viernes, 10 de abril de 2026

¡Buenos días! ¿Condiciones para desear vivir?

       


         Me ha sorprendido esta mañana que se pueda considerar como un avance social la decisión de morir de una persona que había dejado de sentir el cuidado y el afecto de los que la rodeaban, me parece que celebrar este hecho encierra cierta miopía moral. Porque la pregunta que me surge al recordar el caso de Noelia, no es solamente si una persona tiene derecho a morir, sino si nuestra sociedad y nuestro Estado han actuado como debían, y si han hecho todo lo posible para que esa persona deseara vivir. 

        No quiero simplificar el tema. Pues la eutanasia nos sitúa delante cuestiones profundas. Pero está mañana me pregunto si apelar a la libertad de la persona no esconde una forma de resignación o tal vez de rendición de nuestra sociedad.  

        La cuestión es que Noelia solicitó la eutanasia y su petición fue atendida. Encuentro muy complicado no sentir una profunda tristeza y preocupación. Ante esto me encuentro, por una parte, con el dolor de Noelia que llega hasta el punto de desear la muerte como una liberación a todo su sufrimiento. Por otra parte, me encuentro con que existe un marco legal que nos presenta esta decisión como un signo de progreso y un respeto a la libertad. Estos dos aspectos es lo que explica mi desconcierto. Porque una cosa es entender y comprender el sufrimiento de esa persona que desea morir y otra cosa muy diferente es celebrar ese final como un progreso moral. 

        He visto que en este caso el argumento principal para defender la eutanasia es la libertad. Se me muestra como una expresión de la autonomía de la persona. Pero, mi pregunta principal no es otra qué: ¿es realmente un acto de libertad desear mi propia muerte? ¿O se trata de la expresión de una libertad herida por el sufrimiento? La libertad, en su sentido más profundo, busca y ama la vida. No a una vida cualquiera, sino plenamente humana. Y esa plenitud depende mucho de la calidad de las relaciones humanas que me permiten amar y ser amado, de unas condiciones mínimas de bienestar, de la presencia de personas que me acompañen incondicionalmente, y cuando todo esto falla, la libertad tiene poco de donde elegir. 

        Nietzsche dijo que: “Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”. Mi sufrimiento puedo vivirlo de una manera distinta si he encontrado un sentido, afecto y alguna razón para continuar viviendo. Cuando todo esto desaparece, mi vida puede convertirse en un peso muy difícil de soportar.  

        Desde este punto de vista, la muerte de Noelia la encuentro especialmente significativa. Sus ganas de morir no aparecen sin más, sino después de años de falta de afecto, violencia, debilidad psicológica y dolor físico. ¿Se puede comprender que una persona en esa situación llegue a desear la muerte? A mi juicio, sí. Pero precisamente por eso, me es muy complicado considerar esa decisión como un acto realmente libre. Más bien parece la consecuencia de una libertad debilitada por la ausencia de condiciones que hacen posible una vida verdaderamente humana.

        Creo que este caso es extremo. Es verdad que en su vida pasó por experiencias particularmente difíciles, con violencia sexual incluida. Pero, otros aspectos de su vida no son tan excepcionales. Son muchos los jóvenes que hoy en día pasan por heridas afectivas, ansiedad, soledad o pérdida del sentido de la vida. De ahí que no me extrañe que muchos jóvenes se hayan podido reconocer, al menos un poco, en la historia de Noelia. 

        Y es aquí donde me surge una inquietud que considero legitima, y es que cuando la sociedad en la que vivo me presenta como un avance la posibilidad de poner fin a la propia vida en situaciones de fuertes dolores y sufrimiento, veo que esta abriendo un precedente delicado, en especial en una generación que se nos presenta muy vulnerable emocionalmente, solamente hay que mirar la tasa de suicidios. 

        Existe, además, otra cosa que aumenta mi preocupación. Me resulta complicado entender como un adelanto social una ley que ayuda a poner fin a la propia vida cuando el Estado no está dispuesto a gastar lo necesario para acompañar a las personas que necesiten atención psicológica o cuidados paliativos. Y es que la libertad no se puede reducir a elegir la muerte cuando faltan las condiciones para querer vivir. La sociedad si en verdad quiere ser humana debería esforzarse en primer lugar a garantizar el cuidado y el acompañamiento. Ya que, en caso contrario, la posibilidad de que la libertad se convierta en expresión de un abandono es muy grande y peligroso. 

        Si faltan el cuidado y el afecto a las personas más necesitadas, si no existe a donde dirigirse cuando se tienen ese tipo de problemas, la libertad se convierte en desesperación, y las actuaciones que nacen de la desesperación es muy complicado entender las como una expresión de una verdadera libertad. 

        La sociedad y el Estado deberían hacerse no solamente la pregunta de si respetan la libertad de quien desea morir, sino si han sabido dar las condiciones que hacen posible desear vivir.  


jueves, 9 de abril de 2026

¡Buenos días! Cuanto menos se comparte, menos se puede compartir.

         

         Me he encontrado esta mañana una frase de Aristóteles que me ha hecho pensar: “la amistad profunda requiere unidad de visión del mundo. Cuanto más vivo, más descubro cuán cierto es este principio, aunque a veces también resulte desgarrador”.

        Como vemos no pertenece a nuestra generación solamente la necesidad de buscar relaciones que estén por encima de profundas diferencias, todos deseamos amar, convivir y relacionarnos con personas, aunque sean muy diferentes a nosotros. Esto lo considero normal y bueno, en la medida en que sea posible.

        Es a partir de este punto donde resulta interesante ver la diferencia entre un cierto nivel de relación a pesar de una gran diversidad y otro nivel en el que aparece una amistad profunda. Debo, ahora, hacer hincapié en una cuestión: no se trata de que yo rechace o evite a quien tenga una visión de la vida diferente. Sin embargo, una cosa es de sentido común: cuanto menos se comparte, menos se puede compartir. 

        Veamos un poco esta cuestión, tenemos que reconocer que todas las personas compartimos el mismo grado de humanidad o sea poseemos la misma dignidad. Por lo tanto, nuestra caridad debe alcanzar a todos, pero una amistad profunda solo se puede dar a unos pocos. Más allá del respeto que hay que tener con todos, e incluso de la caridad cristiana, que va mucho más allá del respeto, también pueden existir buenas relaciones entre personas con diferentes visiones del mundo. Estas relaciones son muy importantes, a pesar de que puedan ser limitadas. Reconocer y respetar esos límites no resulta un impedimento para esas relaciones; al contrario, permite su verdadera realización. Hay un refrán interesante para esto: “nunca actúes como si tuvieras más en común de lo que realmente tienes”.  Y es que, cómo bien sabemos, la clave para cualquier relación es la verdad.

        Cuando pensamos que podemos tener una amistad profunda a pesar de tener visiones fundamentalmente diferentes del mundo, se nos aparece por una incomprensión, no tanto por lo que entendemos por amistad sino de como consideramos la vida humana misma. Si la amistad es una forma de vivir una vida juntos, entonces su calidad y características están determinadas por lo que significa vivir una vida humana.

        Ahora bien, el convencimiento y la convicción que tengamos sobre verdades fundamentales no van a ser un aspecto secundario en nuestra vida, se tratan de los fundamentos que le dan forma en todos sus aspectos. Tal vez por esta razón Sócrates en uno de sus Diálogos se pregunta: ¿Qué son lo justo y lo injusto, lo bueno y lo malo, lo honorable y lo deshonroso? ¿Acaso no son estos los temas de controversia sobre los que, cuando no logramos llegar a una decisión satisfactoria, tú, yo y los demás discutimos?

        Entiendo que Sócrates no está diciendo que los amigos nunca discuten. Sino que la discusión a la se refiere es algo más profundo, algo que va a impedir un verdadero entendimiento mutuo. 

