Si de algo te vas dando cuenta con el paso de
los años es, entre otras muchas cosas, que te das cuenta de las cosas que se
van perdiendo. No existe en nuestra vida una época en las que se concentren más
pérdidas que en esta. Por supuesto que no todas son dramáticas ni suceden de
golpe ya que muchas de ellas nos llegan poco a poco y, justamente por eso pasan
desapercibidas.
A pesar de ello, esas pérdidas que no
percibimos nos dejan una herida, una cicatriz que no recordamos muy bien porque
está marcada en nuestra piel, las aceptamos. Admitimos que nuestro cuerpo ya no
es el que era, vemos cómo se van amigos de toda la vida y así algunas otras despedidas.
Sin embargo, la más profunda es asumir que algunos de nuestros sueños ya no
podrán realizarse.
Darse cuenta de todas esas pérdidas no quiere
decir que tengamos que vivir sin esperanza. Todo lo contrario, mirarlas es el
principio para darnos cuenta de que cada etapa de nuestra vida tiene su propia peculiaridad
y un objetivo que cumplir.
Ya sé que todo lo que hemos estado perdiendo
con el paso de los años no tiene el mismo peso, pero todo lo perdido merece ser
reconocido. Pues suele suceder que esas pérdidas que más se guardan resultan
ser las que con el paso del tiempo van a tener una mayor importancia.
Resulta interesante darse cuenta de que no se
trata de lamentarse por estar envejeciendo, sino en darse cuenta de que
adaptarse implica despedirse de nuestra forma de ser anterior para acoger los
aspectos únicos y favorables que esta nueva etapa tiene.
Y nos surge una pregunta sobre esas
desapercibidas pérdidas: ¿Por qué nos duelen tanto? Tal vez la respuesta se
encuentre en cómo afecta a nuestra identidad: ¿Quién soy ahora que ya estoy
jubilado? Puede que también nos afecten en nuestra autonomía: ¿Qué pasa cuando
necesito ayuda para hacer algo que antes hacía solo? Y también tienen una gran
importancia en nuestras relaciones: Cada ser querido que se nos va cambia nuestra
forma de estar en el mundo.
Esta época de nuestra vida a la que hemos
llegado no es solo una etapa de despedidas, es algo mucho más positivo. Como
personas nos seguimos desarrollando, nuestro cerebro no funciona peor, sino de
una manera distinta; de modo que puede enfrentarse a dificultades diarias con
más seguridad que cuando éramos jóvenes.
Me doy cuenta de que ahora se me han abierto
nuevas posibilidades, tengo un mejor equilibrio emocional lo que me lleva a
poseer un mejor juicio, una mejor perspectiva y soy más libre. Me he despedido
de muchas cosas que ahora ya quedan atrás. Sin embargo, nada de eso ha quitado un
ápice al valor de mi vida.
Es posible que el desafío que se me presenta
de ahora en adelante no sea huir de las despedidas y de las pérdidas, sino
darme cuenta de que por mucho que cambien las cosas nunca dejamos de ser
valiosos, nuestra dignidad permanece intacta.

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