla del mar, del mar salvaje y nocturno,

un joven permanece en pie,

lleno en el pecho de anhelo, la cabeza de dudas,

y con los labios de melancolía dice a las olas:

 

«Oh, desveladme el misterio de la vida, ese tormento tan antiguo

al que ya tantas cabezas dieron vueltas,

cabezas con gorros jeroglíficos,

cabezas con turbantes, con birretes negros,

cabezas con peluca y otros miles

de pobres cabezas de hombres, bañadas en sudor…

 

Decidme, ¿Qué significa el hombre?

¿De dónde vino? ¿A dónde va?

¿Quién vive allá arriba en las estrellas?»

 

Las estrellas murmuran su eterno murmullo,

el viento sopla, huyen las nubes,

brillan las estrellas, distantes y frías

y un necio espera respuesta.

  ¿Quién es el hombre? ¿De dónde viene? ¿Adónde va? ¿Tiene sentido la vida?  Ese joven cargado de dudas implora una respuesta. Pero es inútil. Todo a su alrededor le muestra indiferencia y no muestra ningún signo de comprensión. Pero no puede renunciar a una respuesta y roza la locura.  

Un poema que nos recuerda la soledad a la que estamos condenados. ¿Adónde vamos?, ¿cuál es esa meta por la que vivo? A la luz de la Navidad, esas preguntas tienen una respuesta sorprendente: nuestro objetivo es el mismo que el de Cristo. Si repasamos un poco veremos que Cristo vivió para realizar la gloria de Dios, es decir, para dar vida a la humanidad en el amor del Padre, comunicándole así la vida y la felicidad divinas. El hombre existe para ser feliz, sentimos una necesidad irreprimible de felicidad. Ahora bien, no encontramos nada terrenal, limitado y temporal que pueda hacernos plenamente felices. Nuestra cabeza y nuestro corazón va más allá de todo lo que tenemos a mano, nuestro espíritu mira más lejos, busca el infinito.

Algo en nuestro interior nos dice que hay un lugar donde podemos ser felices para siempre, donde la felicidad completa existe, lo sabemos porque de alguna manera hemos estado allí y anhelamos volver.  

La Navidad es el acontecimiento que nos da la oportunidad para volver a ese Paraíso del que fuimos expulsados por un pecado que cometimos y que ahora se nos es perdonado. Ese joven que, a la orilla del mar, se pregunta por el sentido de la vida y espera una respuesta de las olas, puede empezar a conocer las respuestas en la Navidad. El acontecimiento de la Navidad trastoca y aclara todas las dudas y hace que el hombre se vea a sí mismo con un telón de fondo de dignidad, valor, inmortalidad. Desde ese día, todo hombre es sagrado, digno de todo cuidado, de todo respeto. Desde entonces, la desesperación, que está en el fondo del alma del hombre decepcionado tiene derecho a la esperanza, a revivir.

El panorama y las posibilidades que se nos presenta por el nacimiento de Jesús son enormes y revolucionarias.Concretan y dejan claro nuestra divinidad y dignidad, el respeto y la justicia que se le debe a toda persona; definen también los fundamentos sobre los que tenemos que construir no sola nuestra sociedad sino también un mundo nuevo siguiendo lo que nos enseña la Navidad: confianza, amor, solidaridad.

En fin, nuestra historia nos dice cuando la repasamos, que cuando se oscurecen estos horizontes, siempre hemos terminado en la barbarie.

¡FELIZ NAVIDAD A TODOS!

sábado, 20 de diciembre de 2025

¡Buenos días! " ¿Qué significa saber algo?

 Buenos días.



Hay días en los que te levantas lleno de preguntas que aparecen como por arte de magia, interrogantes que cuestionan nuestras pautas de conducta, nuestros ideales de pensamiento y que nos llevan a pensar que podemos estar equivocados, y que nuestras certezas no se encuentran al lado de la verdad.

¿Cuál es el mecanismo que me lleva a afirmar que mis ideas sobre cómo entender la vida es verdadera y fiable? Podría ser una de ellas, a la que tendría que añadir; ¿Cómo se lo que digo saber? ¿Puedo estar seguro de algo? ¿Qué significa saber algo? Estas preguntas van a definir la forma por la que recibo mis ideas y mis valores.

Tener la certeza clara y manifiesta de algo es suficiente fundamento para que sea verdadera en dos casos principalmente: la evidencia que observan nuestros sentidos y la evidencia que aceptamos a partir del testimonio de otros; o sea, resumiendo, de la experiencia directa y la creencia.

Parece bastante claro que aceptar algo como cierto a partir de la experiencia directa depende del correcto funcionamiento de nuestros cinco sentidos: vista, oído, olfato, gusto y tacto. Y por eso puedo cometer errores al aceptar algo como verdadero o falso si tengo algún defecto físico como, por ejemplo; una mala vista o poco olfato.

El conocimiento basado en mi experiencia es fundamental, pero difícilmente mi conocimiento va a terminar ahí. La mayor parte de lo que se lo acepto basándome en el testimonio de una persona que tenga autoridad en esa cuestión, es lo que se denomina: la creencia. Cuando acepto algo como cierto, basándome en un testimonio, va a depender de la fiabilidad de quien lo afirma y de mi buen juicio al reconocer la veracidad del testimonio. La mayoría de nosotros confiamos, por ejemplo, en que la fórmula H2O del agua no es falsa.