        En estos días que estamos viviendo, es necesario respetar siempre a los demás y hacer un esfuerzo para llevarnos bien. Una de nuestras vocaciones más profundas es la de dar una caridad cristiana a todos. Además, en nuestra vida nos vamos a cruzar con personas muy diferentes con las que tendremos relaciones maravillosamente significativas a la vez que desafiantes. Nada de esto cambia la naturaleza ni la exigencia única de una amistad profunda. Es más, nuestra vida puede y debe ser una especie de conjunto en armonía de diferentes clases de relaciones. 

        Darse cuenta y reconocer la verdad sobre las grandes exigencias de la amistad no solo conseguirá que estas relaciones sean más profundas, sino que a la vez enriquecerá todas las demás. 

miércoles, 8 de abril de 2026

¡Buenos días! Dar libertad.



        Cuantas veces al estar con una persona nos hemos dado cuenta de que nos oprime, de que nos encoge y que  nos sentimos menos libres y en cambio con otras sentimos que nos ensanchan, que podemos sentir toda nuestra libertad. Y la pregunta que ahora yo me hago no es como aprovecho esa sensación de libertad que se me presenta o cómo me tengo que comportar ante esa incomodidad que me provocan, sino qué la pregunta debe ser: que les sucede a los demás cuando se encuentran conmigo. Y es que hay relaciones que nos liberan y otras que nos atan. Hay ambientes que nos provocan proyectos, sueños, creatividad y ganas de hacer las cosas bien, y por el contrario nos encontramos a veces en otros que nos generan desconfianza, sumisión o cinismo. 

        Todas las personas tenemos un extraño poder, un poder silencioso con el que trasmitimos sensaciones. La forma y el tono con el que hablamos, nuestros ojos que miran de una manera especial, la expectativa que colocamos sobre alguien, lo que decimos o lo que nos callamos, todo esto son cosas que abren o cierran expectativas en los demás. Mostrar nuestra forma de ser, sentirnos libres y poder mostrar nuestros miedos, nuestras necesidades o mis proyectos a los demás no debe ser nunca una manera de colonizar la vida del otro, sino la de darle libertad, que se sienta más libre con nosotros.  

        Estaría bien que nuestra presencia, la sensación que proyectásemos fuera la de que los que nos rodean se sientan más libres. Vivir nuestra vida de manera que los otros vivan. 

        Una de nuestras tareas debe ser la de ayudar a que cada persona encuentre su yo más original. Nuestras necesidades, nuestras preferencias, ideas o prejuicios nos pueden llevar a poner etiquetas, a decidir de ante mano quién puede hacer y quién no, o dar casos cerrados antes de tiempo. Nuestra manera de ser debe comenzar por dar confianza y establecer un entorno donde los demás puedan aprender a hacerse responsables de su propia libertad. Nosotros debemos intentar dar libertad. 


martes, 7 de abril de 2026

¡Buenos días! El futuro definitivo.

 


Todos los días realizamos acciones que miran al futuro, lo hacemos ya casi sin darnos cuenta. Algunas veces nuestra mirada se encuentra fija en un futuro inmediato: pongo a calentar el horno para dentro de nada preparar una pizza. Otras veces miramos a un futuro que se encuentra más lejos: cuando hacemos una reserva de un hotel para nuestras vacaciones.

En alguna ocasión, ese futuro no se cumple. La reserva del hotel quedo en nada, ya que cogimos un fuerte resfriado justo el día antes. Pero, gracias a Dios, son muchas las veces que ese futuro se cumple y hemos disfrutado de esa reserva de hotel.

Lo que parece claro es que muchos de esos futuros de basan en acciones que realizamos en el presente. Y, esos actos son, muchas veces, la consecuencia de nuestras decisiones. También lo son, en buena parte, con el cruce de las acciones que realizan otros: una huelga en el transporte nos impide disfrutar de esa reserva de hotel. Si lo pensamos, nos debería de sorprender ver que el futuro se cumple tal como habíamos previsto. También, debería ser normal que nos preparásemos ante los imprevistos que sin duda van a aparecer en ese futuro y que nos obligan a cambiar todos los planes.

Nuestra vida es así, realizamos muchas acciones con la esperanza de que las cosas van a ir bien, pero con la incertidumbre de que no vamos a poder controlar todas las variables que aparecerán en los diferentes proyectos que planeemos. En ese esfuerzo que hacemos día a día por tomar buenas decisiones, mirando a un futuro que esperamos bueno, vale la pena mirar y pensar en el futuro definitivo, ese futuro que da sentido a nuestra vida: el que comenzará tras la muerte, cuando nos encontremos frente a frente con la vida eterna.

lunes, 6 de abril de 2026

¡Buenos días! Domingo de Resurrección.



Ayer fue el Domingo de Resurrección, y esta mañana recordaba la importancia que tiene este día, pues nos viene a decir que la historia de una persona no termina en un fracaso ni en la muerte. Me recordaron que la vida vencerá definitivamente.

Pero claro, para esto hay que creer en la resurrección, lo que significa que no solo hay que decir que Jesús resucitó hace dos mil y pico años. Se trata por lo tanto de vivir con la seguridad de que el amor es más fuerte que la muerte y que el destino final del hombre es la vida eterna. Con la seguridad de que esto es así, nuestra forma de mirar el día a día cambia y se nos abre delante de nosotros una esperanza que no termina.  

Las personas creemos muchas cosas en nuestro día a día: confiamos en el GPS que nos guía, en el pronóstico del tiempo o en descubrimientos científicos que generalmente no comprendemos del todo. Pero no todas las verdades necesitan apoyarse en la misma clase de creencia. Las hay que solo se necesita aceptar un dato, mientras que hay otras que implican un compromiso mucho más hondo. Y la resurrección pertenece a esta última clase.

Conocer ciertas verdades exige algo de quien las conoce. Hay verdades que basta con tener mucha información y aceptarla, pero existen otras que es la misma persona la que tiene que transformarse para comprenderlas. Hay también conocimientos que vamos acumulando, donde cada cosa nueva que averiguamos se apoya en las anteriores. Pero existe otra clase de conocimiento, que cada persona debe de acoger personalmente. El camino de la sabiduría nadie lo puede caminar por nosotros.

Para comprender el misterio de la resurrección se debe tener una disposición de ánimo hacia la esperanza. La esperanza es mirar al futuro con confianza. Para un cristiano la esperanza no es ser un optimista ingenuo, sino tener la seguridad de que su destino final se encuentra en Dios. Si una persona consigue vivir con esa esperanza, su forma de ver el mundo va a cambiar. Las dificultades que se va a encontrar en su vida no van a desaparecer, pero se verán desde otro punto de vista.

Creer que la vida no se termina en la muerte, sino que se transforma, nos permitirá vivir con mayor libertad, generosidad y valentía. Esto no nos aleja de la realidad, sino que esta esperanza nos lleva a comprometernos más con ella.

Si yo creo que mi vida tiene un destino eterno no voy a despreciar el mundo, todo lo contrario, lo valorare más profundamente. Cada persona con la que me cruce, cada acción que realice, cada acto de amor y justicia adquirirán un significado que irá más allá del tiempo.

Las personas muchas veces tenemos deseos que no son demasiado grandes, incluso en este caso me atrevería a decir, demasiado pequeños, nos conformamos con una vida que termina con la muerte cuando estamos llamados a la vida eterna. Nos conformamos con satisfacciones pasajeras cuando podemos conseguir una alegría mucho mayor.  

Ayer recordamos justamente que creer en la resurrección, entonces, no es solo afirmar que Jesús resucitó hace dos mil años. Es vivir con la certeza de que el amor es más fuerte que la muerte y que el destino último del ser humano es la vida eterna. Esa certeza cambia la forma de mirar el presente y nos abre el corazón a una esperanza que no termina.

domingo, 5 de abril de 2026

¡Buenos días! Tener el poder y tener autoridad.



