martes, 6 de enero de 2026

Día de Reyes.

     Anoche llegaron por fin los Reyes Magos de Oriente, con toda su carga de ilusión que lleva consigo, con toda esa condición de futuro que toda ilusión proyecta, es decir, llevamos unas semanas intentando anticipar lo que nos traerán, y hace que la imaginación en esos días de Navidad sea el ámbito dentro del cual la realidad de la vida sea posible. 



Si las personas fuésemos solamente seres perceptivos, atendiendo solamente a realidades del presente, nuestra vida no podría ser de otra manera que reactiva, basada en reacciones automáticas y de ninguna manera proyectada, basada en elecciones y, por lo tanto, libre.  

En la espera de los Reyes Magos se culmina, aún en nosotros, esa anticipación que es toda ilusión. No es sólo esperar un regalo: es, sobre todo, la recreación de la leyenda, la imaginación de los Reyes Magos con sus camellos y sus pajes, cargados de regalos, de cómo averiguarán nuestra casa y nuestra conducta en el último año, de cómo responderán a nuestras peticiones de la carta, de que sistema utilizarán para llegar hasta la casa y alimentarse con lo que hemos dejado en los zapatos. Toda esa ilusión con todos los ritos cuya anticipación es tan esencial por lo menos como la recepción de los regalos. La vida en las semanas previas está tensa, apuntando a un objetivo, con alguna preocupación también; ¿llegarán los Reyes, encontrarán la casa, aprobarán mi conducta, serán generosos?, imaginando todos esos detalles: no encuentro una víspera más emocionante para un momento de felicidad.

La ilusión en este día radica en esa faceta de la vida humana que tantas veces hemos experimentado, nuestra condición de buscar el futuro.

Por eso la ilusión de este día no puede reducirse a alegría o entusiasmo; digo reducirse, no que la alegría o el entusiasmo no puedan o deban ser ingredientes esenciales. La ilusión significa anticipación. Afecta en un principio a nuestros proyectos y, por lo tanto, a la forma de plantearlos.

Pero el futuro no es real; no es, sino que será; y habría que agregar: acaso. La fórmula, tan usada, “si Dios quiere”, aplicada a esta espera, aparte de su sentido religioso, de la conciencia de que todo eso está en las manos de Dios, responde con extremada delicadeza a la condición misma de la proyección de la vida humana. Hay en ella un componente de inseguridad, de incertidumbre. Los proyectos se realizan o no; la vida misma puede interrumpirse en cualquier momento, ese “hasta mañana si Dios quiere”, tan repetido, nos hace darnos cuenta de que, sobre el “hasta mañana” pende la amenaza de su incumplimiento, de que no haya “mañana” -al menos para el que habla o el que escucha-.

 Esto nos ayuda a entender por qué el sentido positivo de la “ilusión”, no se ha separado nunca de lo negativo: lo que nos ilusiona puede resultar ilusorio; el objeto de la ilusión puede fallar; a la ilusión la acecha la posibilidad de la desilusión.

Los Reyes Magos nos pueden traer “carbón”, pero el hombre sin ilusiones no es propiamente un hombre.

domingo, 4 de enero de 2026

¡Feliz 2026!

     Muy buenos días.


    Ya llevo unos días en este 2026, la lista de buenos propósitos y nuevas ilusiones y proyectos parece que está llena y me estoy dando cuenta de que he olvidado algo más sencillo y un poco más fácil: dar las gracias.

Y es que pensándolo bien se me ha regalado un año más de vida. Se me ha dado más tiempo, ese regalo que no aparece en ninguna lista. He vivido momentos estupendos con familiares y amigos, han aparecido personas nuevas, inesperadas, que ya tienen un lugar en mi vida.

Y entonces, ¿por qué no empezar el año cargados de gratitud para repartirla?  

¡Ay la gratitud! La gratitud nos cambia. Estamos acostumbrados a fijarnos más en lo que nos falta que en lo que ya tenemos. Y de esta manera, muchas veces, seguimos almacenando carencias, comparándonos, pensando de que la felicidad es algo que se compra o se mide. Pero el hecho de dar las gracias nos vuelve a poner los pies en el suelo: a lo que somos, a lo que ya es bueno, a lo que siempre estuvo ahí.

Si nos acostumbramos a dar las gracias por cada circunstancia y cada momento, sean buenos o no tanto, veremos que nos ocurre algo raro, diferente, incluso podría decir que milagroso: empezamos a darnos cuenta de lo sobrenatural y gratuita que es nuestra vida.