Por supuesto, puede pasar, que acepte un testimonio de buena fe y que después descubra que quien lo dijo estaba mal informado, equivocado o era malintencionado. También puedo tener deficiencias intelectuales por muchas razones: mis neuronas no funcionan ya como antes; me he vuelto perezoso intelectualmente; saco conclusiones precipitadas; o me estoy agarrando a patrones de pensamiento que me hacen confundir los hechos.

Es fácil pensar que mis dudas e incertidumbres son problemas modernos, pero siempre han estado ahí, son parte de la condición humana. Solo basta recordar cuando Poncio Pilato preguntó, en un momento de desorientación: "¿Qué es la verdad?"

En alguna ocasión nos habrá pasado de que nuestra referencia intelectual ha estado equivocada pues se basaba en una información errónea o en personas cuya autoridad sobre el tema era poco fiable. Por eso es necesario cuestionar nuestras creencias y reexaminar sus fundamentos.

Nuestra honestidad intelectual nos pide que de vez en cuando reconsideremos los fundamentos de nuestras ideas, no con desconfianza ni recelo, sino con la confianza de estar buscando la evidencia de ellas.

jueves, 18 de diciembre de 2025

¡Buenos días! Necesidad de coherencia.

     Buenos días.



Cada vez encuentro más triste leer y escuchar muchas declaraciones y discursos, me cuesta hacerlo porque tengo la sensación adquirida en los últimos años, de que va a existir una distancia entre lo que se va a decir y lo que después se hará. Y pienso, que ahí se encuentra una de las mayores faltas y necesidades de nuestra sociedad: la necesidad de coherencia.

Lo que estoy intentando decir es algo no muy complicado: ser coherente entre los valores que se dicen defender y la toma de decisiones en la vida real. Tiene que haber una coherencia honesta entre la palabra y la acción que, cuando aparece, provoca respeto incluso cuando se tengan ideas contrarias.

No es difícil entender una equivocación; lo que complica las cosas es cuando no existe ninguna rectificación, cuando comprobamos que existen varias varas de medir, lo fácil que resulta exigir unas obligaciones que uno mismo no está dispuesto a asumir. Es en todas estas actitudes donde nace la desafección, la desconfianza y, lo que es peor, la resignación.

Todo lo anterior se puede extender no solamente a nuestros políticos. También lo puede hacer a nosotros que observamos, opinamos y exigimos. No podemos tener pequeñas incoherencias en nuestro día a día y esperar tener una vida integra. No se puede tener una ética hacia fuera que no coincida con nuestra actividad diaria.  

De ahí que tenga la opinión de que se tiene que recuperar la coherencia en nuestra sociedad y que ello no es solo una labor de nuestros políticos, sino una necesidad cultural y personal. Lo que quiero expresar que se tiene que volver a pensar que las palabras tienen peso, que los compromisos nos obligan y que tener valores no es solo una herramienta de marketing, sino una forma de vida. Significa comprender que la credibilidad no se ordena: se fabrica con actos todos los días.

Ya se que no se pueden cambiar de golpe todos los vicios de nuestra sociedad, lo que sí se puede hacer es observar con honestidad la diferencia que existe entre lo que creemos y lo que hacemos. Y es que, tal vez sea en ese sencillo gesto donde empiece el verdadero cambio.

A nivel personal es más fácil reducir la distancia entre lo que hago y lo que creo que debería de hacer, sin embargo, cuando hablamos de política la cosa se nos complica. Que haya coherencia en política resulta difícil. En parte, porque hay políticos que dicen defender lo que en realidad saben imposible. En parte, porque una cosa son los proyectos ideales y otra muy distinta la realidad vista al recibir un encargo concreto.

Que existan esos problemas para que nuestros políticos sean coherentes no hace desaparecer nuestro deseo de que lo que se promete en la campaña electoral sea luego respetado en el parlamento, en el gobierno o en otras instancias de poder.

Porque si escojo dar mi voto lo hago con el deseo de que se defiendan y promuevan ciertas ideas y ciertos programas, y no para que luego se realice todo lo contrario de lo prometido antes de las elecciones.

Además, las incoherencias de no pocos políticos que ya hemos comprobado y que nos han generado una gran desconfianza, nos obligan a hacernos preguntas: ¿Cómo saber lo que harán los futuros parlamentarios y gobernantes que no fueron capaces, en el pasado, de respetar sus promesas?

En una sociedad llena de incoherencias y de engaños, de mentiras y de maniobras oscuras, encontrar políticos coherentes no resulta fácil.

La coherencia en política tiene que ser un requisito básico para que haya respeto hacia quienes más se comprometen en la vida pública. Porque solo va a ser un buen candidato a cualquier cargo público quien muestre con transparencia sus propios programas, y luego intente aplicar en serio el deseo de quienes lo votaron precisamente para llevar a cabo esos programas.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

Buenos días. Respeto.

     Buenos días. 



Hay palabras que nos parecen sencillas, breves, cotidianas y sin embargo tan frágiles y silenciosas que en ellas se juega una parte de nuestras relaciones. Una de ellas es respeto, y es que respetar es, antes que nada, recordar a quién o qué tenemos delante.