        Existe y deberíamos de saber que hay una diferencia entre tener el poder y tener autoridad. Cada día que pasa me voy dando cuenta de que existen muchas personas que no la ven, ya que al ser cada día más grande esa diferencia, no las relacionan, y entender la diferencia entre el poder formal y la legitimidad moral y comprender bien esta diferencia es un requisito fundamental para estudiar nuestra estabilidad social, la justicia y la eficacia de los liderazgos. 

        Vemos con frecuencia como existen tensiones entre poder y autoridad en el ambiente político, empresarial y cultural. Podemos pensar que estos roces son simplemente superficiales, pero en realidad no lo son. Ver la diferencia entre el poder formal y la legitimidad moral es clave para comprender por qué algunos líderes consiguen respeto y colaboración, mientras que otros imponen su voluntad sin conseguir lealtad ni reconocimiento. 

        Suele decirse que una verdadera autoridad, es aquella a la que puedo someterme libremente sin sentir ninguna clase de humillación. Según esto la verdadera autoridad no se impone por la fuerza, sino que se basa en el respeto y el consentimiento de quien la reconoce. En la vieja Roma se entendía la autoridad de una manera parecida: la autoridad no residía en el poder legal ni en la coacción, sino en la legitimidad moral. Era la capacidad de inducir obediencia no solo por deber, sino por la confianza que inspiraba quien ejercía el mando.

        Los romanos apoyaban el concepto de autoridad en el derecho, la tradición y el prestigio de la persona, se aplicaba no solo en la vida política sino también en la familiar y militar. La autoridad implicaba influencia moral, unida a la reputación, la integridad y la prudencia, y de echo era reconocida por quienes se encontraban en un escalón superior. Por lo tanto, el poder representaba la autoridad formal, legal y administrativa que un gobernante o un magistrado podía ejercer, mientras que la autoridad la legitimaba y reforzaba, pudiendo influir en decisiones políticas aun sin disponer de poder ejecutivo. 

        Estas diferencias ya vemos que vienen de lejos, pues los romanos ya nos insinúan que el poder que no tiene autoridad no suele percibirse como auténtico y tiende a anular a quien posee autoridad reconocida, incluso llegando a considerarlo como su mayor amenaza. 

        Por lo tanto, un gobernante que por serlo tiene poder pero carece de autoridad, por naturaleza, restringirá la libertad ya que se le obedecerá por obligación. Neutralizará esa falta de autoridad mediante artimañas, agresiones o campañas de desprestigio. Esto se viene repitiendo a lo largo de la historia, la condena en Atenas de Sócrates o como el estalinismo en la URSS purgo a los intelectuales nos pueden servir de ejemplos. Y continua hoy en día, lo podemos experimentar nosotros mismos con solo observar las noticias. 

        Sin ir más lejos en el mundo de la empresa nos encontramos con directivos que ponen por delante la obediencia ciega y el control sobre el talento y la iniciativa, por lo que limitan la creatividad y penalizan a los que cuestionan actuaciones injustas o ineficaces, creando lugares de trabajo que rayan lo opresivo. 

        En la política también lo vemos, con demasiada frecuencia nos encontramos con personas que ascienden a cargos de responsabilidad carentes de virtud o experiencia. Naturalmente sin nada de autoridad reconocida, pueden acabar más centradas en conservar el poder que en promover el bien común.  Su poder, frágil de base, suele sostenerse mediante coacción, populismo o maniobras mediáticas, generando desconfianza y fragmentación social.  

        El mundo de la cultura también posee en algunos lugares esa fragmentación. La mediocridad, promovida por estructuras jerárquicas o tendencias de popularidad, tiende a eclipsar y devaluar lo genuinamente innovador o sobresaliente. La crítica se convierte en censura tácita, y la libertad creativa se ve restringida por la presión social o por modelos que favorecen lo anodino o políticamente correcto, frente a lo valioso y arriesgado.

        En ocasiones, no es la gente más educada o cultivada quien marcan el tono social, sino otra menos exigente que termina imponiendo sus gustos. Lo mediocre por lo general tiende despreciar lo que es sobresaliente, tal vez el motivo sea porque no conoce el trabajo que cuesta alcanzarlo o porque se ha conformado con una visión desesperanzada de la realidad.

        Por eso hoy parece imponerse a veces una estética empobrecida y cierta tendencia a la nivelación por abajo.  Lo ordinario puede mirar con recelo lo valioso y tratar de someterlo, dificultando que quienes poseen autoridad real ocupen el lugar que les correspondería por su mérito y valía.

        No tenemos que ser pesimistas ante este panorama, hay que aspirar a que un modelo basado en el merito termine por establecerse, en el que una autoridad verdadera se corresponda al lugar que ocupa y no se ponga por encima de lo excelente lo mediocre. Solo así podrán consolidarse en nuestra sociedad acciones políticas y entornos corporativos en los que los objetivos de bien común y justicia queden efectivamente respetados.


sábado, 4 de abril de 2026

¡Buenos días! Cada decisión cuenta.

   


   

      Se planteaba el otro día en una de esas conversaciones de café la paradoja del tranvía y me di cuenta al repasarla que no existe ninguna solución que no nos cause dolor, no hay respuesta sin dolor, ya que cada respuesta que pueda dar causara una víctima. Ese el kit de la cuestión en este dilema: la discusión entre nuestros razonamientos que hacen cálculos y nuestro corazón que siente.

        Repasemos lo que plantea la paradoja del tranvía. Wikipedia nos dice: "El dilema del tranvía es un experimento mental ético donde un tren sin frenos matará a cinco personas a menos que actives una palanca para desviarlo, lo que causaría la muerte de una persona en la otra vía". 

        Resulta curioso como en esa paradoja ficticia se encuentra una de las verdades más profundas sobre nuestra vida. Cada uno de nuestros días tomamos decisiones que afectan a personas, a relaciones y a esperanzas. Continuamente elegimos, en unos casos entre el deber y la compasión, en otros entre la comodidad y la justicia. No siempre vamos a encontrar una respuesta satisfactoria, pero siempre existe una voz en nuestro interior que nos hace elegir con conciencia y con amor. 

        En este caso hay que elegir con amor, no se elige entre las víctimas, el amor no elige se entrega a todas. Entonces, no resuelve el dilema moral con lógica, sino con compasión. Es una solución que no evita el dolor, sino que lo abraza para transformarlo.

        Tal vez, yo no este capacitado para aclarar estos dilemas morales, pero quizás el fin último de esa paradoja no se encuentre en que yo tenga que elegir entre quien debe vivir y quien debe morir, sino en aprender a vivir con conciencia el peso de mis decisiones. Cada decisión, cada palabra que diga, puede ser un camino hacia la vida o hacia una muerte. 

        Es fácil, que al final, la pregunta que verdaderamente hay que hacer en ese dilema no sea qué haría yo si tuviera que elegir, sino cuánto amor voy a poner en esa decisión. Y es que sólo el amor, que no hace cálculos, puede redimir lo que la razón no logra solucionar.


viernes, 3 de abril de 2026

¡Buenos días! El hombre un ser responsable.

    


 Tenemos la idea de que el hombre debería de ser mayormente responsable, y así debe ser, y si ahora miramos un momento el diccionario veremos que nos dice que responsable es alguien que esta obligado a responder de algo o por alguien. O sea, un ser que responde. 

    Se dice muchas veces que ser hombre es estar siempre delante de alguna pregunta y que vivir es dar respuesta. Y tanto es así que nuestra actual sociedad, consiente de nuestra necesidad de respuestas, se esfuerza continuamente en darnos respuestas fáciles y nos hace pensar que con ellas vamos a tener suficientes.