Nuestra vida se vuelve más nítida, trasparente, menos teórica y más amiga.

Y, te das cuenta de que agradecer no es negar la realidad, sino cruzarla. Es mirar los problemas con la seguridad humilde de quien se sabe querido.

En fin, tengamos en este domingo un momento de recuerdo agradecido. No como si nos ponemos a ver las imágenes del año pasado en el móvil, sino como aquella persona que comprende que nuestra vida tiene un sentido incluso en los momentos en que lo perdemos.

Ya estoy en 2026 y aunque ya lo he llenado de algunos propósitos y con algunas ilusiones, en realidad no hacía mucha falta, me bastaba con empezar con gratitud, degustando lo bueno, haciendo memoria agradecida. Y es que quien agradece, ve. Y quien ve, confía. Y quien confía, va más ligero, sabiendo que pase lo que pase, todo acaba haciéndose para bien.

¡Feliz 2026!

viernes, 2 de enero de 2026

Buenos días. Sueños pobres.

     Muy buenos días.



Llevo un par de días escuchando y leyendo proyectos e ilusiones que se quieren cumplir en este 2026 y una de las cosas que más me sorprende es lo bajo y limitado de esos sueños sobre todo en las personas más jóvenes.

Me recuerdo a mí mismo hace ya bastantes años cuando teníamos una especie de ilusión esperanzada que nos decía que un mundo mejor sí era posible y que estaba en nuestras manos. Tenía claro que había que aspirar a mucho para alcanzar un poco.

Me parece adivinar que se va imponiendo un recorte de sueños e ideales, tal vez estemos influenciados por una resignación que confunde el conformismo con la honestidad. La verdad es que van desapareciendo las ansias de vivir y mejorar. Lo que hace difícil vivir en serio nuestra visión moral de la vida.

La verdad es que en la vida no se trata solo de soñar, sino que tenemos que vivir en la realidad y no en otro lugar. Esto parece claro, pero lo que veo es que se abandonan muy rápido las ideas y convicciones que nos hacen aspirar a ver triunfar la verdad, el bien y la humanidad. Pocos veo que luchen por la justicia confiando en el poder de la bondad y del espíritu pacífico. Cada vez son menos los que son capaces de entusiasmarse ante la idea de conseguir un mundo mejor. 

En unos pocos años da la impresión de que se ha impuesto la idea de que para sobrevivir a los problemas de la vida hay que abandonar una cantidad elevada de virtudes que hasta hace poco nos resultaban imprescindibles. Virtudes que nos marcaban los horizontes que debíamos alcanzar. Es fácil que ahora se pise un camino más seguro, no digo que no, pero de nada sirve sin no encontramos un sentido y un lugar hacia el que caminar.

Nos hacemos mayores y eso supone empezar a relativizar o colocar en su lugar algunos de estos ideales. Pero si se hace demasiado pronto puede tomarse como una derrota personal que reduzca nuestra humanidad. Me encuentro con personas que son demasiado jóvenes para abandonar la idea de vivir con la verdad por delante, porque han descubierto que les resulta más rentable y útil para progresar vivir en la mentira. Resulta un poco triste darse cuenta cómo al primer problema y al primer desengaño se pierde la confianza en la bondad de las personas, y se blindan para evitar que se les haga daño.

Es interesante comprobar cómo se desconfía no solo de las personas, sino también de los grandes ideales, de modo que las grandes causas y las banderas que levantábamos hace años, son humilladas porque la demagogia es más útil que la verdad y detrás de una gran bandera suele haber un cretino más grande. Aquellos gritos motivados por la indignación que provocaba la defensa de la justicia se han ido callando a base de aceptar pactos con pequeñas injusticias. Son todas ellas pequeñas derrotas que han ido desgajando y pudriendo trozos del alma de las personas.

Con todo ello, estoy convencido de que la persona posee en su entraña un anhelo de ilusiones y grandes ideales. Simplemente, lo que sucede es que mi generación casi sin darse cuenta le ha ido apagando su entusiasmo a los jóvenes, a base de hacerles pensar que el éxito pasa por esconder con bienestar y dinero esos lugares del alma en los que antes vivían la fe y la esperanza.

miércoles, 31 de diciembre de 2025

¡Buenas días! Despedimos 2025.