Estamos ante una palabra que nos hace reconocer el valor, la consideración y la dignidad que merece alguien o algo y nos lleva a demostrarlo con nuestra forma de comportarnos. El respeto es por lo que reconocemos en cada persona el lugar que le corresponde, su dignidad, el lugar y la influencia que está ejerciendo en nosotros.

Pero, antes de seguir, quiero aclarar qué implicaciones tiene el respeto para las cosas que, en principio, no están representadas en todo lo anterior. Hablamos por ejemplo de respetar la Naturaleza, respetar los libros, las posesiones ajenas, respetar las reglas del juego, etc. Sin duda, estamos utilizando la palabra con otro matiz. Al decir “respetar la Naturaleza”, por ejemplo, realmente estamos expresando la necesidad de cuidar la Naturaleza, de usar la Naturaleza de acuerdo con el fin por la cual ha sido creada. Al hablar de “respetar las reglas del juego” estamos diciendo que hay que obedecerlas para que puedan cumplir con su función.

El respeto para las cosas sólo tiene sentido si nos damos cuenta de que las cosas están al servicio del hombre, y que el hombre no hace más que administrar bienes que nos han sido regalados. Por eso “respetar la Naturaleza” tiene sentido si entendemos que los motivos para hacerlo son que la Naturaleza es un regalo; que los hombres pueden disfrutar de ella, y, en que usándola podemos darnos cuenta de la suerte que tenemos. Nunca podemos considerar el respeto para las cosas como una finalidad en sí.

Podemos, por lo tanto, ver que cada hombre tiene el derecho de ser tratado y querido por los demás por lo que es. Es decir, por ser igual a nosotros y poseer nuestra misma dignidad. Por otra parte, cada uno posee una condición y unas circunstancias peculiares y esto hará que los respetemos de un modo diferente.

Respetamos a quien amamos o lo debemos de hacer, antes que nada, por recordar quién es esa persona para nosotros. No se trata de alguien que pasa por la calle. Es nuestra compañía que elegimos para compartir cada día. Por eso el respeto que le debemos no es un trato ético, es un acto de delicadeza espiritual.

En fin, una palabra que nos daría para muchas paginas pues no tengo duda de que estamos hablando del principio clave para una convivencia fructífera. Por eso es tan importante entre una pareja, con los miembros de nuestra familia, con los compañeros de trabajo o entre amigos y conocidos.

domingo, 14 de diciembre de 2025

¡Buenos días! Inmigración: Solidaridad y bien común.

     Buenos días. 



Me hubiera gustado hoy detenerme en el verbo detentar y que, según la Real Academia se trata de: Retener y ejercer ilegítimamente algún poder o cargo público. Y del que creo que hay muchas cosas que decir puesto que al que detenta un Poder así viciado se le llama detentador y se convierte en autócrata o dictador.

Pero tiempo habrá, pues me he encontrado con un artículo sobre la inmigración que me plantea serias dudas de que lo estemos afrontando bien. Veo dos formas, principalmente, de querer solucionarlo en los partidos políticos que me llevan a pensar que vamos a tener un enfrentamiento demasiado radicalizado y que por lo tanto no va a solucionar nada.

Veo que hay quien instrumentaliza la inmigración en beneficio propio con la idea de que va a solucionar los problemas que se han causado con nuestras políticas de destrucción de la familia y que agravan la crisis de nacimientos.

La otra forma que intuyo se deriva de la anterior, y es que hay partidos que piensan que la inmigración desordenada y generadora de problemas objetivos puede constituir un caballo de batalla electoral, la cuestión es que a partir de ahí se dan soluciones que ignoran la dignidad del inmigrante.

Estas son básicamente las dos tendencias en nuestra política sobre inmigración.

Pues bien, a mí me gustaría recordar que ese amar al prójimo como a uno mismo no se opone al bien común, sino que lo presupone. Con esto lo que quiero decir es que, para acoger, proteger e integrar a quienes vienen en busca de una vida mejor, es imprescindible garantizar la estabilidad social de quienes ya están. Exigir fronteras operativas, promover políticas de integración realistas, reflexionar sobre los límites de la acogida o admitir que puede ser legítimo priorizar ciertas procedencias no contradice el espíritu de nuestra moral. Lo contradice, en cambio, moralizar sin discernimiento.

Y es que, mostrar un discurso moral nada tiene que ver con moralizar. Un discurso moral lo que hace es que propone principios, muestra criterios de juicio y orientaciones que ayudan a comprender y decidir. Tiene que reconocer matices, asumir dilemas y dialoga con la realidad concreta. Moralizar, en cambio, divide el mundo en buenos y malos, atribuye culpa al discrepante y oscurece la complejidad con eslóganes. Lo primero ilumina la conciencia; lo segundo la infantiliza.

¿Qué hacer entonces? Pues yo no voy a dejarme llevar por estas banderas partidistas ya que tengo mi propia respuesta, que, por cierto, pienso que es la mejor, no por ser la mía, sino porque tiene en cuenta de forma integral todos los factores en juego. No se trata de una receta, sino un conjunto de criterios, fundamentos y valores que se deben trabajar para concretar su aplicación a nuestras condiciones específicas.  

