martes, 6 de enero de 2026

Día de Reyes.

     Anoche llegaron por fin los Reyes Magos de Oriente, con toda su carga de ilusión que lleva consigo, con toda esa condición de futuro que toda ilusión proyecta, es decir, llevamos unas semanas intentando anticipar lo que nos traerán, y hace que la imaginación en esos días de Navidad sea el ámbito dentro del cual la realidad de la vida sea posible. 



Si las personas fuésemos solamente seres perceptivos, atendiendo solamente a realidades del presente, nuestra vida no podría ser de otra manera que reactiva, basada en reacciones automáticas y de ninguna manera proyectada, basada en elecciones y, por lo tanto, libre.  

En la espera de los Reyes Magos se culmina, aún en nosotros, esa anticipación que es toda ilusión. No es sólo esperar un regalo: es, sobre todo, la recreación de la leyenda, la imaginación de los Reyes Magos con sus camellos y sus pajes, cargados de regalos, de cómo averiguarán nuestra casa y nuestra conducta en el último año, de cómo responderán a nuestras peticiones de la carta, de que sistema utilizarán para llegar hasta la casa y alimentarse con lo que hemos dejado en los zapatos. Toda esa ilusión con todos los ritos cuya anticipación es tan esencial por lo menos como la recepción de los regalos. La vida en las semanas previas está tensa, apuntando a un objetivo, con alguna preocupación también; ¿llegarán los Reyes, encontrarán la casa, aprobarán mi conducta, serán generosos?, imaginando todos esos detalles: no encuentro una víspera más emocionante para un momento de felicidad.

La ilusión en este día radica en esa faceta de la vida humana que tantas veces hemos experimentado, nuestra condición de buscar el futuro.

Por eso la ilusión de este día no puede reducirse a alegría o entusiasmo; digo reducirse, no que la alegría o el entusiasmo no puedan o deban ser ingredientes esenciales. La ilusión significa anticipación. Afecta en un principio a nuestros proyectos y, por lo tanto, a la forma de plantearlos.

Pero el futuro no es real; no es, sino que será; y habría que agregar: acaso. La fórmula, tan usada, “si Dios quiere”, aplicada a esta espera, aparte de su sentido religioso, de la conciencia de que todo eso está en las manos de Dios, responde con extremada delicadeza a la condición misma de la proyección de la vida humana. Hay en ella un componente de inseguridad, de incertidumbre. Los proyectos se realizan o no; la vida misma puede interrumpirse en cualquier momento, ese “hasta mañana si Dios quiere”, tan repetido, nos hace darnos cuenta de que, sobre el “hasta mañana” pende la amenaza de su incumplimiento, de que no haya “mañana” -al menos para el que habla o el que escucha-.

 Esto nos ayuda a entender por qué el sentido positivo de la “ilusión”, no se ha separado nunca de lo negativo: lo que nos ilusiona puede resultar ilusorio; el objeto de la ilusión puede fallar; a la ilusión la acecha la posibilidad de la desilusión.

Los Reyes Magos nos pueden traer “carbón”, pero el hombre sin ilusiones no es propiamente un hombre.

domingo, 4 de enero de 2026

¡Feliz 2026!

     Muy buenos días.


    Ya llevo unos días en este 2026, la lista de buenos propósitos y nuevas ilusiones y proyectos parece que está llena y me estoy dando cuenta de que he olvidado algo más sencillo y un poco más fácil: dar las gracias.

Y es que pensándolo bien se me ha regalado un año más de vida. Se me ha dado más tiempo, ese regalo que no aparece en ninguna lista. He vivido momentos estupendos con familiares y amigos, han aparecido personas nuevas, inesperadas, que ya tienen un lugar en mi vida.

Y entonces, ¿por qué no empezar el año cargados de gratitud para repartirla?  

¡Ay la gratitud! La gratitud nos cambia. Estamos acostumbrados a fijarnos más en lo que nos falta que en lo que ya tenemos. Y de esta manera, muchas veces, seguimos almacenando carencias, comparándonos, pensando de que la felicidad es algo que se compra o se mide. Pero el hecho de dar las gracias nos vuelve a poner los pies en el suelo: a lo que somos, a lo que ya es bueno, a lo que siempre estuvo ahí.