     Si de algo se caracteriza nuestra época es la de dar un conjunto de respuestas que le permite al hombre estar controlando siempre la situación. Este control llega hasta tal punto que para esa persona la realidad que le rodea se reduce a aquello que está bajo su dominio: para él todo se convierte en un problema, en algo que él puede solucionar, en algo que él puede dominar. Lo que no controla se queda fuera. Lo que sucede es que en algún momento se da cuenta de que su realidad es muy pequeña, que hay mucho más. 

    Ese momento en el cual nos damos cuenta de que nuestra realidad es muy reducida coincide con el instante en que empezamos a pensar. Los problemas que nos da el pensar es que percibimos lo estrecha que hemos convertido nuestra vida, y que empezamos a ver todas aquellas cosas que existen fuera. Y es que pensar nos lleva a abrirnos a un mundo más grande, desconocido y cuyos enigmas nos pueden dar un poco de miedo. En este sentido, pensar, es más bien algo necesario para vivir, se trata de las respuestas o las teóricas soluciones que consigue dar cada persona a su vida. Ver las cosas desde el punto de vista de la verdad, de la belleza, del bien, implica también la forma en que la persona se sitúa ante su vida.

    ¿Qué sucede? Qué las personas se contentan, muchas veces, con las respuestas más sencillas y fáciles, como dedicarse a ganar dinero, a disfrutar e instalarse en la comodidad, y ven muy complicado comprometerse, profundizar en las relaciones, conocer realmente la realidad, etc. Existe una especie de temor a encontrarse con lo desconocido, tal vez por el riesgo que puedan correr, por el miedo a no tenerlo todo controlado.  

    Quizás en nuestra época exista un exceso de racionalización, y en vez de hacer un mundo realista y encantador, ha hecho un mundo idealista y frenético: con el objetivo de conseguir una zona más amplia de confort en la que sentirse seguro materialmente. Sin embargo, si se intenta encuadrar la belleza de la propia vida y de la realidad en todo lo que cada uno puede poseer se puede convertir en algo enfermizo. Esto hace que muchas personas terminen amargadas. En algún momento se dará cuenta que ante la inmensa realidad que existe, más que seguridad material lo que necesita es seguridad existencial, o sea: alguien en quien confiar. 

    Tener buenas relaciones con las otras personas, ese tener en cuenta a los demás, hace que el temor a salir al exterior desaparezca. No es que los demás nos van a resolver todos los problemas, que me resuelvan la vida, sino que unidos cooperemos y encontremos un modo saludable de enfrentarnos a la realidad. 

    En esta situación el pensar no reduce la realidad a lo que pueda comprar o controlar, sino que me pone delante de toda riqueza que existe y en ella puedo profundizar, buscar las respuestas que den un verdadero sentido y valor a mi existencia. 

    El problema de pensar es que nos pone también delante del mito de la caverna donde un grupo de hombres viven atados a unas cadenas, viendo solo los sombras de lo que sucede en el exterior proyectado en una pared. Y cuando uno que ha conseguido salir al exterior vuelve y les dice: “hay más”, ellos deciden hacerlo callar: “aquí estamos muy cómodos, déjanos en paz”.


miércoles, 1 de abril de 2026

¡Buenos días! El populismo: una visión parcial de la verdad.

 


Uno de los detalles que nos pueden indicar por donde se encuentra nuestra posición sobre si somos o no populistas la podemos encontrar en averiguar si vemos diferencias entre los pobres. Aunque nos pueda resultar desconcertante, todos los populismos se preocupan por la pobreza, así como en el sufrimiento de algún colectivo. Siendo esto bueno, la dificultad aparece cuando nos damos cuenta de que estamos centrando nuestra atención en un solo colectivo por encima de otros, justamente en ese colectivo que utilizamos como nuestra bandera.

Así que, esta manera de actuar nos puede ayudar a comprender uno de los pilares del populismo, que no es otro que su visión parcial de la verdad, algo que por supuesto nos puede ocurrir a todos. Pero, la diferencia se encuentra en pensar que ahí está toda la verdad, cuando en realidad solo hay una parte, ignorando todo lo que se salga de ahí. Desde este punto de vista, no es difícil caer en actuaciones que utilizan ciertos colectivos para reafirmar identidades.

En nuestro caso, esta dinámica la podemos encontrar en el modo de ver la moral. Puede ser que corramos el peligro de poner nuestra atención sólo en la moral social o solo en la moral de la persona. O sea, plantear una necesaria defensa de la vida y olvidarnos, por otra parte, de lo que esto significa con respecto a la acogida de refugiados o a la desigualdad social, por ejemplo. En sentido contrario, también podemos poner toda nuestra atención en la imprescindible justicia social, en el problema ecológico o en un sinfín de problemas sociales, y olvidaros de la moral de la persona y la exigencia de la defensa de la vida en todas sus etapas.

Evidentemente, cada personalidad y cada generación, como es normal, según su sensibilidad pondrá su atención en aspectos diferentes, algo que es muy necesario. Sin embargo, nuestra posición requiere aspirar a tener un punto de vista lo más amplio posible sobre los problemas que arruinan el mundo y al conjunto de la humanidad, y no utilizar los padecimientos de unos pocos para hacer una bandera de ellos.

Resumiendo, tenemos que recordad que en este mundo todo está conectado, que necesitamos estar pendientes de la complejidad de la realidad. Defender la dignidad humana es un buen punto de unión entre la moral social y la moral de la persona. Los intereses partidistas, por el contrario, no lo son nunca.

martes, 31 de marzo de 2026

¡Buenos días! ¿Soy populista?

 


En esto de preguntarnos si somos populistas o no, debemos tener en cuenta que necesitamos usar bien el concepto de “pueblo”.

La dificultad de la idea de pueblo aparece cuando hablamos sin conocerlo, o sea cuando lo conocemos a base de encuestas o cuando a base de análisis ideológicos se exaltan unos grupos que nos impiden comprender lo que la gente realmente piensa y experimenta, mientras se olvida que en cada grupo humano hay buenos y malos.

Por eso, más que hablar del pueblo, como si se tratase de una categoría mítica que alcanza y unifica misteriosamente a una gran cantidad de personas, nos conviene fijarnos en las personas concretas. Escuchar sus puntos de vista, percibir sus preocupaciones y sus esperanzas.

Entonces podremos acercarnos a la realidad de los grupos humanos en su riqueza inagotable, en sus cambios, en sus aspiraciones y sus esfuerzos individuales y colectivos hacia objetivos más o menos concretos.

Desde estas premisas, no olvidemos que la respuesta a nuestra pregunta no puede caer en la tentación de decidir quién es y quién no es populista. O de señalar qué grupos tienen el deshonor o para otros el honor de llevar este curioso apellido.

No, la pregunta debe ser más audaz y realista y adentrarse en el seno de nuestras actitudes y modos de hacer, que es donde realmente cristaliza la calidad y la pobreza de nuestro pensamiento. Por tanto, el reto no está en clasificar a los distintos miembros, grupos y situarnos en uno de ellos, sino en identificar una serie de elementos que pueden tener puntos en común con el populismo en su versión política y que, como en todo grupo humano, también emergen en nuestro modo de ser.

En cualquier caso, cada uno de nosotros no vamos a poder quedarnos al margen de cada una de las malas dinámicas que existen hoy en día. Nadie está a salvo ni libre de caer en esos errores, por desgracia, estoy seguro de que ya habremos cometido alguno de ellos. Entonces, ¿cuáles son los síntomas de esta curiosa enfermedad que es el populismo?

lunes, 30 de marzo de 2026

Buenos días. ¿El populismo, está influyendo en mis decisiones?

 



Si miro la prensa veo que tenemos mucho populismo, no me refiero al populismo que tiene como objetivo acercarse al pueblo sino al populismo político que busca el apoyo popular dividiendo a la sociedad en dos bandos incompatibles, no se trata de una ideología, sino más bien de una estrategia que ofrece soluciones simples a problemas complicados, apoyándose en las emociones y los sentimientos de las personas.