La inmigración de debe de abordar empezando por darse cuenta de que se trata de un fenómeno que nos muestra facetas distintas y que todas ellas han de ser tenidas en cuenta de la manera más cuidadosa y objetiva posible.

La inmigración nos crea un conflicto al situarse entre el principio de solidaridad y el bien común; la contradicción que existe entre el derecho a emigrar para lograr una vida mejor y el derecho de la nuestra sociedad a no ver dañada su cohesión social, cultural ni lingüística, ni el bienestar derivado del estado del bienestar, ni su capacidad económica a corto y largo plazo y mucho menos la seguridad ciudadana. Dónde y cómo empieza y termina cada uno de aquellos dos términos, y su dinámica, es la cuestión. En otros términos, se trata de concretar los límites de la inmigración y las condiciones sobre la misma.

La solidaridad implica un reconocimiento de la interdependencia entre los seres humanos y exige un compromiso activo con el bienestar de los demás. Este principio llama a compartir recursos y responsabilidades, luchando contra las injusticias sociales. La solidaridad no es solo un sentimiento de compasión, sino una determinación firme y perseverante de trabajar por el bien de todos, especialmente de los más vulnerables.

El bien común consiste en las condiciones sociales que permiten a las personas, tanto en lo individual como en lo colectivo, alcanzar su plenitud humana. Este concepto abarca todos los aspectos que favorecen el desarrollo integral de cada persona y de la sociedad en su conjunto, incluyendo la justicia, la paz y la dignidad humana. El bien común debería de ser el objetivo hacia el cual deben orientarse todas las políticas y acciones sociales, priorizando el bienestar colectivo sobre los intereses individuales.

Cuando se produce se conflicto entre solidaridad y bien común, la solución pasa por la necesidad de equilibrar la solidaridad con la defensa del bien común.

Y para esto se requiere poner en práctica unas políticas de integración que nos den la seguridad de que la llegada de inmigrantes no complique la cohesión social ni el acceso a los recursos necesarios para el bienestar de todos, incluidos los inmigrantes que ya se encuentran entre nosotros. Unas prácticas que valoren la situación y acceso de los bienes y servicios públicos, que tengan en cuenta las consecuencias de la emigración masiva, las muertes que se producen y el tráfico de personas en una inmigración no regulada.

De lo que se trata es de buscar y encontrar soluciones que compartan ambos principios, asegurando una inclusión sin sacrificar la estabilidad social y económica. No se puede contemplar la inmigración masiva en España sin diagnosticar su impacto sobre la vivienda, la educación, la sanidad, los servicios sociales, la productividad, el impacto cultural y lingüístico, la seguridad ciudadana, la atención a los menores, la situación de las cárceles, para citar aspectos concretos decisivos.

No se puede utilizar, en nombre de un falso humanismo, la inmigración para tapar nuestras propias miserias y renuncias. Pero todo esto no se hace en absoluto. Y esta ha de ser la guía de la respuesta a concretar en una política pública.

viernes, 12 de diciembre de 2025

¡Buenos días! Esperando.

     Buenos días. 



Después de los primeros días de satisfacción por haber visto cumplido con éxito el proyecto de la maratón, donde parece que la vida se nos ha puesto generosa y nos ofrece todo lo que podemos desear, aparecen estos días en los que el agotamiento empieza a manifestarse y en los que no ocurre nada y el tiempo pasa lento y vacío. Todo está parado. 

Por supuesto de que no es la primera vez que esto me sucede, he pasado por muchos momentos como estos. Se trata de esos días en los que te sientes listo para el próximo proyecto, preparado para empezar una nueva ilusión y sin embargo no pasa nada. Y ahí estoy, impaciente, un poco frustrado y algo enfadado.

Sin embargo, debe ser por la edad, me he dado cuenta de que por mucho estancamiento que exista estos días todo va a volver a funcionar. Es cuestión de paciencia, de aprender a vivir ese vacío de acción.

Esta quietud es atronadora. Probablemente también exista un poco de desamparo y decepción. Y es que este silencio resulta incomprensible, doloroso, indeseado e indeseable. Porque cuando uno tiene puesta la esperanza en los planes que había imaginado, no sentir ahora su llamada es como estar en una línea de salida de una carrera esperando a que den la salida. O, pero aún, como si sintieras que se cerraban todas las puertas y te quedases encerrado en una habitación, ahí donde todo queda a oscuras, enterrado y olvidado.

Pero resulta que en la vida muchas veces nada es pronto ni tarde, sino que es ahora. De alguna manera todo nos está ocurriendo en este momento, es como si fuésemos los protagonistas de una novela que se está escribiendo y en la que el autor lo tiene todo pensado pero que lo va transmitiendo al papel poco a poco, le puede costar escribir un capitulo una semana y en cambio para nosotros es una escena que nos ha pasado en unos minutos.

Vivir con la esperanza de que estos días en los que no pasa nada tienen sentido y que acogerse a ellos sabiendo que son prometedores de días de acción y movimiento es una habilidad que hay que practicar. Tal vez, el autor de nuestro personaje esté ideando nuevas aventuras.

martes, 9 de diciembre de 2025

El momento de la búsqueda.

     Buenos días. 