         ¡Muy buenos días!


        Terminamos esta noche un año y empezamos otro, esta vez nos toca despedir el 2025 y empezar el 2026, hemos comenzado ya muchos y siempre los miramos con esperanza, pero la esperanza no es sinónimo de optimismo ni de sueños a tontas y a locas. 

        Existen algunas definiciones de lo que significa la esperanza, el cristianismo tiene una, pero hay otra que también me gusta, la pronuncio Václav Havel en una conferencia en 1995 y que es bastante utilizada, de ahí que nos va a resultar familiar: “La esperanza no es la creencia de que algo saldrá bien, sino la certeza de que las cosas, independientemente de cómo salgan, tienen un sentido”.

        Nos pasamos la vida esperando. Incluso aun cuando no nos damos cuenta. A veces somos conscientes de lo que esperamos, otras no tanto. Esperamos, esperamos…Somos como viajeros esperando la llegada del tren. 

        Intuimos que falta algo en nuestra vida, que ésta está incompleta, que hay algo en nuestro interior que nos dice que no podemos quedarnos quietos, que debemos seguir moviéndonos hacia algo más alto, más lejos, más grande.

        Esperamos entre dudas, entre deseos, entre sueños. Esperamos que lo que sea llegue dispuesto a encajar todas las piezas de nuestra vida, tal y como nos gustaría. 

        Todos esperamos. ¿Y sabes qué? Cuando miro al año que acaba de finalizar, entiendo que valía la pena, tenía sentido porque, efectivamente, había algo que esperar. 


martes, 30 de diciembre de 2025

¡¡¡Buenos días!!! Proyectos e ilusiones.

 ¡¡¡Buenos días!!! 

        Pasan los años y algo que tengo cada vez más claro es que todos debemos tener sueños y proyectos personales por cumplir hasta el final de nuestros días. ¡Nunca! Los abandonemos, ni por un momento. 


        Como cada año por estas fechas me imagino como será no el resto de mi vida sino el año que voy a estrenar, y quiero llenarlo con proyectos e ilusiones, quiero poner fecha a esos sueños, pues en caso contrario tengo miedo a que aparezca la desmotivación, un poco de depresión y una sensación de fracaso. 

        Todos tenemos derecho a desear con todas nuestras fuerzas que lo que parece imposible se cumpla; a superarnos, a confiar en nuestras propias capacidades, a tener objetivos. Nuestra situación, sea la que sea, no nos debe impedir nunca buscar ser mejores personas, mejores seres humanos y a superarnos. Nuestra libertad y nuestros derechos no los tenemos para destruirnos y destruir a los demás, sino para ser mejores, para lograr nuestro bien y el de los demás. 

        Todos tenemos derecho a ese sentimiento de alegría y satisfacción que se produce cuando conseguimos lo que deseamos o la esperanza de alcanzar aquello que deseamos intensamente.  

        Lo que nos gustaría es vivir nuestra vida con la satisfacción de ir logrando realizar esos sueños, esos proyectos e ilusiones, de lograr o de que suceda algo que anhelamos o perseguimos. ¡Nunca debemos perder esa confianza! A pesar de los problemas y retos que nos puedan acechar, nunca debemos perder la fe en la Providencia y en nosotros mismos. No debemos de estar preocupados de que nos vean diferentes por seguir nuestros sueños, debemos tener miedo a ser como todos los que se conforman con la monotonía de una vida sin ilusiones. Hay que aprender a vivir, a superar y vencer las dificultades y transformarlas en positivo. Los problemas, los retos, las dificultades existen para ser superados, para demostrarnos a nosotros mismos que somos capaces de vencer lo adverso y triunfar. 

        Pues bien, he hecho ya los planes para este 2026 que empezará dentro de nada y también se, como dice el refrán popular, “del dicho al hecho hay mucho trecho” , y esto puede suceder porque tal vez lo que he pensado es irreal o porque diversos factores que intervienen en la vida, una enfermedad imprevista, un accidente, un acontecimiento familiar, un problema económico: mil situaciones que paralizan y dejan aparcados esos proyectos. 

        Muchas de las cosas que quiero hacer el año próximo es fácil que no lleguen a buen puerto. Pero estoy seguro que otras muchas si, y que se van a convertir en realidad, entonces ¿Dónde está la clave? ¿De dónde me llegan la fuerza y la decisión para conseguirlo?  

