Día 139, del viaje a la maratón de Valencia. Lágrimas.
¡Buenos días!
Estos días me estoy dando cuenta de que, en mi vida, en mi historia,
las lágrimas son una parte de ella, están en ella.
He llorado de emoción, de alegría, de satisfacción, ante la vida y ante
la muerte, y ante el dolor. Con las lágrimas se muestra uno de los lados más
humanos de nosotros, que no es otro que el de demostrar que aquello que deseamos
que se haga posible, eterno, e imposible, que nos conmueve y se remueve en
nuestro interior no puede ser, aun queriendo, ser guardado. No puede quedarse
en nuestro interior.
Reconozco que, aunque me gusten las fiestas donde todo es alegría y esperanza,
no pretendo negar el dolor que trae su ausencia. Estamos en una época del año
que tiene algo de perdida, de ausencia, de nostalgia. Lo vemos en los árboles
que dejan caer sus hojas, los días son más cortos y más largas las noches. Sin que
yo pueda hacer nada para impedirlo. Es una muerte anticipada de una vida que
pensaba en ser eterna. Las calles se llenas de hojas muertas. Y nuestro ánimo
sufre.
A veces, cuando acepto una pérdida, quiero consolarme y consolar con
palabras que en la mayoría de las ocasiones no consuelan. Se que no lo hacen y
por eso muchas veces intento seguir mi camino sin mirar a los lados, pero se me
escapan palabras de consuelo. No te preocupes. Déjalo pasar. No le des
importancia. La vida sigue. El tiempo ayuda…
Como si mis palabras tuvieran el poder de cambiar el ánimo, aliviar un
corazón roto, sanar esa herida que duele. Como si esas palabras pudieran
cambiar el pasado, el presente o el futuro. No lo logran. Son o quieren
ser palabras de consuelo. Sólo eso.
No puedo
remediar el llanto, evitar el dolor, secar las lágrimas, eludir la angustia. No sólo es
que no pueda, en realidad, si lo pensará bien, es así como debería de ser. Porque algo
bueno debe de haber en echar de menos, perder y llorar, dejar de hacer y
sufrir, no estar y lamentarlo, tener nostalgia y añoranza, no poder ir y sufrir
por ello.
Es bueno y
nos debe ayudar el saber lamentarse en las pérdidas, llorar en las muertes,
angustiarse en la enfermedad, en esa situación que no controlo, ante lo que está por venir y que se
me escapa. La vida está basada en esa unión imperfecta de llanto y alegría,
de noche y día, de oscuridad y luz.
La vida es así, entonces no debería molestarme aceptar el dolor en mi
vida ni en la de nadie. Tendría que sonreír al día y abrazar la noche. La
oscuridad también forma parte de mi vida. No la eludo. Recibo la luz y la
oscuridad. No voy a poder evitar la muerte, así como no puedo negar la vida. No
puedo quedarme sólo con una parte, sino también con la otra. Las dos forman
parte de mi vida. Si no aprendo a sufrir la oscuridad de la noche, no
disfrutaré nunca de la luz del día.
Si amamos vamos a sufrir mucho más en la vida. No hay amor sin pérdida.
Por eso comprendo al que no quiere amar, al que no quiere establecer lazos, al
que no quiere apegarse a nada. Lo comprendo. Amar duele. Perder hiere… Se
puede pasar a hurtadillas por la vida sin hacer ruido. Amando poco. Para no
sufrir. Para estar siempre de paso. Tal vez se pueda. Pero no es lo que yo
quiero. Me apasiona la vida por lo que tengo que aceptar la muerte. Aunque me
duela el corazón.
Amar la vida con pasión implica sufrir las pérdidas con toda el alma.
No voy a evitar ese dolor. No quiero ocultarlo como si me avergonzara de mis
lágrimas. ¡Qué difícil cuando no puedo dejar que mis lágrimas muestren todo lo
que me duele! Hace bien sufrir. Hace bien tocar con las manos
temblorosas la oscuridad de la noche.
Y, llegamos a la pregunta: ¿por qué tenemos que sufrir? ¿por qué es
necesario? Pienso que ante esta clase de preguntas no existe una respuesta
humana y me sirve lo que decía el papa Francisco en Cracovia: “¿Dónde
está Dios, si en el mundo existe el mal, si hay gente que pasa hambre o sed,
que no tienen hogar, que huyen, que buscan refugio? ¿Dónde está
Dios cuando las personas inocentes mueren a causa de la violencia, el
terrorismo, las guerras? ¿Dónde está Dios, cuando enfermedades terribles rompen
los lazos de la vida y el afecto? ¿Dónde está Dios, ante la inquietud de los
que dudan y de los que tienen el alma afligida? Hay preguntas para las cuales
no hay respuesta humana. Sólo podemos mirar a Jesús y preguntarle a Él. Y la
respuesta de Jesús es esta: Dios está en ellos, Jesús está en ellos, sufre en
ellos, profundamente identificado con cada uno”.
En fin, saber
que en esos momentos de dolor nunca vamos a estar solos es un gran consuelo.