Tal vez, solo tal vez, lo que empieza hoy es la búsqueda. Después de terminar el domingo la maratón de Valencia y de haber cumplido ya prácticamente con todos los proyectos que tenía por delante, ha llegado el momento de la búsqueda.

Una búsqueda que me va a llevar no un tiempo determinado como podría ser hasta fin de año para empezar el año nuevo con proyectos e ilusiones nuevas, si no una búsqueda que durará hasta encontrar algún objetivo que cumplir, una meta de alcanzar, o un proyecto que me llene de ilusión.  

Una búsqueda que se irá entrelazando entre charlas, videos, visitas de webs llenas de proyectos interesantes, y entre desilusiones por lo que se va a quedar solo en proyectos improbables. Una búsqueda en la que la ilusión se va a encontrar en el centro. Una exploración en la que, por más que vuelvan una y otra vez los fantasmas que me atormentan por culpa de la edad pueda mirar con esperanza unos objetivos que deben de ser los mejores; una esperanza que se niega a rendirse. Es ahora el momento de buscar, por más que me duelan las piernas por culpa de los 42195 metros y por más que los agoreros me inviten al escepticismo.

Empieza ahora el tiempo de los vividores que me hablan de lo que han descubierto viviendo. De los que muestran, de los que cuentan, pero sobre todo en cómo lo viven y que me dicen que merece la pena arriesgarse.

Junto con todo lo anterior, experimento una sensación agridulce al ver a muchas personas que encuentran sus sueños inalcanzables, desearían poder realizarlos, pero el tipo de vida en el que se encuentran sumidos les impide poder hacerlo. Miran hoy con ojos de nostalgia las ilusiones de su juventud, pero no son capaces de cogerlas porque les parecen que son de otra época, de otro tiempo en el que las cosas eran, si no más fáciles, más naturales.

Siendo cierto que nunca fue sencillo cumplir nuestras ilusiones y que hacerlo siempre implicó una lucha contracorriente, no podemos negar que la sociedad que estamos construyendo (o que se construye a ritmo vertiginoso a nuestras espaldas) no propicia esos proyectos e ilusiones tan personales y sencillos.

Por eso, necesitamos estar dispuestos a luchar y a creer que nuestros proyectos e ilusiones no se corresponden con la nostalgia de otro tiempo. Sino que se trata de una ilusión y de una esperanza, que ninguna nueva cultura es capaz de contener, y mucho menos la nuestra. Y, a la vez de tratar de ser críticos con todo aquello a lo que nos hemos acomodado y amoldado, y que impide que seamos aquellos aventureros que nos imaginábamos de jóvenes cuando pensábamos en el futuro.  

Tal vez, solo tal vez, el último proyecto aún está pendiente. Y será tan profundo, tan verdadero, tan liberador, que sabre, al fin, que todos los anteriores han valido la pena.

domingo, 7 de diciembre de 2025

Último día, del viaje a la maratón de Valencia.

 Último día, del viaje a la maratón de Valencia. 



Hoy finaliza un viaje, que, aunque es verdad que no lo he narrado como me hubiese gustado y tenía pensado, lo cierto es que ha estado ahí. Siempre presente en cada decisión que he tomado pues intentar correr esos 42195 metros es una labor en la que hay que poner toda la atención. Con ello no quiero decir que hayan sido unos meses de estrés, más bien todo lo contrario, tranquilidad y calma, al saber todo lo que tenía que hacer cada día. 

El hecho de ir contando los días, no los que faltaban, sino los que llevaba recorriendo ese camino a sido una sencilla forma de recordarme que tenía un propósito que quería cumplir.

¡Cuán fugaces son a menudo esos propósitos! A veces no pasarán ni siquiera un par de semanas antes de que se olviden. Y esto puede ocurrirnos también en nuestras vidas en muchos aspectos.

Se dice que la perseverancia es amiga de la fortaleza. Con frecuencia en muchos aspectos de la vida, existe una verdadera lucha. Desde la escuela, el “aguantar” a un profesor lleno de defectos, tener un amigo que hace cosas que nos desagradan, tener un vecino que a veces nos rompe los nervios y muchos otros momentos de la vida son difíciles.

Desde pequeñas crisis hasta grandes desastres, la vida nos depara un hecho innegable: la vida es hermosa, pero no necesariamente sencilla. Si somos como un barquito de papel, la menor llovizna nos hunde irremediablemente. Hace falta la fortaleza.

La perseverancia es un esfuerzo continuado. Es un valor fundamental en la vida para obtener un resultado concreto. Existen muchos matices al vivir la perseverancia: existen aquellos que son necios irremediables, y otros que son veletas que cambian de rumbo. Estos últimos, tienen grandes problemas.

Siempre es emocionante iniciar algo: existe una gran ilusión, sueños y esperanzas. Ese “algo” puede ser un nuevo trabajo, vivir en una nueva ciudad, un nuevo proyecto de viaje o correr una maratón. 

Sin embargo, fácilmente comenzarán a aparecer problemas y cierta resistencia a ir avanzando. En el nuevo viaje, comenzaremos a conocer la zona y nos encontraremos con unas exigencias físicas que nos superan, o al entrenar la maratón veremos que no podemos con los entrenamientos que teníamos programados. 