        La voluntad humana encierra energías insospechadas. Si esa voluntad se deja atrapar y mover por aquellos proyectos que tienen sentido y que nacieron desde el interior de un corazón decido ya estamos a medio camino. 

        No todos los proyectos, hay que recordarlo, son buenos, ni para uno mismo ni para los demás.  

        A pesar de todo, con éxito o sin éxito, es hermosa la lucha de quienes invierten la propia vida para que el amor alcance metas buenas, para que al menos queden abiertos caminos a realizaciones concretas. Esa lucha es por sí sola una victoria de la justicia, y no quedará sin recompensa. 

domingo, 28 de diciembre de 2025

¡Buenos días! ¡No los hechos primero; la verdad primero!

         ¡Buenos días!

        Ahora que vamos a entrar en unos días, donde casi sin querer empezaremos a repasar lo que nos ha pasado en el último año es interesante que nos demos cuenta de que no debemos mirar el 2025 sólo literalmente, sino literariamente. 



        Sin la capacidad de ver literariamente las cosas, estaríamos ciegos; no podríamos ver ni comprender quienes somos. G. K. Chesterton decía que: “No los hechos primero, primero la verdad”.  Lo argumentaba de la siguiente forma, los hechos son meramente físicos, mientras que la verdad es metafísica. O sea, los hechos son aquello que es cuantificable, medible materialmente. La verdad no es cuantificable; no puede medirse materialmente. La bondad no puede pesarse en una balanza; la verdad no puede sondearse en términos de profundidad o amplitud física; la belleza no puede calentarse en un tubo de ensayo. La metafísica no puede relegarse a la física, ni puede ser confinada por la física. Trasciende todo confinamiento físico. Quienes buscan la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, nunca la encontrarán en los hechos y nada más que los hechos. ¡No los hechos primero; la verdad primero!

        Pues bien, esto nos lleva a otra paradoja ya que solo podemos acceder a esa realidad metafísica por medio de nuestros sentidos físicos. O lo que es lo mismo, debemos percibir los hechos y nada más que los hechos para alcanzar la verdad y nada más que la verdad. ¡No la verdad primero, sino los hechos primero! La verdad es la meta y el propósito de la percepción, pero los hechos son el medio necesario para acceder a ella. Los últimos serán, en efecto, los primeros, y los primeros, los últimos.

        Llegados a este punto nos damos cuenta de que estamos ante una paradoja interesante que ha sido abordada y discutida infinidad de veces, y creo que la manera en que se la planteo San Agustín nos puede aclarar bastante la situación. San Agustín insistía en que la verdad solo puede conseguirse por medio de una lectura literaria de los hechos, no solo literal. Se necesita ver las cosas como cosas, pero también como cosas que significan otras cosas. Una huella de un animal en el barro es un hecho físico, pero significa el paso de un animal caminando hacia algún lugar. O sea, algo físico que significa algo distinto. Otro ejemplo puede ser el del humo que puede decirnos que hay fuego. 

        Algo que nos habla de otra cosa es lo que suele denominarse una alegoría, o sea: “Ficción en virtud de la cual un relato o una imagen representan o significan otra cosa diferente”. Así nos lo explica el diccionario. Por lo tanto, puedo atreverme a decir que todo signo natural o convencional es una alegoría. 

        El uso de las palabras nos muestra continuamente la diferencia entre su significado literal y lo que queremos expresar. Al utilizar la palabra “hombre” o al escucharla lo primero que me viene a la mente es una persona, no una persona en concreto como puede ser Juan o Pedro sino a la “especie” hombre, en cambio si digo “ese hombre corre” ya no lo estoy haciendo a la “especie” sino en concreto al que está corriendo, la palabra es la misma, pero nos cambia el significado. Es más, si digo hombre es una palabra bisílaba, entonces  ya si que no tiene nada que ver con el hombre como especie animal. 

        No solo hablamos y escribimos literariamente, sino que oímos y leemos literalmente y lo interpretamos literariamente. Lo mismo sucede con los hechos que vemos y producimos. Nuestra vida no es solo un hecho literal, sino que es vista como una verdad literaria. Nuestras acciones son interpretadas por otros. Aprendemos de los demás y ellos aprenden de nosotros. Siguen nuestro ejemplo, para bien o para mal. Cosechan los beneficios o sufren las consecuencias. Aprenden las lecciones que estas consecuencias enseñan.

