Anoche llegaron por fin los Reyes Magos de Oriente, con toda su carga de ilusión que lleva consigo, con toda esa condición de futuro que toda ilusión proyecta, es decir, llevamos unas semanas intentando anticipar lo que nos traerán, y hace que la imaginación en esos días de Navidad sea el ámbito dentro del cual la realidad de la vida sea posible.
Si las personas fuésemos solamente seres
perceptivos, atendiendo solamente a realidades del presente, nuestra vida no
podría ser de otra manera que reactiva, basada en reacciones automáticas y de
ninguna manera proyectada, basada en elecciones y, por lo tanto, libre.
En la espera de los Reyes Magos se culmina,
aún en nosotros, esa anticipación que es toda ilusión. No es sólo esperar un
regalo: es, sobre todo, la recreación de la leyenda, la imaginación de los
Reyes Magos con sus camellos y sus pajes, cargados de regalos, de cómo
averiguarán nuestra casa y nuestra conducta en el último año, de cómo
responderán a nuestras peticiones de la carta, de que sistema utilizarán para llegar
hasta la casa y alimentarse con lo que hemos dejado en los zapatos. Toda esa ilusión
con todos los ritos cuya anticipación es tan esencial por lo menos como la
recepción de los regalos. La vida en las semanas previas está tensa, apuntando
a un objetivo, con alguna preocupación también; ¿llegarán los Reyes,
encontrarán la casa, aprobarán mi conducta, serán generosos?, imaginando todos esos
detalles: no encuentro una víspera más emocionante para un momento de
felicidad.
La ilusión en este día radica en esa faceta de
la vida humana que tantas veces hemos experimentado, nuestra condición de buscar
el futuro.
Por eso la ilusión de este día no puede
reducirse a alegría o entusiasmo; digo reducirse, no que la alegría o el
entusiasmo no puedan o deban ser ingredientes esenciales. La ilusión significa
anticipación. Afecta en un principio a nuestros proyectos y, por lo tanto, a la
forma de plantearlos.
Pero el futuro no es real; no es, sino que
será; y habría que agregar: acaso. La fórmula, tan usada, “si Dios quiere”, aplicada a esta espera, aparte de su
sentido religioso, de la conciencia de que todo eso está en las manos de Dios,
responde con extremada delicadeza a la condición misma de la proyección de la
vida humana. Hay en ella un componente de inseguridad, de incertidumbre. Los
proyectos se realizan o no; la vida misma puede interrumpirse en cualquier
momento, ese “hasta mañana si
Dios quiere”, tan repetido, nos hace darnos cuenta de que,
sobre el “hasta mañana” pende la amenaza de su incumplimiento, de que no haya “mañana” -al menos para el que habla o el que
escucha-.
Los Reyes Magos nos pueden traer “carbón”,
pero el hombre sin ilusiones no es propiamente un hombre.