Al tratarse de una estrategia la podemos encontrar en cualquier opción política. Tanto en grupos de izquierda como de derecha, auspiciado por progresistas, por nacionalistas y por conservadores, bajo causas aparentemente nobles y justas, y en otros casos canalizando hastío, sed de venganza y malestar crónico. Presente en todos los lugares, incluso en nuestras tertulias y en nuestras sobremesas junto a un café.

Esta forma de actuar que divide y polariza, no solo se ha quedado en la política, sino que cada vez más está entrando en nuestra vida y por desgracia nos está llevando a elegir soluciones fáciles a problemas que no lo son. Está penetrando en nuestra forma de ser no porque los políticos lo utilizan en demasía, sino por nuestra pobreza de pensamiento que nos impide comprender la realidad que nos rodea en toda su complejidad.

Si lo anterior puede ser verdad, la pregunta es necesaria: ¿el populismo está realmente presente en nosotros? Es decir, hacernos la pregunta de cómo este fenómeno, que tiene una fuerte relación con la verdad, está influyendo en nuestra vida. Dicho de otra manera: ¿hay sospechas de populismo en nuestras decisiones? ¿Estoy a salvo de este fenómeno?

Preguntas, todas ellas, que se merecen un poco de reflexión y que voy a tener que pensar mis respuestas.

domingo, 29 de marzo de 2026

¡Buenos días! Demos la paz.

 


Recordaba ayer haber leído en la novela 1984 que escribió George Orwell algo parecido a que un líder debe mantener a su gente en un estado de miedo constante, haciéndole pensar que en cualquier momento puede ser atacado y así renunciará a su libertad para vivir. Me parece adivinar algo parecido en lo que están sintiendo los estadounidenses desde hace unos años.

Y es que el miedo es otro de los motivos por los cuales se empiezan las guerras, así como lo puede ser también el sentido del honor, son muchos los motivos por los cuales vemos que se pueden comenzar las guerras, de ahí lo complicado que es evitarlas. Alguien dijo y con razón que es bastante más sencillo hacer la guerra que la paz. Tal vez sea porque los que comienzan una guerra vean en ella una solución fácil para solucionar sus problemas y alcanzar unos beneficios rápidos: sin embargo, siempre resulta después imprevisible, con enormes costos, ante todo – pero no sólo – en términos de vidas humanas. Pocas veces se piensan en los problemas que habrá que solucionar cuando se termine.

Todo son, como ya sabéis, problemas e inconvenientes que nos encontramos en una guerra y a pesar de ello, las guerras siguen produciéndose con demasiada facilidad. Lo que nos viene a demostrar que la paz es más difícil y complicada de proponer, y lo es, tal vez, porque es más respetuosa con la verdad de las cosas, y con la verdad de nosotros mismos, ya que el problema que causa una guerra surge primero dentro de nosotros mismos. Son muchos los problemas que el hombre tiene y no son fáciles de resolver.

Creo que podemos ir cambiando las cosas, no será fácil sin duda, ya que venimos de una larga tradición. Si vemos como se entiende en la antigua Grecia y en la antigua Roma la palabra paz veremos que en nuestra cultura paz significa básicamente ausencia de guerra.

La palabra griega para paz es, “eiréne”, que significa literalmente la pausa entre una guerra y otra; la palabra latina “pax” significa el acuerdo de no beligerancia temporal. Ambos términos nos dejan el mensaje de que la paz es un estado de cosas excepcional y de corta duración y que la guerra es la norma.

Si además de todo esto vemos que resulta demasiado fácil incitar al odio y la destrucción en las escuelas, en la política, en los libros e incluso en lugares de oración. Nos damos cuenta de que tal vez sea una pobreza cultural la que se encuentra en el origen de muchas decisiones que se toman en nuestra sociedad, más atenta a los intereses partidistas que a una paz que acabe beneficiando a todos a largo plazo.

Por todo ello, el camino de la paz, aunque deseado y apreciado como un bien evidente, si de verdad queremos llevarlo a cabo, será necesario un gran esfuerzo y sacrificio a todos los niveles. Por parte de todos.

En fin, demos fraternalmente la paz a todos.

sábado, 28 de marzo de 2026

¡Buenos días! Hemos cometido un error.

 


Me encuentro algunas veces ante acontecimientos que me hacen daño, no un dolor físico sino moral, hechos que me descomponen por dentro y de los que huyo, me aparto, se me revuelve el estómago y los evito. Me autocensuro, los esquivo en las conversaciones y con solo leer el titular de la noticia lo soslayo. Se trata simplemente de ese refrán tan sencillo y claro de: “ojos que no ven, corazón que no llora”. Me refiero a cada caso de eutanasia y en especial a este último.

Y es que mi generación algo ha hecho mal, la sociedad que he ayudado a crear es derrotada en cada ocasión que no puede garantizar el cuidado y el bienestar de los que son más vulnerables, consiguiendo además que lleguen a la conclusión de que la muerte es su mejor solución. Mi forma de ver la eutanasia parece claro que contrasta con la idea de muchos políticos y de mucha gente que, no tengo dudas, con buena intención se olvidan de que en cada vida hay algo que es único, que tiene el valor sagrado de un regalo que se nos ha hecho y que como sociedad tenemos el deber de defender, cueste lo que cueste, y es que cada persona posee una dignidad infinita.

En este caso al igual que con la guerra siempre he sido del parecer que algo malo no se soluciona con más cantidad mal, un fuego no se apaga con más fuego, y la muerte no puede ser la solución a una vida desafortunada, por desgraciada que sea. La compasión, la auténtica compasión no puede contraponerse con la bioética que intenta resolver conflictos éticos en la medicina, ni los derechos de las personas pueden estar a favor de la muerte.

En la sociedad que mi generación debería de haber ayudado a crear, una Ley debería de estar hecha para defender a los más débiles, y en este caso, Noelia claramente lo es. Y la vida de esta persona merece ser vivida, valorada y apreciada, y no hemos estado a la altura como sociedad, y honestamente, la mayoría de nosotros sabemos que hubiera tenido posibilidades de salir adelante bien tratada o acompañada como merece. Otra cosa es que, en mi sociedad, de tan empáticos que nos creemos, hemos quitado las vallas que separan del abismo de la muerte a los más frágiles y vulnerables. Por desgracia, creo que aun veré cosas peores. Y en esta ocasión nos hemos equivocado, hemos cometido un error, tal vez el único error que no se puede ya solucionar.  

viernes, 27 de marzo de 2026

Buenos días. ¡Guerras por ideología!

 


Si anteayer daba a la supervivencia como uno de los motivos por los cuales se producen las guerras, hoy, he encontrado otro motivo que no se queda atrás, se trata de las ideas. Son guerras que se libran en nombre de la religión, de la nación, de la raza, de la sociedad perfecta, de una identidad colectiva, siempre que se piense que toda persona que demuestre una idea o un pensamiento diferente es un mal que no queda más remedio que eliminar.

Son guerras que por lo general son mucho más crueles que las económicas ya que los conflictos por una idea política o religiosa justifican todo lo que se hace en su nombre. La base de este motivo se encuentra en que quien no sigue mi ideología es como una enfermedad que hay que curar y erradicar, por lo que merece morir, y en algunos casos se ven a esas personas como un sacrificio que es necesario para alcanzar nuestro ideal, ya que este beneficiará a toda la sociedad.

El aspecto cultural en lugares donde una ideología va cogiendo fuerza es también muy importante, la educación muchas veces se basa y ve con buenos ojos al hombre “espartano”, que demuestra su valía luchando. La literatura da muestras continuamente de guerras que son necesarias para el progreso. Incluso en épocas donde la paz parecía gozar de buena salud, hemos visto como las ideas nacionalistas mostraban su militarismo en forma de desfiles y fuerza militar.