Si nos acostumbramos a dar las gracias por cada circunstancia y cada momento, sean buenos o no tanto, veremos que nos ocurre algo raro, diferente, incluso podría decir que milagroso: empezamos a darnos cuenta de lo sobrenatural y gratuita que es nuestra vida.

Nuestra vida se vuelve más nítida, trasparente, menos teórica y más amiga.

Y, te das cuenta de que agradecer no es negar la realidad, sino cruzarla. Es mirar los problemas con la seguridad humilde de quien se sabe querido.

En fin, tengamos en este domingo un momento de recuerdo agradecido. No como si nos ponemos a ver las imágenes del año pasado en el móvil, sino como aquella persona que comprende que nuestra vida tiene un sentido incluso en los momentos en que lo perdemos.

Ya estoy en 2026 y aunque ya lo he llenado de algunos propósitos y con algunas ilusiones, en realidad no hacía mucha falta, me bastaba con empezar con gratitud, degustando lo bueno, haciendo memoria agradecida. Y es que quien agradece, ve. Y quien ve, confía. Y quien confía, va más ligero, sabiendo que pase lo que pase, todo acaba haciéndose para bien.

¡Feliz 2026!

viernes, 2 de enero de 2026

Buenos días. Sueños pobres.

     Muy buenos días.



Llevo un par de días escuchando y leyendo proyectos e ilusiones que se quieren cumplir en este 2026 y una de las cosas que más me sorprende es lo bajo y limitado de esos sueños sobre todo en las personas más jóvenes.

Me recuerdo a mí mismo hace ya bastantes años cuando teníamos una especie de ilusión esperanzada que nos decía que un mundo mejor sí era posible y que estaba en nuestras manos. Tenía claro que había que aspirar a mucho para alcanzar un poco.

Me parece adivinar que se va imponiendo un recorte de sueños e ideales, tal vez estemos influenciados por una resignación que confunde el conformismo con la honestidad. La verdad es que van desapareciendo las ansias de vivir y mejorar. Lo que hace difícil vivir en serio nuestra visión moral de la vida.

La verdad es que en la vida no se trata solo de soñar, sino que tenemos que vivir en la realidad y no en otro lugar. Esto parece claro, pero lo que veo es que se abandonan muy rápido las ideas y convicciones que nos hacen aspirar a ver triunfar la verdad, el bien y la humanidad. Pocos veo que luchen por la justicia confiando en el poder de la bondad y del espíritu pacífico. Cada vez son menos los que son capaces de entusiasmarse ante la idea de conseguir un mundo mejor. 

En unos pocos años da la impresión de que se ha impuesto la idea de que para sobrevivir a los problemas de la vida hay que abandonar una cantidad elevada de virtudes que hasta hace poco nos resultaban imprescindibles. Virtudes que nos marcaban los horizontes que debíamos alcanzar. Es fácil que ahora se pise un camino más seguro, no digo que no, pero de nada sirve sin no encontramos un sentido y un lugar hacia el que caminar.

Nos hacemos mayores y eso supone empezar a relativizar o colocar en su lugar algunos de estos ideales. Pero si se hace demasiado pronto puede tomarse como una derrota personal que reduzca nuestra humanidad. Me encuentro con personas que son demasiado jóvenes para abandonar la idea de vivir con la verdad por delante, porque han descubierto que les resulta más rentable y útil para progresar vivir en la mentira. Resulta un poco triste darse cuenta cómo al primer problema y al primer desengaño se pierde la confianza en la bondad de las personas, y se blindan para evitar que se les haga daño.

Es interesante comprobar cómo se desconfía no solo de las personas, sino también de los grandes ideales, de modo que las grandes causas y las banderas que levantábamos hace años, son humilladas porque la demagogia es más útil que la verdad y detrás de una gran bandera suele haber un cretino más grande. Aquellos gritos motivados por la indignación que provocaba la defensa de la justicia se han ido callando a base de aceptar pactos con pequeñas injusticias. Son todas ellas pequeñas derrotas que han ido desgajando y pudriendo trozos del alma de las personas.

Con todo ello, estoy convencido de que la persona posee en su entraña un anhelo de ilusiones y grandes ideales. Simplemente, lo que sucede es que mi generación casi sin darse cuenta le ha ido apagando su entusiasmo a los jóvenes, a base de hacerles pensar que el éxito pasa por esconder con bienestar y dinero esos lugares del alma en los que antes vivían la fe y la esperanza.