        Somos, por tanto, alegorías vivientes y palpitantes. Somos signos que transmiten significado a los demás. Cada una de nuestras vidas es una historia que otros leen y que debemos aprender a leer nosotros mismos, viendo la importancia de lo que hemos hecho y de lo que hemos dejado de hacer. Pero cada una de nuestras vidas forma parte de una historia mayor, en la que se entrelazan con las vidas de innumerables personas, tanto vivas como muertas. 

        Cuando en estos días se lee la Biblia sucede como en la vida cotidiana, necesitamos ir más allá de los hechos para llegar a la verdad. La Biblia, como la vida misma, no debe leerse meramente de forma literal, sino literaria. Por eso, se tiene que pasar de los análisis literales y convencionales a la interpretación alegórica de la Escritura. Debemos comprender el significado literal, como debemos conocer los hechos, pero solo para trascender lo literal y lo factual con la luz literaria de la verdad.


sábado, 27 de diciembre de 2025

¡Buenos días! ¡La marea alta y el cambio!”

 ¡Buenos días!

        Cada vez que se mira la cantidad de tecnología que nos rodea nos resulta fácil pensar que su uso es el medio por el cual vamos a poder controlar nuestra vida. Si utilizamos bien las herramientas que nos proporciona vamos a poder tomar el control de nuestro futuro. Cuanta más confianza pongamos en ella, mayor será nuestra capacidad para solucionar cualquier problema que se nos presente. Nuestra Fe está siendo reemplazada por la fe en el poder tecnológico que puede llevarnos a controlar el futuro.  



        No voy a cuestionar el poder que tiene la tecnología. Aquí no tengo dudas. Es más, parece que tenga el poder de hacer que el tiempo nos espere. Nos permite vivir más, retrasando la llegada de la muerte. Aunque hay que admitir, por ahora, que la muerte solo podemos retrasarla, no negarla, y que el tiempo puede esperar un rato, pero no mucho. Los verdaderos creyentes en el poder de la tecnología tienen fe en que la misma muerte algún día será vencida y que el hombre al final conseguirá la inmortalidad. La tecnología marca el comienzo de una era en la que el tiempo mismo tendrá que esperar interminablemente al hombre.

        Pero, nada de lo anterior es nuevo. En el medievo los alquimistas ya buscaban el elixir de la vida y la piedra filosofal, estaban locos por descubrir maneras de controlar el poder de la muerte y convertir cualquier cosa en oro. Ahora son las farmacéuticas con la ayuda de la tecnología las que buscan el elixir de la vida. La clave es que cuanto más cambian las cosas, más iguales permanecen. 

        Hasta ahora, en el momento en que la tecnología a contado con un poder excesivo siempre a terminado usándose mal. De hecho, para quien tenga ojos para ver, el futuro ya parece escrito.  El desarrollo de las armas de destrucción masiva nos lleva a ver un “progreso” en su fuerza y en su precisión. Las armas biológicas también han visto mejoradas su fuerza devastadora gracias y sobre todo por la tecnología. 

        Ya sé que nada de lo anterior va a romper la fe ciega de los tecnófilos “progresistas”, y es que no hay nadie más ciego que quien no quiere ver. 

         Mirar todos estos avances con tranquilidad, razonando sus consecuencias y sacando conclusiones de lo que el tiempo nos ha enseñado a través de la historia y la tradición nos debe llevar a aprender que ningún poder terrenal va a poder vencer a la muerte. Aprender que lo mejor es despegarnos de esa idea de que vamos a tener el control absoluto, sabiendo como sabemos que nuestras vidas mortales y cualquier poder que podamos tener son prestados. No somos dueños de nuestras vidas y tendremos que renunciar a ella cuando nuestro derecho a la vida termine. La muerte no va a ser engañada. 

        Sabemos que el tiempo y la muerte no esperan a nadie, que no vamos a poder detener el ciclo de las mareas, pero también conocemos el porqué del grito del rey Alfredo en la Balada del Caballo Blanco de Chesterton: “¡La marea alta!, ¡La marea alta y el cambio!”. Sabía que el tiempo y la marea no esperan a nadie, pero también sabía que la marea debía cambiar. 


jueves, 25 de diciembre de 2025

¡Buenos días! Vacío interior.

 ¡Buenos días!