Nuestras dos guerras mundiales se pueden considerar de esta manera, se comprobó incluso en el mundo de la ciencia. Se rechazan los descubrimientos y escritos por venir de un lugar que se considera hostil. Un ejemplo lo vimos con la teoría de la relatividad general de Einstein, que fue fuertemente rechazada en Oxford porque su autor era considerado un enemigo de Inglaterra.

En nuestros días podemos ver cómo en nombre de una ideología o del nacionalismo han sido motivos más que suficientes para empezar una guerra. Recordemos en cómo la política y la demagogia han desempeñado un papel clave en guerras de no hace mucho como la de la antigua Yugoslavia o la de Ruanda donde se envenenaron los lazos de amistad y de familia de tal manera que propiciaron una serie de venganzas y ajustes de cuentas causando innumerables muertes.

Y es que los clichés culturales son uno de los factores más poderosos en la decisión de hacer la guerra, porque recurren a la sugestión y a las emociones, que tienen fuertes vínculos con el inconsciente. Y es significativo que cuando se enfrentan al pensamiento crítico, demuestran no tener justificación.

Ejemplos los encontramos en muchos lugares de la antigua Yugoslavia, donde vivían sin problemas aparentes serbios y croatas, y que se convirtieron de un día para otro en escenarios de un odio mortal. La mayoría de las personas se conocían, fueron juntos a la escuela. Antes de empezar el conflicto, algunos trabajaban en el mismo lugar, salían de fiesta juntos y de repente empiezan a intercambiarse insultos y pasan a matarse entre ellos. Y sus motivos vistos ahora con tranquilidad nos parecen absurdos.

Lo que sorprende es la vaguedad de estos motivos cuando se repasan con tranquilidad, tal vez sea el uso que hacen de esos motivos los políticos y demagogos en beneficio propio, sea la causa de que décadas de vida pacífica en común se rompa de una manera tan rápida y cruenta.

Una consecuencia de una propaganda mal intencionada lleva a producir miedo en la gente y de ahí a provocar una guerra defensiva solamente hay un paso, pero la guerra por miedo la dejaremos para otro día.

miércoles, 25 de marzo de 2026

¡Buenos días! ¿Por qué las guerras?

 


A pesar de todo lo que hemos aprendido y experimentado, los hombres no dejamos de emprender guerras, cuando sabemos que es un acto completamente irracional. Ya casi nadie tiene dudas de que una guerra hoy en día es esencialmente devastadora, todos los que comienzan una guerra saben que van a poner en riesgo lo más grande que tiene, la vida. Saben que van a causar heridas y traumas a personas y naciones que van a permanecer incluso muchos años de haber terminado. Y, sin embargo, guerras hemos tenido desde el principio de la historia. Es sintomático que la propia historia, tanto la sagrada como la profana, comience con el fratricidio.

Leí el otro día que siempre podemos encontrar, si queremos, un motivo para discutir y pelearnos. Es fácil. La dificultad la encontramos en entender por qué buscamos esas razones para empezar las discrepancias. Uno de los motivos, aunque más bien podría decir que una combinación de codicia y agresividad es uno de los más repetidos.

Pensemos un poco, ya Plauto en su obra Asinaria, con esa expresión de “el hombre es un lobo para el hombre” o en latín “homo homini lupus”, ya nos quería mostrar que la guerra y la agresión violenta desde siempre ha sido uno de los sistemas que más se ha utilizado para la propia supervivencia, aunque en la mayoría de las ocasiones haya tenido como resultado una ruina para una parte. Esta frase lo que intenta resumir es la opinión de que las personas para poder llegar a un acuerdo y respetarlo, sólo lo harán cuando se encuentren bajo la amenaza de un poder superior, fuerte y absoluto que sea capaz de protegerlos.  

Esto lo podemos comprobar sencillamente mirando a nuestra vieja Europa y sus dos guerras mundiales o a nuestra guerra civil, que se dieron en el siglo pasado cuando se consideraba que se vivía en una sociedad civilizada y culta. En unos años dónde el progreso era imparable y los adelantos de la ciencia presagiaban un futuro optimista. Y, sin embargo, curiosamente, fue ese progreso y esa ciencia las que crearon nuevas y mortíferas armas que contribuyeron a una destrucción sin precedentes.

Lo que estoy tratando de explicar es que la guerra y la agresión violenta se encuentra presente en toda persona y que la cultura y la civilización hasta ahora no han podido eliminar. Pero claro, esto esta bien cuando quiero explicar una agresión que se realiza bajo un acto instintivo o reflejo, pero cuando tengo que explicar esa agresión que se va repitiendo continuamente, siglo tras siglo, sabiendo que es perjudicial no hay más remedio que profundizar un poco más.

Podemos leer mucho sobre el tema, pero el sentido común nos dice que una guerra no es un acto reflejo, no se trata de un instinto básico de supervivencia, sino que se trata de una acción que aparece cuando el hombre es incapaz de dar sentido a la situación por la que esta pasando y agrede para superar un problema o las dificultades para conseguir un bien para el mismo o para su sociedad.

De ahí que por ejemplo la codicia, así como la acumulación de bienes y recursos se encuentre en el origen de muchas guerras. Podemos por lo tanto añadir, que la economía como motor de una sociedad puede lanzar a una sociedad a una agresión, ya sea para mejorarla o para que no se deteriore.  

En fin, se pueden añadir fácilmente varios motivos más como la ideología, el miedo y el sentido del honor para explicar el porque de las guerras, pero esos motivos los dejaremos para otro día

martes, 24 de marzo de 2026

¡Buenos días! Viajar hacia adentro.

 


Nos suele suceder a muchas personas que la vida se desarrolla, muchas veces, en un círculo pequeño o más bien reducido. Repasamos nuestras costumbres, nuestras opiniones cuando conversamos, nuestras emociones y los ambientes en los que nos movemos y nos damos cuenta de que hace tiempo que se mueven dentro del mismo perímetro. Ese espacio nos ofrece tranquilidad y seguridad, nuestro “yo” se siente a gusto, y sin embargo puede convertirse en una prisión de la que sin darnos cuenta nos hemos encerrado. Salir de ese encierro no es otra cosa que abrir puertas y ventanas para ventilar, para que entre el aire fresco. Es hacer algo que nos dé un poco más de libertad.   

En esta ocasión no me estoy refiriendo a viajar, a irse de viaje en el sentido de hacer turismo y conocer nuevos lugares. Aunque la verdad si que se trata de realizar un viaje, pero de un viaje interior. Ese entrar en nuestro interior no es un encierro, sino que se trata de una apertura. Al entrar en nuestro “yo” más profundo podemos descubrir que no coincide con esa forma de ser y de actuar que solemos manifestar dentro de nuestro circulo cotidiano y que tanta seguridad nos da. Salir de uno mismo implica también romper nuestra forma de ser habitual para ver si encontramos algo nuevo que nos muestre nuevos horizontes.

No sería de extrañar que nuestro yo más auténtico se presentara cuando dejáramos de repetir automáticamente nuestra vida cotidiana y nos atreviéramos a investigar si hay algo más. Salir de uno mismo es, por lo tanto, un acto de valentía.

Salir no implica necesariamente coger el coche y marcharse. Podemos emprender un viaje sin movernos. Un viaje hacia nuestro interior no es buscar un refugio en el que esconderse, es descubrir y darse cuenta de que nuestro yo más profundo es más grande que el yo que creemos ser.

No hay duda de que es complicado salir de nuestras ideas, lo es muchas veces porque nos encontramos encerrados en auténticas prisiones, esto nos exige tener la capacidad para pararnos por un momento y examinarlas, no de repetirlas constantemente. Salir de nuestras ideas conlleva someterlas a la prueba de la discusión y el dialogo, a dudar y a probar. Es bueno cuestionarse, intentar comprender.

lunes, 23 de marzo de 2026

Un infierno real.