Si abandonamos nuestro proyecto de viaje o nos retiramos de nuestra ilusión de terminar una maratón, entonces estamos ante la falta de perseverancia, y en el fondo siempre existirá un sentimiento en el corazón: el de haber sido derrotado, vencido y el no haber luchado por algo que valía la pena.

Las personas, podría decir que somos hedonistas, es decir, preferimos el bien inmediato. Una persona puede utilizar una droga porque en el momento de administrársela a su cuerpo percibe sensaciones que le gustan, pero no le importa que su cuerpo se dañe en el largo plazo.

Esa falta de visión de futuro, el no mirar a largo plazo es lo que hagamos grandes tonterías en nuestras vidas por obtener satisfacción instantánea. La cuestión es que, con la perseverancia, debemos tener la fortaleza de no dejarnos llevar por lo fácil y lo cómodo, a cambio de obtener algo más grande y mejor en el futuro. Si vemos la vida con superficialidad entonces nos dejaremos llevar por las cosas inmediatas.

Cuando hablamos de perseverancia, valdría la pena tomar un papel y ver nuestros propósitos, nuestras ilusiones. El problema con los proyectos es que siempre decimos el “qué” pero nunca el “cómo”. 

Por otro lado, a veces no conocemos a fondo nuestras capacidades (o falta de ellas) para poder establecer objetivos que realmente podamos alcanzar.

Cualquier aventura que emprendamos deberíamos realizar un recuento de los medios con los que vamos a alcanzarla.

Pienso que he sido bastante perseverante y he intentado utilizar todo el sentido común que he podido para estar hoy en condiciones de terminar la maratón. Tal vez no lo consiga, sin embargo es importante saber que he disfrutado preparándola. 

A veces nos olvidamos de la sabiduría popular, pero no sería mala idea reflexionar solo un momento el viejo refrán “El que persevera alcanza”.

Ya veremos. 


sábado, 6 de diciembre de 2025

Día 146, del viaje a la maratón de Valencia. ¿O no? La verdad es que no.

 Día 146, del viaje a la maratón de Valencia. ¿O no? La verdad es que no.

¡Buenos días! 



Por lo general, las personas que se encuentran a nuestro alrededor y porque no, la mayoría de las personas son buenas, sinceras, comprometidas y poseen muchas virtudes. Y dicho esto, ¿por qué lo digo?, pues porque soy de la opinión que tenemos que ser más y tener una visión más profunda.

Cumplimos las leyes, somos justos con todos y, de hecho, nos mostramos educados con los extraños, entonces, ¿qué le falta a esto? Por muy buena persona que sea, ¿falta algo aún? ¿Por qué?

Resulta que se puede ser integro moralmente, completamente justo y generoso, y a pesar de eso continuar siendo odioso, vengativo y violento, porque todo esto se puede hacer aun siendo justo. Lo hemos visto en las declaraciones de vecinos y amigos de personas que acaban de realizar actos horribles, los consideraban buenas personas incapaces de un acto así.

Siendo estrictamente justo puedes odiar a alguien que te odia, puedes vengarte cuando te hacen daño y puedes aplicar la pena capital. Ojo por ojo. Pero, al hacer eso, sigues haciendo lo que es natural. Es natural amar a quien te ama, como es natural odiar a quien te odia. Sin embargo sabemos que debemos exigirnos más que eso. Tenemos que elevar el nivel.

Sabemos que deberíamos amar a los que nos odian, a alabar a los que nos insultan, a no buscar nunca venganza y perdonar a los que nos matan. Pero amigos míos, hay que reconocer que no es un camino fácil. La mayoría de nuestros instintos naturales se resisten a todo lo anterior.

¿Cómo reaccionamos automáticamente cuando nos hacen daño? Nos sentimos vengativos. ¿Cómo es nuestra reacción natural cuando nos enteramos de que han matado a un loco asesino? ¿Cuál es nuestra reacción natural cuando ejecutan a un asesino impenitente? Nos sentimos aliviados de que hayan muerto; y no podemos evitar esa reacción. Tenemos la sensación de que se ha hecho justicia. Algo se ha puesto en su lugar en el mundo. Nuestra indignación moral se ha apaciguado. Hay un final justo.

¿O no? La verdad es que no. Lo que sentimos más bien es una liberación emocional, aunque puede ser incluso sana psicológicamente, estamos llamados por nuestras creencias y por todo lo que hay de más elevado en nuestro interior a algo más, a un camino más allá de sentir la liberación emocional, a saber, el camino menos transitado hacia una compasión amplia, la comprensión y el perdón.

Para sopesar esto, puede servirnos una pequeña reflexión sobre la pena de muerte. Curiosamente, podemos decir que no es mala. De hecho, en estricta justicia puede aplicarse. Lo que yo digo es simplemente que no debemos hacerlo porque nuestra forma de ver la vida nos dice otra cosa, a saber, a perdonar a los asesinos.