        En nuestro entorno está aumentando la cantidad de personas que se consideran desafortunadas y es curioso porque esto está sucediendo en lugares donde el paro disminuye y las desigualdades sociales también lo hacen, pero a la vez han aumentado los suicidios, la soledad y la desconfianza entre las personas. 

        Y esto no es bueno, no está bien que exista una desconexión entre el bienestar social y el bienestar personal. Y eso se debe, a diferentes factores, pero insisto, no es positivo este deterioro doloroso de la relación entre el entorno social y el personal. 

        Una cosa pienso yo que es el bienestar personal y otra cosa es la insatisfacción. Cada vez hay más personas que se encuentran en un entorno económicamente seguro y a la vez insatisfechos con su vida, y tendríamos que saber que quieren decir al sentirse insatisfechos. Sufrimiento social e insatisfacción no son lo mismo. Hay personas que tienen cero de sufrimiento social y un descontento infinito.

    Ante este problema tenemos una corriente, podría decir que “conservadora” que encuentra en la defensa de los valores tradicionales una solución, nos indica que hacer un esfuerzo y recuperar todo lo que se perdió a partir de los años 60 del pasado siglo lo solucionaría. Algo de razón hay, pues en países donde la tradición sigue fuerte no tienen este problema tan agudizado. Habrían sido el individualismo y una cultura enfocada en exceso en la satisfacción personal las que han causado el sufrimiento y la insatisfacción en estos países.  

        Creo de todas formas que esta corriente comete un error al confundir unos síntomas con una enfermedad o sea las consecuencias con las causas. La enfermedad no es el individualismo, el olvido de los valores comunitarios o del sentido de arraigo. La enfermedad es no haber sabido, es más, no saber todavía ni ver ni entender la naturaleza de ese vacío interior que causa insatisfacción. No se puede llenar ese vacío con una relación de pareja, o con el éxito pero tampoco con los valores de la tradición, con un arraigo a unas ideas que hemos convertido en un fin en sí mismo o con una religiosidad que pretenda hacer desaparecer la tristeza y el interrogante sobre el sentido de la vida.

        El vacío en el interior del hombre, su insatisfacción, es una característica de la condición humana. Ese vacío no es sinónimo de la nada, es esa relación con lo que no podemos comprender y que nos hace ser lo que somos, es la marca de lo divino. Cualquier solución que no alimente esa insatisfacción y esa pregunta no dará en el blanco. 


miércoles, 24 de diciembre de 2025

¡Buenos días! ¡Esta noche es Noche Buena!

     Hoy es Noche Buena, y en cada lugar nos llega con sus tradiciones y celebraciones, sin embargo detrás de cada celebración, a menudo olvidamos este mensaje: la Navidad no es sólo una fecha, sino que se trata de un nacimiento que posee el poder de transformar nuestra vida, día tras día. 


 

     Lo que vamos a celebrar esta noche no es solo un hecho histórico, sino un recordatorio personal y permanente. Pues sí, permanente.

    Estamos acostumbrados a calcular el tiempo en ciclos: unos días para conmemorar, unos meses para trabajar, unas semanas para descansar. Sin embargo, al limitar la Navidad a está noche o a mañana, podemos caer en el error de convertir su mensaje en un sentimiento efímero. Si yo dejo que la Navidad se quede en los villancicos, las luces, los belenes, las felicitaciones, los regalos… lo que estoy haciendo es reducirla a una tradición más, y no a una revolución que es al final lo que es.  

    Por eso, pasado mañana, cuando empecemos a centrarnos en la Noche Vieja y a despedir el año, deberíamos hacer algo diferente. Permitamos que estos sentimientos que ahora nos inundan, de esperanza y amor, viajen con nosotros durante todo el año. Vivamos con la seguridad de que el mensaje de esta noche no tiene fecha de caducidad, sino que va a permanecer como esa luz que nos ilumina cada día. 

    Si lo pensamos un poco nos daremos cuenta de que el verdadero mensaje de la Navidad no se acaba; se vive, se comparte y por eso tiene el poder de transformar a las personas. Y ese es el regalo más grande que podemos dar al mundo.


martes, 23 de diciembre de 2025

¡¡¡Buenos días y Feliz Navidad!!!

     ¡¡¡Buenos días y Feliz Navidad!!!