 


He estado mirando las imágenes que nos muestran los medios de comunicación de Irán, Ucrania, Líbano, Israel, Nigeria y podría seguir un poco más con imágenes de otras partes del mundo y, he pensado que todas esas imágenes me muestran lugares o situaciones donde existe un gran sufrimiento y que deben de ser lugares muy parecidos a lo que debe ser el infierno.

No hace falta ser creyente ni tener alguna clase de fe para decir que el infierno existe, estamos ante unos hechos y una evidencia que nos lo muestran. Y digo que no hace falta tener ninguna clase de fe porque estos infiernos son una creación de las personas.

Hoy más que nunca nos encontramos con que la política es muy complicada y llena de muchos matices difíciles de entender. Nos encontramos en situaciones donde podemos estar en desacuerdo con el gobierno, lo que no nos debe impedir hacer nuestra vida con normalidad, solo hay que esperar las elecciones y comprobar hasta dónde llega y si es mayoritario o minoritario. Sin embargo, hay gobiernos que en ese espacio de tiempo pueden llevar a sus países a la ruina, que no aceptan el desacuerdo ni la crítica y que oprimen a sus ciudadanos. O sea, gobiernos corrompidos que impiden que muchas personas puedan vivir su vida con normalidad.

Teniendo claro que entender la política nacional e internacional es muy difícil y complicada, debemos tener claro que hay acciones que no son de ninguna manera compatibles con nuestra forma de pensar, al menos con la mía. Y la guerra es una de ellas.

Hoy en día ya no hay ninguna guerra que sea justa, esa guerra que en la edad media los teólogos hablaban y que en primer lugar era para defenderse de injustas agresiones hoy en día ya no se puede dar. Las condiciones actuales nada tienen que ver con aquellas. Entonces morían los soldados. Hoy lo hacen personas inocentes. Antes se luchaba con piedras y espadas. Hoy nos encontramos con armas de destrucción masivas. Ya no se dan las condiciones para poder hablar de guerra justa. La guerra siempre debería de ser evitable.

Estos infiernos que vemos cada día, que hemos creado nosotros, nos deben de ayudar a entender de que si hay infierno después de la muerte será de alguna manera también una creación nuestra. En mi humilde opinión existen muchas posibilidades de que en ese infierno no haya nadie, pero esto es solo una posibilidad que tengo que mantener ya que creo que la salvación solo depende de la bondad de Dios y de alguna manera de nuestra aceptación de Dios. Esta es una cuestión un poco complicada y que debería de ser analizada con más detenimiento, pero creyendo que Dios solo sabe hacer cielos y que de él solo sale lo bueno, solo nuestro libre albedrio, rachándolo nos podría llevar al infierno. Me parece difícil que una persona diga “no” a todo lo bueno y por tanto diga “no” a Dios sabiendo lo que hace. Sin embargo, ya no veo tan difícil que se diga “no” a la persona como imagen de Dios, donde Dios mismo se hace presente. Es aquí donde desgraciadamente la persona sí que sabe lo que hace.

De todas maneras, no se puede juzgar lo que ocurre en el fondo del corazón de las personas. De ahí que no sepa con exactitud si hay alguien en el infierno, pero haya alguien o no, hay que mantener abierta esa posibilidad ya que existe una libertad humana que es real. Entonces, si no es posible decir “no”, tampoco el “si” tiene sentido. Y si existe la posibilidad de decir “no” y  “si”, no queda más remedio que asumir las responsabilidades de nuestra decisión.

domingo, 22 de marzo de 2026

Odios ilógicos.

 




Una de las cosas más curiosas y tristes que aún nos suceden a las personas es que nos aparecen odios que se basan en supuestos equivocados y a la vez injustos. Odios que no tienen ninguna base lógica.

Veamos, hay quien odia a las personas de un país de un modo indiscriminado solamente por las atrocidades que han cometido algunos ciudadanos de ese mismo país, es triste, pero eso lo vemos continuamente. También vemos como se desprecia a toda una familia de un asesino cuando el acto criminal fue realizado solo por el culpable, no por su familia. O cuando se estigmatiza a toda una religión por las injusticias cometidas por algún miembro de esa creencia.

Incluso en política vemos como se tilda de corruptos a todos los miembros de un partido político porque hay afiliados en ese partido que son acusados de corrupción, cuando es muy fácil que los otros sean honestos y justos.

Podría extenderme durante unas cuantas líneas más. Pero supongo que queda claro. Vemos que la irracionalidad de ciertos odios se convierte en condenas sumarias e incluso en agresiones contra personas que nada tienen que ver con los hechos.

Ya sé que incluso el odio "justificado" hacia quien sí es culpable es malo y puede llegar a provocar daños desproporcionados. Pero el odio contra quien nada ha hecho es tan peligroso que ha llevado, a lo largo de la historia, a masacres absurdas y a lágrimas de víctimas que nada tenían que ver con los delitos de otros.

Tenemos delante de nosotros odios sin fundamento, y también nos encontramos ante odios excesivos, por lo que es necesario que nos preocupemos en tener un fuerte sentido común, de apertura de mente, y de amor sincero a la justicia, para condenar cualquier agresión sobre inocentes y para curar a quienes incurren en odios dañinos.

La historia humana se encuentra llena de miles de páginas negras, que fueron producidas por odios irracionales y malignos. Frente al dolor de esas víctimas, y frente a la necesidad de justicia, vale la pena empezar con seriedad a buscar acuerdos y compromisos eficaces para arrinconar esos odios, para promover a personas con mentes y corazones que sepan respetar a los inocentes, y para buscar medios que lleven a castigos adecuados para los culpables, y solo para ellos.

viernes, 20 de marzo de 2026

"Discurso de odio"

 


Hay una palabra que últimamente se está situando en boca de personas que la usan sin haber reflexionado lo que quiere decir ni lo que quieren expresar cuando la usan. La palabra en cuestión es: odio. Y sobre todo adquiere un significado más incomprensible cuando se asocia con la palabra: discurso.

Ya se que no es complicado entender la expresión “discurso de odio”, lo complicado es cuando se usa con un objetivo equivocado. Según lo veo yo, el odio es lo que alimenta a la gran mayoría de las ideologías modernas. Una ideología desde siempre se ha entendido como una filosofía política simple y vulgar. Sin embargo, a las modernas se le añaden una serie de consignas con las que se pretende “instruir” a sus seguidores con la intención de crear reacciones automáticas que se encuentran lejos de cualquier reflexión. Una ideología moderna lo que necesita y hace es estimular a sus seguidores hacia un instinto de conservación que necesita poner cara a un enemigo al que tiene que oponerse, al que necesita descalificar, denigrar, difamar y si es posible destruir.

Y, todo lo anterior ¿cómo se hace? Pues utilizando el odio como herramienta. Esa herramienta hay que saberla usar, y se sabe usar. Un síntoma de que se esta usando es cuando nos damos cuenta de que aparece en muchas situaciones esa forma de opresión que es la “cultura de la cancelación”. Un abono imprescindible para el odio. Esas ideologías han convertido esa semilla de odio en el motor de sus ideas, se odia todo y a todos los que no comulgan con esa ideología.

Por eso, las asociaciones democráticas que se basan en la confrontación de ideologías se convierten en espacios donde no existen otros vínculos entre sus seguidores que los que odian las mismas cosas. Y como hay que ponerle cara al enemigo se termina odiando a la persona.

Se entiende así ese odio que se intuye detrás de los insultos que hallamos en las redes sociales, unas redes sociales a las que se alienta a acudir para que puedan servir para mostrar su rabia, propagar mentiras y liberar los instintos más bajos de la persona.

Pero esta clase de odio, que alimenta a nuestras ideologías modernas, no preocupa al gobernante que las promueve, en todo caso acepta con gusto las consecuencias indeseables que puedan causar, es un precio que paga con gusto, ya que las redes sociales son su instrumento preferido para ejercer un control social. Esta clase de gobernante no desea combatir el odio, sino los “discursos de odio”.