Es más fácil decirlo que hacerlo. Cuando oímos hablar de un horrible asesinato, nuestros pensamientos y sentimientos no se dirigen naturalmente hacia la comprensión y la empatía por el tirador. No nos angustiamos por lo que debe haber sufrido el asesino para ser capaz de a hacer algo así. No sentimos compasión de forma natural por aquellos que, debido a una salud mental frágil o quebrantada, podrían hacer algo así. Más bien nuestras emociones nos llevan naturalmente por la senda más transitada, diciéndonos que se trata de un ser humano terrible que merece morir. La empatía y el perdón no son lo primero que se nos pone delante en estas situaciones. Lo hacen los sentimientos de odio y venganza.

Sin embargo, debemos darnos cuenta que ese es el camino de nuestras emociones, el camino más recorrido. Es comprensible. ¿Quién quiere sentir compasión por un asesino, un maltratador, un matón?

Pero eso son sólo nuestras emociones desahogandose. Algo más dentro de nosotros nos llama siempre a ser algo más, es decir, a la empatía y la comprensión a las que nuestra creencia nos invita. Amad a los que os odian. Bendecid a los que os maldicen. Perdonad a los que os asesinan.

Además, tal virtud no es algo que alcancemos de una vez por todas. No. Esto no funciona así: unos días caminamos sobre el agua y otros nos hundimos como una piedra.

Por eso, muchas veces nos vamos a encontrar en un momento en el que debemos elegir. Una opción más natural que nos lleva hacia el odio, la venganza y el sentimiento de ser una víctima; y otra, la opción más antinatural, menos utilizada, la que me lleva hacia la compasión, la empatía y el perdón.

¿Cuál elegir? A veces una, a veces la otra; aunque debemos saber cuál es la que deberíamos de seguir.

miércoles, 3 de diciembre de 2025

Día 143, del viaje a la maratón de Valencia. ¿Tenemos derecho a ser felices?

     Día 143, del viaje a la maratón de Valencia. ¿Tenemos derecho a ser felices?

¡Buenos días!



Estoy seguro de que he escrito muchas veces lo importante que es ser feliz y que buscar la felicidad es uno de los objetivos de nuestra vida, es una cuestión muy debatida, no solo como conseguirlo sino también si tenemos derecho o no a ser felices.

¿Tenemos derecho a ser felices?

No creo que sea necesario antes de seguir aclarar lo que quiere decir y lo que significa ser feliz. Pero lo voy a hacer, antes de meterme en el lio de si es o puede ser un derecho.

Para hacerlo rápido diré lo que dice el diccionario de la RAE sobre la felicidad: “Estado de grata satisfacción espiritual y física”. Mientras que en Wikipedia podemos leer: “La felicidad es una emoción compleja y multifacética que abarca una gama de sentimientos positivos, desde la satisfacción hasta la alegría intensa”. Pues bien, supongamos que todos estamos de acuerdo, que más o menos nos arreglamos con esas dos definiciones.

Y ahora retomemos la pregunta: ¿puede ser posible ese derecho? Si nuestra respuesta es afirmativa nos deberíamos de hacer otra: ¿Hasta dónde llega?

Mirando como se desenvuelve nuestra sociedad vemos que se recurre bastantes veces a ese derecho, en especial en lo que afecta a las relaciones de pareja. Tal vez sea porque pensamos que ahí nos estamos jugando una parte importante de nuestra felicidad, incluso a veces pensamos que nos la jugamos toda. Así de fuerte es el sentimiento de enamoramiento en las personas, y es verdad que muchas veces nos lo jugamos todo.

Cuando unas relaciones de pareja no funcionan bien muchas veces nos viene a la cabeza esa frase de: “Es que yo tengo derecho a mi felicidad” y nos alejamos. Pero ¿a cambio de qué?

Hay personas que, recurriendo a ese supuesto “derecho a la felicidad” se han alejado de verdad de la posibilidad de ser felices, ya que estaban en el sitio donde podían serlo y se han marchado a otro sitio para que les diesen ese “derecho”, en vez de insistir en fabricar o reconstruir su felicidad.

En el caso de las relaciones de pareja, ¿no puede ser posible que muchas veces llamemos felicidad a lo que solo es tener un buen estado de ánimo? ¿No puede ser que tal vez la felicidad en este caso se encuentre más en la fidelidad a ese amor?

Nos resulta muchas veces complicado tener claro a qué llamamos felicidad. Hay personas que piensan que se trata de un estado de ánimo y por eso la buscan en la euforia que les da una borrachera o la droga. Otras personas, se concentran en buscarla en ver satisfechos todos sus deseos y en este caso esto implica sentirse casi siempre tristes pues esa búsqueda se hace en un estado de insatisfacción. Una de mis teorías es que el motivo más extendido es el de creer que la felicidad se encuentra en sentirse querido, cuando debería de identificarse con el estar enamorado.

Se ve que hemos cambiado poco en el transcurso de los siglos pues ya Aristóteles, hace más de dos mil trescientos años, advirtió que la felicidad no era algo que pudiera buscarse directamente, esto es, algo que se lograra simplemente porque uno se lo propusiera como objetivo. La felicidad es más bien como un regalo colateral del que sólo disfrutan quienes ponen el centro de su vida fuera de sí.

Vista las muchas formas de perseguir y buscar la felicidad, me gusta pensar que, en vez de un derecho, la felicidad es un deber. Y es que creo que las personas tenemos el deber de hacer todo lo posible para hacer felices a los demás. Sabemos que todo derecho implica un deber, pero al contrario también funciona. El deber de hacer felices a los demás nos da la oportunidad de encontrar la felicidad.