Desde hace tiempo la Navidad la he considerado como unos días de toma de decisiones, de ver el mundo y decidir “hacer” algo. Es un tiempo de preguntas a las que tenemos que buscar respuestas y tomar algunas decisiones y, es que, si miramos atentamente a nuestro alrededor y además hacemos un esfuerzo en mirar más allá, nos encontramos preguntándonos: ahora, ¿dónde hay guerra y dónde hay paz? ¿Quién ríe y quién llora? ¿Quién está bien y quién está mal? ¿Quién tiene salud y quién está enfermo? ¿Quién nace y quién muere? Una vez encontradas las respuestas, ¿qué vamos a hacer y qué parte de culpa tenemos, y qué asumimos?

Y vemos que la mayoría de las respuestas nos llevan al mismo punto de partida, nos devuelven a mirar en nuestro interior y darnos cuenta de que tenemos un problema que resolver. He buscado un poema de Heinrich Heine (1797-1856) que pienso que nos lo muestra bien, el poema se titula “Preguntas”. Las traducciones del alemán siempre son complicadas pero la siguiente me gusta:

A la orilla del mar, del mar salvaje y nocturno,

un joven permanece en pie,

lleno en el pecho de anhelo, la cabeza de dudas,

y con los labios de melancolía dice a las olas:

 

«Oh, desveladme el misterio de la vida, ese tormento tan antiguo

al que ya tantas cabezas dieron vueltas,

cabezas con gorros jeroglíficos,

cabezas con turbantes, con birretes negros,

cabezas con peluca y otros miles

de pobres cabezas de hombres, bañadas en sudor…

 

Decidme, ¿Qué significa el hombre?

¿De dónde vino? ¿A dónde va?

¿Quién vive allá arriba en las estrellas?»

 

Las estrellas murmuran su eterno murmullo,

el viento sopla, huyen las nubes,

brillan las estrellas, distantes y frías

y un necio espera respuesta.

  ¿Quién es el hombre? ¿De dónde viene? ¿Adónde va? ¿Tiene sentido la vida?  Ese joven cargado de dudas implora una respuesta. Pero es inútil. Todo a su alrededor le muestra indiferencia y no muestra ningún signo de comprensión. Pero no puede renunciar a una respuesta y roza la locura.  

Un poema que nos recuerda la soledad a la que estamos condenados. ¿Adónde vamos?, ¿cuál es esa meta por la que vivo? A la luz de la Navidad, esas preguntas tienen una respuesta sorprendente: nuestro objetivo es el mismo que el de Cristo. Si repasamos un poco veremos que Cristo vivió para realizar la gloria de Dios, es decir, para dar vida a la humanidad en el amor del Padre, comunicándole así la vida y la felicidad divinas. El hombre existe para ser feliz, sentimos una necesidad irreprimible de felicidad. Ahora bien, no encontramos nada terrenal, limitado y temporal que pueda hacernos plenamente felices. Nuestra cabeza y nuestro corazón va más allá de todo lo que tenemos a mano, nuestro espíritu mira más lejos, busca el infinito.

Algo en nuestro interior nos dice que hay un lugar donde podemos ser felices para siempre, donde la felicidad completa existe, lo sabemos porque de alguna manera hemos estado allí y anhelamos volver.  

La Navidad es el acontecimiento que nos da la oportunidad para volver a ese Paraíso del que fuimos expulsados por un pecado que cometimos y que ahora se nos es perdonado. Ese joven que, a la orilla del mar, se pregunta por el sentido de la vida y espera una respuesta de las olas, puede empezar a conocer las respuestas en la Navidad. El acontecimiento de la Navidad trastoca y aclara todas las dudas y hace que el hombre se vea a sí mismo con un telón de fondo de dignidad, valor, inmortalidad. Desde ese día, todo hombre es sagrado, digno de todo cuidado, de todo respeto. Desde entonces, la desesperación, que está en el fondo del alma del hombre decepcionado tiene derecho a la esperanza, a revivir.

El panorama y las posibilidades que se nos presenta por el nacimiento de Jesús son enormes y revolucionarias.Concretan y dejan claro nuestra divinidad y dignidad, el respeto y la justicia que se le debe a toda persona; definen también los fundamentos sobre los que tenemos que construir no sola nuestra sociedad sino también un mundo nuevo siguiendo lo que nos enseña la Navidad: confianza, amor, solidaridad.

En fin, nuestra historia nos dice cuando la repasamos, que cuando se oscurecen estos horizontes, siempre hemos terminado en la barbarie.

¡FELIZ NAVIDAD A TODOS!