¿Qué se oculta detrás de esa frase? No se oculta combatir al que considera a un “migrante” como un delincuente, o al que se burla de una “persona trans”. Lo que sucede es que detrás de ese “discurso de odio” se coloca también cualquier argumentación que muestre cualquier clase de relación entre una inmigración sin control y el aumento de la delincuencia, o peor aún, que se considere “discurso de odio” cualquier información periodística que revele la nacionalidad o los orígenes de un delincuente. Y, por supuesto, se considera “discurso de odio” no sólo el acto de burlarse de una 'persona trans', sino en general cualquier toma de postura que no acepte lo que me parece que se llama teoría “queer” en todos sus puntos, se mete en el mismo saco de “discurso de odio” afirmar o sugerir que el sexo es una realidad biológica.

O sea, el “discurso de odio” que nos quieren mostrar no es el insulto más dañino y brutal, sino la explicación razonada de una evidencia, en el caso de que esa evidencia se oponga a la ideología que nos esté gobernando o a los modelos culturales de moda, sin importar que esa ideología sea desastrosa o esa moda completamente loca.

De ahí que para conseguir que todos piensen igual, no es suficiente con imponer o inducir conductas, no basta con atribuir un nuevo significado a las palabras, sino que además y más importante hay que penetrar en el interior de la persona, de manera que sea una autocensura la que convierta a nuestro cerebro en una cárcel para nuestros pensamientos. Se trata de igualar nuestras conciencias, transformando a cada persona de única y diferente en una oveja en medio de un rebaño que sigue sin rechistar a su pastor.

jueves, 19 de marzo de 2026

Experiencia solidaria.

     


    Después de la entrada de ayer no queda más remedio que hacer un esfuerzo más y reflexionar, y analizar la solidaridad en su sentido más profundo. Si así lo hacemos nos daremos cuenta de que no se trata simplemente de un acto reflejo ante una desgracia, sino de que se trata de un compromiso que hemos adquirido con los demás. Supone aceptar que estamos entrelazados, que la suerte del más débil de nosotros nos afecta y que el valor de una sociedad se ve en cómo trata a los que no pueden defenderse por sí mismo. En este sentido, la experiencia solidaria de los españoles ante la desgracia podría ser una escuela moral para afrontar otros desafíos éticos que nos interpelan todos los días.

En esta situación nos resulta casi inevitable que nos pongamos ante una pregunta incómoda pero necesaria: ¿por qué esa compasión y solidaridad, tan real ante la desgracia visible, no abarca de la misma manera al ser humano no nacido, al enfermo terminal, al discapacitado o al anciano frágil? ¿Por qué algunas vidas parecen merecer protección incondicional mientras otras quedan sometidas a debates sobre su “calidad” o su “utilidad”? Si ponemos excepciones a la dignidad humana la estamos debilitando.

Defender la dignidad del ser humano no nacido, del enfermo terminal o del anciano no quiere decir que no se reconozca el sufrimiento ni las dificultades reales que acompañan estas situaciones. Significa, sobre todo, afirmar que la respuesta ética al dolor no puede ser la eliminación de quien sufre, sino el acompañamiento, el cuidado y la protección.

En fin, nos encontramos en una sociedad donde existe una fuerte exaltación de la autonomía individual y de la eficiencia. Esto, que es legítimo en muchos aspectos, se vuelve problemático cuando se  obstaculizan y se aplican al valor de la vida humana. El riesgo es claro: los que no encajan en el ideal de independencia o rendimiento como puede ser el caso del enfermo grave, del discapacitado, del anciano dependiente, pueden ser vistos como una carga más que como personas con una dignidad inviolable. Frente a esta lógica, la solidaridad auténtica nos debe recordar que la interdependencia es una característica esencial de la condición humana.

España, tiene una tradición de apoyo familiar y comunitario, posee un capital humano y cultural valioso para resistir esta deriva. La atención a los mayores, el cuidado de los enfermos y la sensibilidad ante la exclusión social han sido históricamente signos de una ética del cuidado que no debería perderse. Reafirmar la dignidad de la vida humana implica fortalecer estas prácticas, dotarlas de recursos y, sobre todo, sostenerlas con una visión de la realidad humana que sea coherente.

Cuánta riqueza moral y humana nos daría una sociedad que aplicará la misma mirada solidaria que muestra ante la desgracia colectiva a cada ser humano, independientemente de su circunstancia y condición. Una mirada que no descarte, que no seleccione, que no mida el valor de la vida, sino que la acoja y proteja siempre como un bien digno de ser defendido.

miércoles, 18 de marzo de 2026

No hay vidas “más dignas”

    


    De toda la entrada de ayer hay que destacar que la dignidad de la persona es uno de los pilares más profundos sobre los que se construye cualquier sociedad verdaderamente justa. Como quería expresar ayer ese “yo” que nos iguala no se trata de un concepto abstracto ni una forma jurídica, sino que se trata más bien de un convencimiento ético que se da cuenta del valor intrínseco que hay en cada ser humano, independientemente de su utilidad, de su salud, de su edad o de sus circunstancias vitales.

Cuando esa convicción se siente de manera coherente, se muestra en actitudes concretas de respeto, solidaridad y atención, en especial hacia quienes lo están pasando mal.

Dicho esto, quiero hacer hincapié en esa dimensión solidaria que tenemos los españoles, la hemos visto aparecer con fuerza en la reciente desgracia ferroviaria y en el episodio de la Dana, revelando una sensibilidad social que debe ser analizada y profundizar un poco en ella.  

La sociedad española ha dado muestras reiteradas de una capacidad extraordinaria para unirse ante el dolor ajeno. Catástrofes naturales, atentados terroristas, accidentes colectivos o crisis sanitarias han despertado una respuesta espontánea de ayuda mutua, donaciones, voluntariado y acompañamiento.

En cada uno de esos momentos hemos visto cómo las diferencias y la polarización que a veces padecemos parece que se diluye, y aparece una conciencia de grupo, y es que la vida humana nos importa y el sufrimiento del otro nos hace reaccionar. La solidaridad que comprobamos es consecuencia de una intuición moral que se encuentra muy arraigada en nuestra cultura y no se trata de ninguna estrategia ni cálculo, ya sea político o económico  

Si nos detenemos ante este hecho, veremos que nos muestra algo muy importante, vemos que existe un reconocimiento sobreentendido de la dignidad de la persona que sufre. Y es que cuando una sociedad o una comunidad se moviliza para ayudar a las víctimas de un desastre está diciendo y afirmando que ninguna vida le es indiferente, que cada persona merece ser protegida y cuidada. La dignidad de la persona se nos hace aparece precisamente en la vulnerabilidad, cuando el ser humano necesita de otros para seguir adelante. En esas situaciones, la fragilidad no disminuye el valor de la persona; al contrario, lo pone de relieve.

Lo curioso, lo que también me llama la atención, es que esta seguridad, tan patente en situaciones de desgracia, parece que flojea cuando ese sufrimiento no es mediático ni por sorpresa, sino silencioso y habitual. Hay personas que son vulnerables y que no ocupan minutos en las noticias ni provoca manifestaciones masivas, pero esto no quiere decir que no posean una dignidad menor. En una sociedad la coherencia ética se mide, principalmente, por su capacidad para ampliar esa misma mirada de compasión y protección a todas las etapas y condiciones de la vida humana.

 No hay una medida, la dignidad de la vida de las personas no es ni condicional ni gradual, no depende de la autonomía, de la productividad ni de la conciencia plena. Es inseparable al hecho mismo de ser humano. Desde esta perspectiva, no hay vidas “más dignas” que otras, ni personas cuya existencia pueda ser evaluada en función de criterios externos. Esta idea corre el riesgo de vaciarse de contenido cuando se acepta que ciertas vidas pueden ser descartadas porque resultan incómodas, costosas o carentes de expectativas según parámetros sociales dominantes.