Una de nuestras normas y tal vez la más importante en nuestra vida es que las personas sólo seremos verdaderamente felices dándonos a los demás.

La felicidad, puedo responder, no es un derecho, sino que es más bien resultado del cumplimiento, gustoso o dificultoso, del deber y aparece siempre en nuestras vidas como un regalo del todo inmerecido, como un premio a la entrega personal a los demás, en primer lugar, a todos los que nos rodean.

lunes, 1 de diciembre de 2025

Día 141, del viaje a la maratón de Valencia. Corrupción.

     Día 141, del viaje a la maratón de Valencia. Corrupción.

¡Buenos días!



Si de algo sabemos los españoles es de corrupción, llevamos demasiados años compartiendo nuestra vida con ella, por lo que tengo la impresión de si bien sabemos lo que es no la entendemos, ni la comprendemos, pues en caso contrario hace años que la hubiéramos hecho desaparecer.

La corrupción no comienza en las oficinas de los políticos ni en la de los empresarios, empieza en cada uno de nosotros cuando nos acomodamos a la mentira, cuando regalamos nuestra conciencia y empezamos a querer justificarla con la frase “todos lo hacen”. Puede parecernos en una primera impresión de que se trata de un problema económico, pero de lo que se trata sin duda, es de una enfermedad espiritual que se esconde detrás del éxito y que confunde el tener poder con poseer autoridad.

Deberíamos tener grabado en nuestra conciencia que cualquier forma de poder, ya sea económico o político pierde toda clase de legitimidad cuando se aparta del servicio a la persona humana. Cuando el poder se convierte en una forma de enriquecimiento, el Estado se degrada, la economía se deshumaniza y la sociedad se enferma. La corrupción no solo nos está sustrayendo dinero, sino que además nos roba la confianza, la esperanza y el sentido moral de las personas.

La corrupción no se aprecia al principio pues lo hace sin ruido y solo cuando está extendida sale contaminándolo todo, y cuando se instala en nuestro día a día, deja de parecernos mal y se normaliza.

No podemos ser neutrales ante esto, no se puede creer en el bien común y aceptar la corrupción. El destino universal de los bienes se encuentra por encima de cualquier ambición personal. Lo que se sustrae al bien común se está robando a las personas y sobre todo se está robando a los más débiles, a los que no tienen los medios para defender sus intereses y cargan con las consecuencias del egoísmo de los que ostentan el poder. Por eso la corrupción no es solo una injusticia social: es una ofensa contra la fraternidad.

No vale la pena exponer ningún ejemplo, pero lo vemos casi todos los días, un poder corrupto no gobierna: manipula y cuando un funcionario público se corrompe no hace su trabajo, no sirve: se sirve.

No nos tenemos que quedar con la corrupción política y funcionarial, esa que vemos en las primeras páginas de los periódicos y que abren los noticiarios, existe corrupción cada vez que usamos nuestra posición para protegernos, cuando tomamos una decisión que privilegia a un amigo por encima del que se lo merece, en cada vez que callamos para no perder beneficios.  La corrupción es una telaraña que convierte a los hombres libres en cómplices del mal.

Nosotros no nos podemos quedar en el simple hecho de denunciar, tenemos que ofrecer una salida. La justicia si no queremos que se convierta en venganza tiene que ir acompañada de la misericordia, y la misericordia sin justicia se vuelve complicidad. No estoy diciendo que se deba combatir desde el odio, sino desde la verdad. No hay que concentrarse en el castigo, sino en la transformación de las personas. Porque incluso el corrupto, si acepta y entiende el mal que provoca la corrupción, puede renacer.

No se trata de una cuestión ideológica el combatir la corrupción, se trata de una cuestión moral. Si no tenemos claro el problema de la corrupción no podremos impartir justicia pues sin querer aceptaremos que han tenido mala suerte y van a ser castigados, y sin una justicia real no podremos vivir en paz.

 Y donde exista una sociedad que se engañe a sí misma, la mentira terminará por llegar al poder y gobernará, y la persona se convertirá en instrumento, no en fin.

Cuando estamos rodeados de corrupción no podemos aparentar ni mirar hacia otra parte sino intentar convencer, restaurar la conciencia de las personas porque si no interiorizamos la verdad de la corrupción no podrá existir una ética posible. Si no somos capaces de educar en la responsabilidad y en la honestidad la ley será papel mojado, y es que la ley sin virtud está muerta.

No podemos resignarnos a vivir entre la trampa y el cinismo. No basta con no robar: hay que limpiar toda cultura que convierta el engaño en virtud. Si la sociedad en que vivimos huele a corrupción, tal vez sea porque los hemos dejado de defender nuestros principios.

La corrupción se tiene que combatir con ejemplos, no con publicidad. Dando testimonios, no con discursos. Teniendo la conciencia limpia, no pareciendo respetable. La persona corrupta piensa que todo tiene un precio, sin embargo, nosotros sabemos que lo esencial no se compra.

La corrupción destruirá no sólo las estructuras de nuestra sociedad, sino que además destruirá nuestra alma. Y cuando una sociedad pierde su alma, ya no necesita enemigos, caerá sola, desde dentro.